Día 1

Ignacio Escañuela Romana

20/02/24

Día 1, y digo ahora empiezo, vamos allá, esto es ánimo y valor. Et dixi nunc coepi. Me miro al espejo y saco músculo, voy bien. Me acuesto y me despierto entonces en ese día 2. Bueno, me siento paradójico, ¿Cómo era eso de ir y planificar?, no me pregunto sino con voz queda y ronca mientras intento recordar cómo era el propósito. Bueno tiraré de cafés para prologar el momento. Apenas logro animarme por la mañana, y por la tarde busco la toalla parar arrojarla apresuradamente al ring. Ya por la noche, un poco mejor, mas no voy a mirarme los bíceps. Me acuesto, un poco de música en la nostalgia inmortal. Vamos allá, me digo, triunfando. Entonces llega el día 3, me levanto arrastrándome y miro con afán insalvable la cafetera. No me comprendo, no, la verdad. Creo que nado en la bruma y prefiero no preguntarme. ¡No sé nada!. No obstante, sigamos, lucharé hasta el final, me grito. Pero reflexiono, quedan cuatro más hasta completar la semana. Va a ser que no, lo siento, encojo mis hombros y, claro, me voy a pasear. La vida es así, me repito. Nadie es perfecto, no, no lo es. No es una tragedia de Sófocles, ni un mito, tan sólo vida corriente, me encojo de hombros. Y, entonces, echo a vagar compungido …

Blue velvet

Ignacio Escañuela Romana.

La nostalgia me rodea, como una niebla densa y persistente. Resuenan en mi mente retazos sin control, pero con mucho sentido. Son tristes y cortantes, pero valiosos. Una y otra vez, sin poderlo evitar, la canción de Bobby Vinton: «And I still can see blue velvet»: porque la noche era azul en mitad de la ciudad mientras tú y yo estábamos.

Quizá porque el hombre ha sido hecho para vivir en un permanente pasado: en la derrota del ahora que veo, siempre, como recuerdo. Tal vez, debido a que construimos de nuevo los hechos y las interpretaciones las recreamos. ¿Cuántas veces no soñamos con algo para, de pronto, caer en la cuenta de que no tiene relación con la construcción consciente que habíamos hecho?. No importa, reinventamos nuevamente y dejamos atrás los sueños.

Byron decía aquello de: sólo me arrepiento de lo que no he hecho. Bueno, no puedo aplicar este principio, la verdad, y lamento muchas cosas que he hecho. Posiblemente, volvería a cometer los mismos errores, aunque, ¿quién lo afirma?, tal vez no. Imposible comprobarlo.

Sabes, todo consistió en bañarnos en la «purple rain», escuchando en un walkman compartido a Prince and the Revolution, cayendo esa lluvia sobre nosotros, andando por la calle, cuando sólo existíamos los dos y todo lo demás, incluso las ambiciones, se había borrado.

Permanece la duda, de esos futuros abiertos en aquel momento que ahora, con certeza, son ya imposibles. Sí, que tú y yo convertimos en una nada. Porque vago por esa noche «tan oscura como fría», por la eterna calle del olvido, conforme escucho a Los Secretos.

Llegar

Escañuela Romana, Ignacio

Julio, 2026

Llegar y llegar tarde, como otras veces, como siempre. En el tiempo confuso de los adioses sin significado ni transcendencia, como en el instante huyente que ríe intensamente. Llegados como metáfora de lo ya partido, de lo que se fue y piensa en volver.

Si hay un punto sin lenguaje quizá sea éste, donde todas las idas y venidas quedaron suspendidas y habitan en el presente sin tiempo, en el espacio sin lugar.

Vidas mediadas

Ignacio Escañuela Romana

27 de abril de 2025

A menudo me he preguntado quién es más feliz, quién siente su vida más repleta de sentido: si quien hace, o quien escribe lo que se realiza. Si el Joseph Conrad que viajó en su juventud y trabajó: “No me gusta trabajar —a ningún hombre le gusta—, pero me gusta lo que el trabajo implica: la oportunidad de encontrarse a sí mismo, de encontrar una realidad propia”, escribió en El corazón de las tinieblas (1) (p. 65). O el Joseph Conrad que narró sus viajes y experiencias ya con mayor edad: a pesar de que “No, es imposible, es imposible transmitir la sensación de vida que en cada época de nuestra existencia experimentamos, eso que le confiere su verdad, su significado…” (1) (p. 61).

Sí, creo que hay vidas vividas y vidas contadas, y que los literatos se dividen entre quienes han vivido intensamente y lo narran de una forma u otra, y quienes imaginan portentosamente lo que no han experimentado y saben cómo transmitirlo.
No, en todo caso no creo que haya vidas cerradas completamente. Más bien toda vida es limitada y parcial, inconclusa, y quizá todos buscamos una especie de “Rosebud” (2) oculto en nuestras existencias, y que se nos planta cuando hacemos un final, o la vida lo hace por nosotros.

Tal vez, escribamos o no, narremos o no, nos expresemos de una forma u otra, las diferencias se dan entre vivir y reflexionar sobre lo vivido. Dashiell Hammett escribió sobre sus experiencias de detective cuando ya no pudo seguir siéndolo. Raymond Chandler lo hizo sobre un detective imaginado, que nunca fue directamente.

En todo caso, un último lamento. Por todas aquellas vidas que pudimos vivir y no podremos. Lo que soñamos cuando niños, viajes y aventuras, experiencias y gloria, todo lo que ya no seremos capaces de tener. Pero también un brindis por todo lo vivido en esa aventura que es siempre existir, tomar decisiones, sentir.

(1) Conrad, J. (2002). El corazón de las tinieblas (trad. A. Diéguez Rodríguez). 2002, Madrid: El País. Publicación original 1899.

(2) Famosa palabra de la película “Ciudadano Kane”, de 1941, que fue dirigida y producida por Orson Welles. Guion suyo y de Herman J. Mankiewicz.

Escribiendo en el cantil

Ignacio Escañuela Romana

Selección recopilatoria en PDF de las publicaciones realizadas en:
https://ignacioescanuelaromana.blog/
La presente edición recoge textos en orden cronológico aproximadamente inverso. La fecha de escritura acompaña a cada entrada, conforme a su publicación original.

Licencia:
Esta obra, “Escribiendo en el cantil” © 2025 por Ignacio Escañuela Romana, se encuentra bajo licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0).
Para consultar los términos completos de la licencia, visite: https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/

Que me arrastro y farfullo

Ignacio Escañuela Romana

6 de octubre de 2025

Ahora que apenas me arrastro y farfullo, que casi no contemplo ya los amaneceres y las estrellas carecen de sentido. Que siento los vientos de solano como un cierto alivio y el café ardiente y negro me parece agua. Ahora, en ese tiempo que pende del pasado, justo del momento, en esa historia que inmisericorde promete no cesar, a pesar de que carece de existencia para mis recuerdos anclados. Que apenas hilvano líneas y éstas surgen y se van sonrientes y cantarinas, en vez de trágicas y nostálgicas como debieran ser.

En fin, en estos tiempos perdidos, como todos los momentos lo son, cuando ya ni siquiera me llega el mensaje de lo salvaje y debo quedarme en la leve sutileza de la mirada perdida. Que me encuentro, sin embargo, conmigo mismo, aunque no sea agradable, mas ya sin miedos. Y me fuerzo a mirar hacia arriba para contemplar nubes viajeras, como todas lo son.

Pero también en ese actual en que existente sucede lo inesperado y en lo perdido de un cierto desierto gotas de significado puntual, sin pretensiones, existen inopinadamente. Que sonrío, entonces, quedamente, como si no fuese así. Pero lo es.

Miedo y el río. Parte IV. 15

Ignacio Escañuela Romana. Miedo y el Río. Novela editada por Ediciones Oblicuas, abril 2019. Muy agradecido a la atención recibida en la citada editorial Ediciones Oblicuas. He recuperado los derechos de reproducción y distribución de esta obra.

Fragmento de la novela:

PARTE IV. 15. 

  • A veces una estructura … contiene una fuerza mayor que la que puede soportar. No se debe tener más de lo que se puede poseer, dijo Rafael. 
  • Eso es lo que se aprecia en los grandes hombres. Algo así como que todo cruje bajo demasiado peso, especificó Tonio, bajo la pensativa mirada de Joeyl. 
  • Sí, aunque no sé por qué llegan a tenerlo, se preguntó Rafael. 
  • ¿Un error?. Supongo que más bien, en el fondo, no se tiene más de lo que se puede, Replicó Tonio. 
  • ¡Qué racionalista!, ¡qué claridad!, añadió Joeyl. 

Tonio se cuestionó qué habría querido decir Joeyl, pero no se atrevió a preguntárselo. Prefirió argüir. 

  • Por ejemplo …, el ejemplo típico, pero algo hay, quizás su creencia en ello, Nietzsche. Como bien le dijo, como hombre una piltrafa, como pensador una excelencia, exaltación. 
  • “Amo a los hombres que quieren desaparecer”. Sí, y la obra supera al autor. El actor es, a veces, más grande que el autor, concluyó Rafael. 
  • Pero, rió Joeyl, ¿qué es eso de la potencia, la fuerza, o lo que sea?. 

Callaron todos interrogándose. 

  • Quizá … no es una tontería, se reconoció Rafael en voz alta, moviendo los brazos para señalarlo y alejarlo. 
  • Claro que es posible que uno no sea sino la falla de su propia estructura, más allá de su conciencia, dijo Joeyl. 
  • Lo que quería decir es que el conflicto va más allá de lo que puedes razonarte sobre él … y, además, que, no obstante, tu interior bien conoce las razones de ese conflicto, y la intuición va más allá de la razón … La propia fuerza interior nos supera, aunque quizá no sea nada más que fuego de artificio para complacencia estúpida, dijo Tonio. 
  • O no … ¿quién sabe?, contestó Joeyl. 
  • Lo cierto es que necesitas creer que podrás superar lo que sea y que eso te conducirá a algún sitio. Además creemos que somos nosotros quienes decidimos y no nuestro interior o nuestro exterior o nada …, consideró Tonio. 

Transcurrió un cierto tiempo. 

  • ¿El esfuerzo quizá sea lo que vale?, preguntó al aire Rafael. Porque, la verdad, el nihilismo me harta. 
  • ¡Claro!, pues entonces eres aún peor que ellos: les haces caso, bromeó Joeyl. 
  • ¿Quién sabe?, bromeó Rafael, sacando estrambóticamente pecho. 
  • Por fin hemos descubierto la esencia de ti, dijo Tonio. Apúntalo, dirigiéndose a Joeyl. 
  • Pero, ¿y si es el cuerpo el que todo lo va dirigiendo?, retornó al tema Rafael, cuando las risas se apagaron. 
  • El cuerpo es siempre lo más fuerte, sobre todo cuando pasa una tía buena, dijo Tonio. 
  • Pero dura menos de lo que podría durar una mente sin cerebro, sin referirme con ello, por supuesto,  que haya efectivamente tal inmortalidad, comentó Joeyl. 
  • Ciertamente, respondió Rafael. Mas, ¿no es el cuerpo el que guarda la memoria del tiempo?: la mente es siempre la misma, si nos situamos en el terreno de su esencia, etc, etc. Sin embargo, cambia más que ella. Sobre todo, es capaz de generación y renovación, lo que ella no puede. 
  • La comunicación es la generación en el otro, y esas tonterías, dijo Tonio cortando el principio del discurso de Joeyl. Y la renovación en la mente es continua, y porque es tan temporal le es difícil guardar memoria de lo temporal por sí sola. Necesita al cuerpo para ser histórica. 
  • Esto se complica, respondió Rafael. Porque, en efecto, sólo la mente como tal tiene recuerdo, historia. Pero, a la vez, ¿quién conoce las razones del cuerpo?. 

Joeyl quiso parecer más interesado ahora. Hablaba demasiado, era un egocéntrico. En verdad, le costaba seguir una conversación en la que no participase, le aburría, y sólo la posibilidad de decir algo le hacía continuar el seguimiento. Por eso, cuanto más parecía estar interesado seriamente acerca del tema y la conversación efectiva, tanto más sus pensamientos estaban en otro lugar. Quería parecer atento, aunque no hablase, quería no parecer egoísta, aunque, en general, su propia actitud le pareciese estúpida.

  • De qué estábamos hablando en realidad?, sonrió Tonio. No, en serio, la fuerza no es nada, el azar es casi todo. Somos unos peleles que creen tener conciencia y voluntad. 
  • La fuerza es sólo de la naturaleza, no pudo retenerse Joeyl. 
  • La fuerza es sólo del cuerpo, dijo Rafael. 
  • La fuerza es sólo de la ocasión, afirmó Tonio. 
  • Y la voluntad, ¿dónde la hemos dejado?, estudió Joeyl, asintiendo ligeramente como un actor y enarcando la ceja derecha. Somos unos petardos de nihilistas, y todos rieron. 
  • Quizás no haya fuerza, añadió Rafael por decirlo. 

Rafael se preguntó acerca de la fuerza que les pertenecía. De todos ellos podía decirse que, tal vez, habían tenido algo; mas también que, si lo habían tenido, lo habían olvidado y asesinado. Aquello del recuerdo, fuese lo que fuese, no era para ellos. 

La verdad era que se sentía ansioso por hablar, por compartir, por comunicar, por yo que sé qué. Se quedaría al final sin nada.