En vientos

Ignacio Escañuela Romana

¿Desperté o soñé?, ¿abrí los ojos o bien los cerré? Me pregunto si respiré o lo vi justo en el momento en que anhelante la inhalación yací cerca de la muerte por un instante. ¿De día clareando o por la noche cerrada? Pero sí sé que sobre cielos azul pálido, en vientos de calima, pájaros negros surcaban de oeste a este en inmensas bandadas. Huyendo del fin del mundo que se aproximaba ineluctable.

«Tiempo», musita

Ignacio Escañuela Romana

A través de la salvaje tarde de la chicharra, cuando el suelo humea ardiendo en su polvo, golpeado violentamente por el solano, conforme los árboles se rinden bajo ese sol riente y sueñan con noches en boiras eternas, cuando el caminante se inclina buscando su sombra y semeja golpeado por la luz, sintiendo enormes riachuelos de sudor salvaje corriendo por su piel, la ropa deja pasar el vapor y el hombre semeja tendido hacia la planicie para esconder su ser. A través de todo ese instante, recordarla, sonriente y observándole, pensativa, en una noche del suave valle, entre pipas quemadas de girasol, bajo estrellas fugaces de las perseidas. «Tiempo», musita, «olvídame».

Carcajadas

Ignacio Escañuela Romana.

Fue como andar de cabeza, desde el principio hasta la terminación. Se reía a carcajadas, justo cuando habría tenido que llorar más. Como la conclusión de todo en el instante en que, ¡sorpresa!, nada finaliza. Creo, honestamente, que desde aquel momento todavía sigue tronchándose a carcajadas para hartazgo de quienes le rodean. Sin embargo, verle en el punto irónico final, donde ya nada importa, me cambió la vida. El encuentro más vital que haya mantenido, el momento del no retorno. Desde entonces, ¡oh, lo siento!, mas nada en realidad, tiendo a reírme hasta doblarme. Pierdo la respiración, me descoyunto y, ¡claro!, disfruto a morir. Por eso, hago esta genuflexión justo ahora y desaparezco. Si pudierais escucharme …

Anochecido

Ignacio Escañuela Romana. Libro: Absortando. Editorial Caligrama. 2023.

Vi un sol mortecino mientras el tiempo tragaba la vida, sin esperanzas. En los últimos momentos del mundo conocido, esperando la muerte desasosegante, en los segundos que pasan como si estuviesen quietos, mas desaparecen, en las últimas preguntas constatadas de sí mismas.

Justo al final del universo, esperando la nada fría sin luz, en el viento helado, la devoración. No encontré la razón, era simplemente así.

En la noche privada de luz fulgurante, cuando hubiese preferido estar dormido y no en vigilia, contemplando el futuro en el final de todo.

Decir adiós

Una visión personalísima de Marlowe. El detective de Chandler.

Ignacio Escañuela Romana.

Si me preguntasen a quién recomendaría para aprender a escribir leyéndolo: Raymond Chandler, directo, conciso, expresivo, vigoroso, nunca desenfocado. Cuidaba la escritura como un jardinero ama sus plantas. Esperaba el ritmo exacto, la expresión clara.

Sobre todo, Marlowe será siempre el hombre solitario, dubitativo pero de convicciones. Representa al existente que se niega a dejarse ir, que no admite la adaptación. Expresa, nos dice Chandler, los principios en un mundo donde éstos se venden o cambian. Quien se presenta en casa del magnate y piensa en rescatar a la doncella en el friso de la entrada, soltándole los nudos que la aprisionan.

Marlowe el que se despidió lentamente de su amigo en el Largo Adiós: mientras aún merecía la pena. Aunque después siente la profunda soledad del pasillo por donde el antiguo amigo se aleja. El antiguo amigo por el que estuvo dispuesto a ir a la cárcel.

Leyéndolo en una lejana posta del autobús, camino a Madrid, hace tantos años. De noche, en busca de un mundo distinto, respirando el frío de un día de diciembre. me impresionó la exactitud de sus descripciones, la prosa medida. Sobre todo, sentí la enorme soledad y amargura de un hombre de ideas claras, zarandeado por el mundo. Quizá un personaje de ademanes caballerescos perdido en medio de la nada de la sociedad utilitaria, en mitad del fragor del todo se vende o compra. Releí una y otra vez, aquellos meses, el Largo Adiós, el Sueño Eterno, la Dama del Lago, la Hermana Pequeña, …

En fin, el detective que juega al ajedrez por las noches, contra el libro, mientras va reflexionando sin encontrar respuestas a lo vivido. Que da de comer al gato cuando éste, espíritu libre, se digna a aparecer. Quien declara sobre sí mismo: «cuando me liquiden en un callejón oscuro …nadie va a tener la sensación de que su vida se ha quedado sin sentido».

Lo recuerdo porque siempre se desea, en el fondo, ser como él. Capaz de soportar tanto amenazas y golpes como, sobre todo, intentos de comprarle. Capaz de ser contratado por cinco dólares por quien nada tiene. Quien sudó largamente en medio de las orquídeas de un hombre que sobrevivía por el calor del invernadero. Quien fumó para que ese hombre, henchido de dinero, pudiera saborear el tabaco a través del olor, mientras se lamenta de tener los placeres secundarios de otros hombres que los experimentan.

¿Quién no ha soñado en ser solitario e incorruptible, para desafiar pues a todos los sentimientos y, al mismo tiempo, entenderlos todos? Marlowe, sin duda, el detective que rechazaba al mundo de valores corrompidos.

En la vida se mezclan, para todo lector, la vida misma y las lecturas. Las aventuras reales e imaginarias. Leer a Chandler significa dar un largo adiós siempre, de quienes se van despidiendo entre lecturas, en camino hacia el sueño eterno. Con alguna bravuconearía y un carácter corrosivo. «Decir adiós es morir un poco», afirma, justo cuando voy a retomar el autobús, un noche fría de diciembre, en camino a Madrid.

Refluyendo

Ignacio Escañuela Romana

«Mira hacia adelante, para no ver las catástrofes, como un ángel de Walter Benjamin que teme hacerse piedra. El viento feroz de su propia razón le impide girarse y le empuja. Quiere saber del pasado, del sí mismo dejado atrás, lejano, en sueños terribles y experiencias arrasadoras…»

Del libro Absortando, año 2023, Editorial Caligrama. Ignacio Escañuela Romana

Bahía

Ignacio Escañuela Romana

Me siento a observar el tiempo y las vidas, como un suave fluir a través de distancias y sufrimientos. Imagino que trazamos proyectos como quien cree que remontará esa corriente que, finalmente, se reirá y nos irá arrastrando. Como si cada vida, todas, no fuese más que ese esfuerzo en dar sentido a la nada que, en algún momento, termina atrapándote. Entonces, sólo queda observar el poderoso paso, dejarse llevar, sentir el movimiento de lo que va constantemente muriendo para ser reemplazado. En lo que es, sin duda, una experiencia humana repetida, pero no menos trágica en su eterno retorno. Como si todos estuviésemos condenados a seguir los mismos pasos mientras la corriente se carcajea y nos lleva. Ya Heráclito, doliente, lo escribió: «El tiempo es un niño que juega con los dados».

Soñaría, pues, con instantes de infinita certeza, atemporales, fijos contra el transcurso. Algo indeleble, un último intento del ser parmenídeo no cambiante. Aunque sé que esto es imposible. La razón nos ofrece la eternidad parcial, pero vivimos en el rumor de la vida frondosa, de la selva de sensaciones, de lo que nos hace sentir vivos. Aunque la verdad nos llama la atención, la apartamos para pasear por los bosques donde habita lo que somos.

Por todo eso, y por las historias que ya se acumulan, prefiero sentarme y dejarme llevar, pensando, como Khayyam, con cierto sabor acre, mas dulce, que quizá la luna me busque mañana en vano.

Aquí, ahora, me siento en esta especie de bahía propia y personal de un San Francisco mítico, configurado por mi mente. Entonces, siento la marea que fluye y mueve inmisericorde a la arena, me noto pleno de la sustancia del universo: del cambio. Casi todo lo he perdido en ese tiempo pero, la verdad, no me importa ahora. Disfruto del transcurso que tengo dentro y fuera. Se perderá en el tiempo, como lágrimas en la lluvia del replicante de Blade Runner, mas ahora soy ahí.

La experiencia de la imposibilidad.

Ignacio Escañuela Romana.


Una de las experiencias humanas más extrañas es el paso del tiempo. Es verdad, nos acostumbramos a él, pero es raro que lo pasado no podamos alcanzarlo de nuevo y estemos condenados a irlo perdiendo, primero como recuerdos y después como un paso a la nada. Imagino que cuando adquirimos consciencia nos resulta angustiosa la pérdida constante de todo lo que vivimos, como si trozos nuestros los fuésemos dejando. Claro, nos consuela la sensación de que somos los mismos y de que cada vez sabemos más y percibimos mejor. Supongo que es un poco de azúcar que el tiempo nos entrega para que admitamos esa forma constante de muerte que es la vida. 
 
Siempre me ha resultado extraño escuchar que hay que vivir intensamente, como si todas las vidas y experiencias humanas no tuviesen esa particularidad. Intensidad que procede de que sabemos que no podremos pasar más por esos puntos en los que estamos. Es más, pienso que las personas que rehúyen las sensaciones profundas lo hacen probablemente porque no pueden soportar el carácter radical de la vida y buscan algún refugio. En verdad, ¿no buscamos todos alguna parada en la vida frente a ese transcurso que nos va llevando hasta el fin?.
 
Creo que la extrañeza ante el cambio lleva a la filosofía y que todos los hombres tienen siempre, aunque les pese, algo de filósofos. Reconozco, también, que la belleza del arte, su contemplación y carácter sublime, es otra opción. Posiblemente más completa y plena pero, al mismo tiempo, episódica y fragmentaria.
 
La vida, entonces, es la experiencia de la imposibilidad: de que no podremos volver a vivir los instantes del pasado y los estamos perdiendo. Bueno, algunas experiencias no está mal que se alejen, pero otras … Supongo que la felicidad es justo ese momento en que pedimos al universo que el tiempo se detenga. Por supuesto, el universo no nos escucha y todo sigue. No hay más.
 

En la dualidad de la historia

Escañuela Romana, Ignacio
Mayo, 2022

ignacioesro@gmail.com
https://orcid.org/0000-0002-5376-0543
https://philpeople.org/profiles/ignacio-escanuela-romana

El hombre antiguo vivía en un lugar suyo y de otros, formando comunidades con identidad. Pertenecía a esa sociedad y a ese entorno, como se es y se piensa. Sí, un apéndice, pero con su propia verdad y su voz. No era un nombre, sino un apodo definitorio y su familia era un linaje. Vivía en la necesidad y en la inseguridad, mas lo aceptaba como un hecho más de la naturaleza implacable. Aunque le dolía, sí, desesperaba de su condición.

No, no era bueno por naturaleza, la guerra existe desde que el hombre aprendió a reconocerse y a fabricar y modificar su ambiente. No, no había igualdad estricta, porque el poder está presente en todas las sociedades, desde que fueron creadas como un determinado de la historia. Sí, quería prosperar. A menudo, la tradición de su lugar le pesaba como un fardo y despotricaba.

Entonces llegó la modernidad. No fue el primer paso, pero sí uno diferencial y relevante. Su espíritu es la regla y la uniformidad, somete naturaleza y hombres a regularidades justificadas. El hombre se siente dueño de sí mismo y de su condición. Es el Ulises de Adorno y Horkheimer. El dominio dejó de ser algo anecdótico y tradicional para pasar a estar sometido a una nueva legitimación…

https://philarchive.org/rec/ROMELD

Ajeno

Ignacio Escañuela Romana

Tendido a través de las horas inciertas, cuando resplandores cruzan en la absoluta oscuridad. Imposible dormir y no puedo, aunque quiera, controlarlo. La noche se va a alargar hasta que las primeras horas me traigan lo incierto en el aburrido escenario de la estupefacta repetición. Pero, ahora, el tremor me zarandea…

https://herederosdelkaos.blogspot.com/2022/10/IgnacioEscanuela%20Romana.html?m=0