Ola

Ignacio Escañuela Romana

He tomado los recuerdos sensatos y he hecho una pira con ellos. Su lumbre me reconforta en los inviernos brumosos.

Tomé todas las ofertas atractivas y me carcajeé de ellas. Todavía pisoteo las últimas y escucho su crujido.

Ahora me miro al espejo, nocturno, mientras luces iluminan violentas el firmamento. Proyecto sobre ellas, superpuesta, a Calipso, su cuerpo desnudo ardiente, su sonrisa burlona y rebelde. Yo, mortal, ya no podré verla de nuevo. Atormentado, me pregunto cómo pude abandonarla.

Rugiente el interior me acerco a las playas, donde las olas ríen con la arena. Tomo noches de deseos violentos. Me digo que sí, soy estúpido. Entonces, borracho perdido, soy capaz de dormir y sueño con la ola que en la costa de Ogigia acaricia su cuerpo perfecto, eterno, ardiente, para viajar largas millas y llegar hasta la orilla en donde estoy, Rompiente, me murmulla sobre ella. La veo entonces, la acaricio y deseo que no amanezca.

Sucediendo

Ignacio Escañuela Romana

De un modo absurdo sucede el día y sigue la noche, y el sol se troca por estrellas allí arriba. Mientras, sueña con mundos abigarrados e imperfectos, no comprende la inmortalidad que sería la continuidad de ese fundido al negro persistente, provocando la desesperación más inquietante. Tal vez por ello lo finito le es familiar, si bien el miedo nunca se borra. Extrañado por el ritmo constante y la experiencias repetidas, aspira hondo y silba una canción de su juventud.

Seguía imaginando, sí, pero en tiempos no perdidos de extrañas mesetas de yoes desesperados. No importa, se dice, el tiempo está tendido entre ayer y mañana y en este instante toda la eternidad se condensa en suaves nubes grises dolientes, que corren en silbidos aulladores desde el mar hacia la muerte.

Day passes

Ignacio Escañuela Romana

Absurdly, day passes and night follows, and up there the sun turns into stars. He dreams of variegated and imperfect worlds, he does not understand the immortality that would be the continuity of this perpetual fading to black, which provokes the most disturbing despair. Perhaps that is why the finite is familiar to him, although the fear is never extinguished. Bewildered by the constant rhythm and repeated experiences, he takes a deep breath and whistles a song from his youth.

He was still imagining, yes, but in times not lost to strange plateaus of desperate selves. No matter, he says to himself, time is stretched between yesterday and tomorrow, and in this very instant all eternity is condensed into soft, grey, sad clouds that run in howling whistles from the sea towards death.

Aspiro

Ignacio Escañuela Romana.

«No, no quiero volver a pisar el viejo callejón», escucho dentro de mí la canción de Nacho Vegas, «Callejón». Porque el tiempo nos aniquiló allí, mientras fumábamos ese Lucky. Ahora, sí, porque te va bien, y me alegro, pero el callejón ya no es lo que era, mas permanece lo que fue conforme ando, lo cruzo, y recuerdo, mientras me digo que no, ya no podrá volver. No, nada por volver, daría, me digo, pero ese recuerdo tuyo me quema hasta la raíz y percibo, por fin, la realidad.

Lo que me duele no es ya andarlo, me he terminado por acostumbrar. Lo que realmente me estraga y hace entrar a mi consciencia en galerna y sucumbir, es que ese valor ya no existe. Paso por el callejón y ya no es ese lugar: ya no tengo que dar un rodeo para evitarlo. «Es otro el silencio», escucho dentro de mí la canción, y otra la oscuridad. De algún modo resplandece en el pasado, y ahora está perdido para siempre.

En estos tiempos en que el viejo Lucky es propio ya, y no compartido. Cuando sé que prosigo y soy quizá casi el mismo, y tú sin duda me olvidaste. ¿Quedar allí a media mañana, entonces?. No, en la sima en que me acostumbré a vivir no cabe volver: nunca más podré pisar ya el viejo callejón sin la soledad. La existencia es esa despedida y el posterior olvido. Sigo observando cómo el cigarrillo se consume, y aspiro.

Orilla

Ignacio Escañuela Romana

Me siento en esta orilla del universo a observar el paso sobre mí de infinitos mundos desconocidos. Sueño con lugares lejanos que jamás podré conocer, inmensas galaxias repletas de materias extrañas, organismos vivos inverosímiles, reacciones energéticas increíblemente densas, llamaradas de sonidos en frecuencias imperceptibles que me atraviesan como si una nada me formase, ondas que me zamarrean como si fuese un mero muñeco, vibraciones extraordinarias del principio. Pienso en que todo surgió de la nada y que jamás podré comprender esos sencillos conceptos: ser y nada. Me temo que ningún hombre podrá jamás lograr entender la realidad que corresponde a esas simples funciones de ordenación, espacio y tiempo. ¿Cómo es posible que estemos aquí? ¿Por qué soy yo? ¿Quién trazó el mundo según el principio antrópico?

Sencillos principios, ideas claras, conclusiones confusas. Me convenzo de que en todas las funciones matemáticas que perfilamos siempre hay algo humano, demasiado humano. No nos bastan las relaciones y el orden, buscamos el qué y el por qué. Aquí sentado ahora, en mi corral, mirando desde una de estas playas a los soles y galaxias que se mueven ineluctablemente y me enseñan su pasado. Toda observación es un viaje, todo viaje lo es en el tiempo y el espacio. Ésa es quizá la primera ley: toda información precisa tiempo, toda lo es del pasado.

Recuerdo en mi adolescencia la extrañeza de este conjunto que llamamos cosmos. La rareza que percibí instantáneamente en la regularidad aparente. La sensación que me persigue ahí de carencia de sentido en el hecho de que soy y estoy aquí. ¿Por qué ahora y aquí y no entonces o después y en otro lugar? ¿Por qué escribo en 2024 y no en 2340 o en 234? ¿Por qué en esta playa y no en otra cualquiera? ¿Por qué la existencia?

A veces, en verdad, me imagino manejado por un otro que me observa, como una especie de réplica de Solaris. Me imagino siendo utilizado como observatorio por una especie de dios lejano y poderoso. Como una marioneta, me muevo y conozco, y nada más. Y me figuro que ese dios no puede comprenderme: sabe lo que siento, pero no lo comprende, pues no es humano. Entonces recuerdo que el hombre es: especie que aporta significado al mundo. Que lo convierte en un para sí. Una caña frágil pero pensante, Pascal. La apercepción kantiana.

Creo que quisiéramos dejar de pensar y reintegrarnos a los meros hechos simples. Reflexiono que no podemos. Entonces me siento, sí, en esta playa y observo las estrellas y los cúmulos, las galaxias, los horizontes lejanos. Estar en esa apartada cala insignificante se convierte, pues, en un privilegio. Pesa el conocimiento, pero merece la pena. Eso no me quita ni un ápice de la sensación de ignorancia y sin sentido. Pero desde este rincón escucho los ecos del universo, hermoso en sí mismo: y para mí.

Tendido

Ignacio Escañuela Romana

No había querido volver, mas lo hice. Recorrí el callejón envuelto en el viento norteño, el que siempre nos acogió. – No, no quiero retornar- me dije. – Porque sé que me olvidaste y después borraste el recuerdo del olvido, para dejar el hueco de una nada- añadí.

Sentí la tiritona, la sangre manando por las arterias, impulsando. Mientras, observé las nubes oscuras pasando raudas hacia el interior, buscando la sierra para descargar.

Ahora sé que sí, que el pasaje aparenta existir, pero ya no está. He repetido los pasos de tantos, antes y después, y me he olvidado de mí mismo. Sin sentir nada, tengo ante mí la revuelta que conduce hacia los escalones.

Lloro. No por ti, ni por mí, sino porque estoy helado allí dentro. He desesperado de la época de los milagros. Pero sé que allí, tendido, está invisible el futuro perdido, lo que ya nunca podrá ser.

Día 1

Ignacio Escañuela Romana

Día 1, y digo ahora empiezo, vamos allá, esto es ánimo y valor. Et dixi nunc coepi. Me miro al espejo y saco músculo, voy bien. Me acuesto y me despierto entonces en ese día 2. Bueno, me siento paradójico, ¿Cómo era eso de ir y planificar?, no me pregunto sino con voz queda y ronca mientras intento recordar cómo era el propósito. Bueno tiraré de cafés para prologar el momento. Apenas logro animarme por la mañana, y por la tarde busco la toalla parar arrojarla apresuradamente al ring. Ya por la noche, un poco mejor, mas no voy a mirarme los bíceps. Me acuesto, un poco de música en la nostalgia inmortal. Vamos allá, me digo, triunfando. Entonces llega el día 3, me levanto arrastrándome y miro con afán insalvable la cafetera. No me comprendo, no, la verdad. Creo que nado en la bruma y prefiero no preguntarme. ¡No sé nada!. No obstante, sigamos, lucharé hasta el final, me grito. Pero reflexiono, quedan cuatro más hasta completar la semana. Va a ser que no, lo siento, encojo mis hombros y, claro, me voy a pasear. La vida es así, me repito. Nadie es perfecto, no, no lo es. No es una tragedia de Sófocles, ni un mito, tan sólo vida corriente, me encojo de hombros. Y, entonces, echo a vagar compungido …

A chord

Ignacio Escañuela Romana

Perhaps there is an unknown chord, the language with which everything was created. Perhaps if you could touch it, the spheres would move as you wish in that moment. It is possible that we have forgotten this poetry and this primordial language. But it is likely that they do not belong to us, that they are incomprehensible to man, that we cannot reach them, that we compose everything in our own image and likeness, with the virtues at our disposal and the vices that haunt us. Khayyam’s Heaven and Hell.

But sometimes I have glimpsed it in some poems and some songs. I have looked up to the sky and listened to it, without understanding it, like a music of beauty. In some eyes, even when they are hidden, and in the wind, when it blows from the north, but also from the west and the east, raising waves of moisture or dust. When the sun shines and the cicada plays, but also when the snow covered my shoulders and I saw the stars on a clear northern night, they and I alone, in an eternal dialogue that frightened me to the core. A glance, in the half-light that enveloped us, the first touch, soft and deliberate, the skin. The kiss that I have never been able to understand, that comes back to me on sleepless mornings, in my memory.

Perhaps, yes, we once knew the chord, the hidden rhapsody, the breath that lifted this universe. Hidden from us who now strive to build worlds that are only equal to us, that do not satisfy us.

Later, I imagine a new time of hope, when I wander through dreams, through an endless «boira» in the closed jungle, waking up to find myself asleep within myself, but in the middle of the universe.

Then I recite, I would like to speak on the tongue, but I know I am only a man. Perhaps I catch a glimpse of mayastatic eternity. Perhaps I hear the distant murmur of the waves that shake the existing. But I fear that as I walk and observe, everything escapes me, absconditus.

Príncipe

Ignacio Escañuela Romana

Fue una rebelión en toda regla. Hartos de belleza y esperanza, de corrección y reglas, hastiados de lo excelso, tomamos las armas. Decididamente.

En la asamblea, muchas voces discrepantes. Pero, entonces, despiadadamente, los pasamos a cuchillo. No hubo piedad. Fuimos crueles, para quemar las naves y no poder jamás volver atrás. Sin clemencia.

Queríamos emoción y vivir encarnizadamente, llegar a lo más negro del corazón de un ser viviente. Marchamos contra él. En los combates que siguieron no tomamos rehenes:  no nos habían apoyado y les sometimos a los más terribles tormentos. El corazón nos chorreó sangre oscura y roja. Sobre el alma cayó un velo más negro que la muerte. Ninguna lágrima.

En el último acometimiento avanzamos decididamente y teníamos ya la victoria en nuestro lado. Hundimos su centro y corriendo, armas desenvainadas, aullando el odio más profundo que haya existido jamás, enfilamos hacia él.  A punto de alcanzarle para acabar con la tiranía de la belleza, el bien y la verdad, con el rencor escondido en lo más hondo de las tripas, rezumábamos venganza. El grito de la tierra y el sol, del hambre y el mal.

Perdimos. De repente, rodeados, a ambos flancos, caímos en la trampa y fuimos flanqueados. Uno a uno fuimos cayendo. No nos importó. Reímos hasta el final, deseando desaparecer para siempre en el olvido. En una nada sin final. No temíamos ninguna tortura. Consecuentes.

Se exterminó a todos, no a mí. No se me permitió morir y se me condenó a una existencia eterna y baldía, lenta y dolorosa, desde la que observar el reinado del bien y la belleza.

“Diablo” me llaman. En realidad, soy un galeote.

Último uppercut

Ignacio Escañuela Romana

«De repente, lanzas tu último uppercut y los siguientes serán ya una mera repetición desfasada, como el borracho que imita sus propios gestos», añadió. Mientras, sorbíamos lentamente las cheves, sin prisa alguna, sintiendo el transcurso del tiempo, en aquel peladero inmundo que tanto amábamos, donde podíamos estar y ser sin que a nadie le importásemos, entre iguales baqueteados lo suficiente por la vida y las decisiones tomadas con corazón y sin cabeza, los intereses convertidos en polvo, los sueños retornados a la nada. Nadie mejor que los demás.

«Fue al tirarle el golpe», me apuntó imitando el gesto. Mirándome con fiereza, dando pavor. Lo podía sentir dentro de mí, en el recuerdo continuado de los gladiadores que inauguraron el Coliseo y se mataron mutuamente como enemigos leales, compañeros. Sin despedirse, si no era por un estoque final, el último hachazo. Pero con dulzura.

«Se lo solté con todas las fibras, tras la finta con la izquierda, convencido de elevarlo por encima del ring». «Pero más rápido que yo la esquiva y el crochet con la izquierda entonces». «Estaba expuesto, añadió, como cazar al pichón mientras duerme». «Y, ¿qué esperaba con un zurdo? El choque que te retumba, el asombro, la caída», me contó.

«Claro que he perdido antes, ya lo sabes». Se dijo, «a veces se triunfa y te aclaman y otras eres el perdedor tumbado, dejado, como un rastrojo sometido al espectáculo. Entonces sólo piensas en irte lejos».

«No importa, ¿sabes?, es ganar o perder y así lo tomas». «Pero», añadió, y me dio un palmetazo en el hombro que me conmovió de los pies a la cabeza, mirándome a los ojos intensamente, «¿sabes?, toda mi vida pasó ante mí, con los errores, todos. Despilfarrado el tiempo y el dinero, a quienes me querían, todo lo ganado… Eso ha sido dar la vuelta a la esquina». Yo no me atrevía siquiera a moverme, casi no respiraba mirándole. «No puedo echarle la culpa a nadie. Todas las equivocaciones son mías y es así y ya está». Seguía agarrando el vaso con fuerza, marcando los nudillos, observándome fijamente como el tigre debe mirar a su presa. «Los errores son míos y no volvería a cometerlos, me arrepiento de que he tirado. Pero, sobre todo, ¡son míos! y machacaría al que me discutiese este hecho. ¡Míos y sólo míos!».