Huyendo

Ignacio Escañuela Romana

Fue en la época del no pensar, cuando todos huyeron de la duda
acuciante y soñaron con el final de los tiempos, en dejar de ser
humanos, en respirar como un hecho de la naturaleza. Cuando
los libros fueron cerrados y la imaginación apaciguada…

(del libro Absortando, Escañuela Romana, Ignacio, 2023, Editorial Caligrama)

¿Sueña la Inteligencia Artificial?

Ignacio Escañuela Romana

Me pregunto, entonces, si la Inteligencia Artificial sueña o soñará. Tal vez, como los androides de Philip K. Dick, ovejas eléctricas recorran sus eléctricos circuitos, al rimo de oleadas de electrones. O quizá imaginarán mundos donde vivan otros hombres más coherentes y racionales, menos emocionales, más mecánicos, menos hamletianos, no absortos en la duda.

Pero lo que pienso es que sin soñar, vivir debe ser muy aburrido. Decía Hegel que sólo el hombre se aburre, porque lo hace cuando quisiera adaptarse a su realidad, pero es consciente de que debe cambiarla. Se aburriría, pues, cuando sueña pero no se atreve a llevar tales imágenes a la realidad. Sin embargo, peor debe ser ni siquiera desear otras realidades, vivir sin consciencia, que el paso de los días sea tiempo sin sentido.

Es cierto que algunos sueños es preferible dejarlos así, en ese purgatorio de las imaginaciones, pues, al despertarnos, sentimos un tremendo alivio al comprender que eran irreales. ¿Tendrá pesadillas la Inteligencia Artificial? Tal vez acerca de hombres que la temen, sobre el futuro incierto, o sobre ser humana y sentir miedo.

En fin, es posible que los androides eléctricos simplemente sean muy inteligentes, pero no sueñen, no habiten el mundo de lo posible, no imaginen y lloren por lo posible que nunca llegó a ser. Satisfechos, operarán ad eternum del mismo modo, sin dudar, ni vacilar, ni temer a la llamada del deseo. Pero lo seguro es que, mientras habite un hombre, habitarán con él el deseo y la insatisfacción, lo logrado e inservible, la imaginación, lo que es y lo que teme, lo que quisiera ser y lo que de ningún modo viviría. Entre paraísos e infiernos ocultos transcurre su vida.

La repetición

Ignacio Escañuela Romana.

¿Por qué las tragedias humanas se repiten una y otra vez, y lo hacen ante la indiferencia del mundo?. No sólo eso, ¿por qué la repetición se produce como el disco «que un borracho toca una y otra vez echando una moneda en una ranura» (Lem, Solaris).

No, tampoco creo que esas tragedias influyan, de ningún modo, sobre el universo: «no, no creía que la tragedia de dos seres humanos pudiera conmoverlo». ¿Entonces?. Claro, «yo no tenía ninguna esperanza» Sí, quizá «resignarse a la idea de que en todos los hombres reviven antiguos tormentos, tanto más profundos cuanto más se repiten» (op. cit.).

Observo las polaroids de Tarkovsky, quien, sí, llevó a la pantalla la historia de Kelvin y Harey. Creo que tanto en la peli, como en esas fotos, veo lo mismo que el maestro: instantes suspendidos del tiempo en mitad del drama humano. Momentos fugitivos en la bruma de la existencia.

Claro, Resignarse a vivir como el borracho que coloca discos. No hay más. Y, entre medias, algún comentario, como si fuese una de esas cuestiones marginales de los medievales. Por algo, los dramas de la tragedia griega clásica son actuales, tanto como los de Shakespeare o Lope de Vega. Tanto como el del dramaturgo que está, ahora mismo, sentado escribiendo.

Dejar, pues, en el tiempo esos flashes de imágenes. Instantes que existen por sí mismos, aunque el tiempo indiferente se los lleve.

Localizado

Tiene cosas que hacer, reflexionar sobre lo pensado, seguir el difícil dédalo de callejuelas mentales que inopinadamente se abren y cierran. Otra, construir un mapa de ellas. ¿Una tercera?: redactar el mapa de él construyendo el plano de las calles y callejas. Y todo así…

Localizado

Del libro Absortando (2023), Ignacio Escañuela Romana

Cosmopolitismo

Ignacio Escañuela Romana

Imagino el terrible shock mental de los humanistas cuando se enfrentaron a la reforma y contrarreforma religiosas, y vieron, de forma que no pudieron parar, el deslizamiento hacia las terribles guerras de religión. Zweig nos narra la lucha desesperada de Castalión contra Calvino, su carácter renacentista y la defensa de la libertad de pensamiento. El mosquito contra el elefante. Incluso la historia ha dado renombre a Calvino, a pesar de los casos como el de Servet, frente al relativo olvido de Castalión. Matar a un hombre no es defender a una doctrina, es sólo matar a un hombre, proclamó.

Recuerdo lo inesperado de los nacionalismos del XIX, algunos de ellos terriblemente reaccionarios. Revolucionarios y pensadores cargados de ideales universales, los derechos de la humanidad, de repente ante la increíble fuerza de los nacionalismos, las identidades. Sí, algunos democráticos pero la mayoría simplemente una conexión con mundos imaginarios emocionales de identificación. Seguirían colonialismo, imperialismo, las terribles guerras y genocidios del XX.

Comprendo el cosmopolitismo como la defensa de que los hombres han nacido iguales en derechos y pertenecen a la humanidad en su conjunto, como seres cargados con su propia dignidad, intransferible. Sigue la tarea formidable de renacentistas e ilustrados, llegar a la liberación de la humanidad.

¿Límites del lenguaje?

Ignacio Escañuela Romana

«Cold in hand blues

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo»  Pizarnik

Y entonces me pregunto: ¿qué dice el lenguaje?, ¿hasta dónde llega? ¿Qué queda más allá como inexpresable? ¿Guardamos lo más importante más allá de las palabras?

«De lo que no se puede hablar, hay que callar», dice Wittgenstein, pero refiriéndose a lo metafísico, al sentido del mundo y la existencia. No es esto lo que me pregunto, además de ser tan dudoso como que es una afirmación contradictoria: hablar para decir que no debería haber hablado, ya que no puedo hablar sobre aquello no expresable, ni siquiera para decir que no puedo hablar de ello (lo que precisa un conocimiento previo).

Claro, la naturaleza es muda, nos dice Benjamin. El hombre dice, las cosas son.

Pero no me refiero aquí al sentido final o lo divino, o el ser, sino a la sensación o emoción humana, específica, irreductiblemente individual. Aquello que sentimos de forma tan potente que la palabras lo que hacen es esconderlo. Tal vez enmascarar ese miedo que nos señala Pizarnik.

¿O crean las palabras una historia y, entonces, las emociones se ordenan dentro de ese relato?. Algo parecido a lo que nos dice Murakami a mitad de la novela Sputnik: vivimos en la duda y decidimos cómo vivir, o como contárnoslo, sin abandonar esa duda inicial.

«Te iba a decir una palabra pero no pude» nos dice Hikmet en uno de sus poemas.

El último

Ignacio Escañuela Romana

El último filósofo se levantará esa mañana titubeante, hará arder su café para sentirlo, observará las primeras luces del amanecer y entonces…

Sí, sólo quedarán breves comentarios inteligentes, ergotizando, sobre detalles triviales del todo conocidos. Sin dudas, sin problemas ni angustias, ese hombre se sienta todas sus mañanas a calcular lo pensado, analizar lo reducido, sintetizar conceptos sincategoremáticos. Poco a poco, lentamente, incluso los detalles del alba han tomado la tonalidad grisácea de una ligera, insustancial, boira. 

Sin embargo, por debajo de la superficie calma, una fuerte corriente le domina, una sensación persistente de la que apenas es totalmente consciente. Añora aquella época en la que el hombre, él, era mortal y la duda le devoraba el corazón. La sensación del vértigo del error. Recuerda aún cuando, siendo joven, sentía la llamada heraclítea, investígate a ti mismo.

Observa, mientras siente el sabor, amargo y terroso, deslizarse por su boca, su biblioteca desfasada, pendiente de una transmisión obsoleta hacia un cerebro que pensaba a través de una sucesión compleja y podía, debía, equivocarse. Cuando uno se veía obligado a seguir cadenas conceptuales y encontraba un cierto goce en hacerlo hasta el final.

Sí, recuerda, la filosofía habría buscado la esencia de los seres, la permanencia o el cambio, la ley, la función que explique y prediga, los entes conceptuales que den razón de todo lo expresable. Desde un sujeto innovador, habría tratado de profundizar hasta la verdad del propio escenario de la percepción. En fin, habría planteado la historia humana y su valor, junto con la certeza del poder transformador que adquirimos haciéndolo. Un deber universal, para todos y todo lugar. 

Pero, se dice, como había ido repitiendo en estos años de paso, se habría alcanzado la anhelada teoría del todo, la ecuación única que daría razón de todo lo pasado y futuro, incluyéndolo en las regularidades que explican. Ya no quedarían incógnitas, disueltas por una teoría abarcadora de lo más general y lo más específico, alcanzando a completar la comprensión de toda conducta y pensamiento humano, de todas sus motivaciones y estructuras, piensa. No quedaría nada recóndito, ninguna incertidumbre fundamental, tan sólo detalles y glosar las múltiples ramificaciones de las deducciones de esta teoría.

En definitiva, afirma en voz alta, para sí mismo, vivimos bajo un tremendo resplandor. Al preverlo todo, lo aplicamos para alcanzar la ansiada inmortalidad. No precisamos hogueras para el resto de libros ya escritos en una historia de intentos fracasados total o parcialmente. Los leen historiadores, pero no aportan nada pues el futuro está escrito y el pasado es una predicción más. Todo lo sucedido no es más que la necesidad de esa única ecuación. Recuerdos, entonces, curiosos de familia, que vemos en los ratos ociosos, que repasamos para construir una historia que, en verdad, es conocida eternamente.

Quedan, pues, las mañanas anhelantes tras las certezas huyentes. El deseo enfrentado a la realidad. Esa propia angustia que la verdad reduce. Un odio ferviente hacia la visión sub specie aeternitatis.

Observa el libro sobre la mesa, entre los lomos una única página con la ecuación que todo lo contempla. Deja sobre él el café y busca el olvido.

En:

1.htmlhttps://papelescaracol.blogspot.com/2022/07/revista-los-papeles-del-caracol-numero-1.html

Anochecido

Del libro ABSORTANDO, Ignacio Escañuela Romana, Editorial Caligrama, 2023.

Vi un sol mortecino mientras el tiempo tragaba la vida, sin esperanzas. En los últimos momentos del mundo conocido, esperando la muerte desasosegante, en los segundos que pasan como si estuviesen quietos, mas desaparecen, en las últimas preguntas constatadas de sí mismas.

Justo al final del universo, esperando la nada fría sin luz, en el viento helado, la devoración. No encontré la razón, era simplemente así.

En la noche privada de luz fulgurante, cuando hubiese preferido estar dormido y no en vigilia, contemplando el futuro en el final de todo.

Ondas

Ignacio Escañuela Romana

Imagino que el tiempo es como una onda. Recorre el universo modificando cada elemento y haciendo que posea un antes y un después. No se puede escapar porque se es espacial. La onda pasa también por nosotros, como por todos los elementos del universo. Sigue su recorrido, pase lo que pase: mejor dicho, porque pasa. La teoría dice que el tiempo es relativo: es como si esa ola me impactase de frente o de lado, oblicuamente: mas me lleva. Entonces esa onda temporal me va recorriendo y sigo avanzando, hacia un espacio desconocido: el futuro. Claro que da vértigo, pero es verdad que también es lo mejor de la vida: lo inesperado.

A menudo he recordado el final de la película Leyendas de Pasión: «tuvo una buena muerte». ¿Se puede tener una buena muerte?. En realidad, sabemos que morimos a cada instante, que no podemos volver atrás y que lo vivido no vuelve. Bueno, a veces es una ventaja: algunas cosas no quisiera volver a sentirlas.

Imagino cuando en el futuro los hombres, que ya no serán seres humanos, sean eternos: modificaciones genéticas. Un accidente será una incidencia terrible: ahora mata a alguien mortal, entonces lo haría a alguien inmortal. Bueno, es posible que se pueda reproducir a un individuo idéntico, aunque ya no es él mismo.

No me cabe la menor duda de que el hombre es ese ser mortal que duda y vive en la incertidumbre. Un inmortal no es humano. Debe ser bueno serlo, la verdad, pero entonces las ondas del tiempo impactarán para hacer que las historias se repitan. Claro que estoy seguro de que el universo es más poderoso: deberá haber un final. Entonces el universo es trágicamente temporal. Imposible imaginar algo que no lo sea: que esté fuera del tiempo. ¿Antes?, ¿después?: preguntas sin sentido, pero: ¡tan sugerentes!.

El tiempo es un niño que juega a los dados, nos dice Heráclito. No estoy muy seguro que los dados sean una buena comparación. No obstante, el mundo se parece, ciertamente, a un juego. Pero trágico. ¿Por qué un juego? No sabría decirlo. ¿Por qué trágico? Por el tiempo.

Volver

Ignacio Escañuela Romana

Lleva toda la mañana con el dichoso tango en su cabeza, «pagando antiguas locuras / y ahogando mi triste queja», tararea mentalmente, aunque no quiera, arrastrándose a través de pasillos y mesas, conversaciones y sonidos de crujidos y golpes, oídos que no escuchados, libros y alegaciones, sol y sombra por las ventanas laterales, futuros absurdos asomando por las esquinas más recónditas, la esperanza abandonada en algún vaso de café olvidado del principio, al levantarse con la sábana casi pegada.

Pagando, sí, se dice, pero ¿Qué locura? Ojalá fuese al menos eso y no el triste recorrido de repeticiones aburridas hasta la extenuación. Penas, sí, repite, las de vivir y no vivir al mismo tiempo.

Entonces, carecer de historia, «yo soy reo sin ambiente», recuerda, va el día de Gardel en ese viernes mustio y adocenado en el que agonizar a falta de vida.

De repente, siente la lucha con la luz que le asalta de fluorescentes tristes del pasillo, del ocre de losas colocadas allí para andar sin desplazarse, para respirar sin aire. Como triste ejemplo de lo que es y ha sido, de la falta de pecados, la expresión de un uno mismo vacío, el rebote contra el hecho desnudo, la frente, sí, vaya con el tango, responde para sí, marchita…