Fue quizá el tiempo…

Ignacio Escañuela Romana

Fue quizá el tiempo en que se perdió la eutrapelia. De los discursos amables cargados de broma y sentido del banquete platónico, se pasó a la risa hiriente y la convicción de la verdad absoluta. Ya todos querían vencer, no conversarían, entonces, amablemente los hombres en tardes interminables en la plaza, hasta la profunda madrugada, marcando los tiempos del ahora y el aquí sin fin de ese niño que señaló Heráclito juega a los dados: el tiempo.

En ese tiempo, pasajero como todos, olvidaron que el hombre es un breve instante entre una nada y otro no ser, y quisieron transmutarse en verdades rígidas, obligaciones inflexibles, retóricas grandilocuentes, zapatazos en la mesa, desprecio al saludo leve, negación de los tiempos, abandono de las historias.

Pero más tarde, olvidadas tantas historias absurdas, cuando la permanencia se demostró de nuevo imposible, volvieron por fin los filósofos a la plaza a hilvanar discursos en torno a un ligero banquete. Con extremada eutrapelia rieron las bromas ajenas, descubrieron sentidos olvidados, retornaron a ese fluir que, como el río heraclíteano, nos impide a todos bañarnos dos veces en la misma agua. Un poco etéreos, en fin, recitaron la poesía de Khayyam: «Mucho has visto del mundo y cuanto has visto es nada; / cuanto has dicho y oído en él, también es nada»

Llegar

Ignacio Escañuela Romana

Tenía que haber llegado a las cuatro y, sin embargo, a pesar de lo importante que era, no he estado. No he sido capaz de cumplir con esa cita que habíamos acordado hace un año. “A la vuelta, no se te olvide”, repitió varias veces en voz baja. Hace un año, exactamente, en el momento de irse a Chile, a trabajar. “No se te olvide”.

Ahora, no sé siquiera si ella ha estado. No tengo ninguna capacidad de cambiar la realidad, de volver el tiempo. No puedo ni saber si ha acudido, si ha recordado.

Un error. Algo imperdonable para mí mismo. Algo irremplazable.

Salimos a las dos y media y no he podido llegar. Le pedí el favor a un amigo, hace tiempo. “Sin problemas”, me dijo. Pero ha sido como si el universo se hubiese coaligado, al completo, disponiendo hasta el último detalle, para que no pudiese llegar. Un gran atasco en la autopista, al pleno sol de un dos de agosto, por un camión detenido en una cuesta arriba. Su carga yacente, desparramada por todo el asfalto. Kilómetros de retenciones, silbidos en mi cabeza. Nada que hacer. Sentir la impotencia. Ahora lo comprendo. “No se te olvide”.

Al incorporarnos, por el puente, para entrar en Sevilla, un semáforo tras otro. Una alianza para ralentizar el viaje. Como si todo estuviese secretamente dispuesto para impedirme llegar.

Al final, nada que hacer. Media hora tarde. La soledad de la puerta del restaurante donde habíamos quedado, para seguir la última cita. Un vacío en la boca del estómago. Veinte minutos de espera que sé, son en balde. Nada que hacer. Pensando en el vacío, perdido, desvalido. Reflexionando sobre cómo el mundo es capaz de rechazar un deseo. Ya no puedo completar aquello que decidí hace un año, imaginé numerosas veces.

¡Claro!, tenía que haber salido antes. Acercarme esta mañana. Estar aquí esperando. Pero me equivoqué y ya no puedo repararlo.

No volveré jamás a verla. Tal vez una vez en algún lugar, una posibilidad entre un millón. Quizá me estuvo esperando y piensa para siempre que no la recuerdo, que para mí no es nadie. Vivir entonces con esta certeza del absurdo.

Ahora tomo el autobús, para ir a la estación. Veo pasar calles, llenas y vacías, llantos y risas, personas paseando, turistas, otras huyendo del sol y el calor. Arterias por donde transitan las personas y sus destinos, sus emociones, las historias que se repiten. Sueños despiertos en la ciudad tendida bajo el calor. Una urbe hecha para el paseo y la reflexión, para las sensaciones que hieren.

Observo desde la ventana del autobús, sentado, un resumen de la vida. Sevilla palpita bajo la luz esplendorosa de una tarde de agosto. La ciudad vive en torno a algo que no percibe, mudo, mi vacío interior.

Llego a la estación, una catedral moderna de la vida y los tránsitos. Hacia el siguiente autobús que me conduce a la rutina de mi vida diaria. Tardes de charla con los amigos.

Al volverme, tras haber comprado el billete en la máquina, la veo inesperadamente en el vestíbulo. Sonríe observándome.

Libretas

Ignacio Escañuela Romana

Acaba de pagar la compra a la cajera, que repite los mismos ademanes y respuestas sincopadas centenares de veces al mes, pero que le sonríe quedamente por la falta de prisas que demuestra, porque le levanta la presión constante por el tiempo, típica del cliente de un sábado por la mañana a las 12 y 46, decenas de buscadores de la felicidad instantánea corriendo por los lineales, a través de alacenas repletas para el fin de semana. 3 por 2 y logre la satisfacción en pequeños paquetes sugerentes, propuesta irresistible, a abonar en cómodos plazos desde tarjetas coloreadas.

Guarda la compra en la bolsa de un cartón crema marfil y musita un «hasta luego», al que sigue la inevitable respuesta “gracias”, aunque siempre ha pensado en lo absurdo de despedirse hasta dentro de un rato con una persona que, si la vuelve a ver, no lo recordará. Con paso lento, tranquilo, toma el pasillo de iluminación artificial con anchas lozas negras y blancas estilo hospital, bajo el hilo musical con melodías generales, suaves y aparentemente imperceptibles, por suerte, como escape del silencio hacia un edén adormilado.

Se coloca ante la puerta automática de cristal y se abre con sonido amortiguado de motor. Conquista tecnológica de una humanidad anhelante de vida sedentaria y sin cansancios, con tiempo salvo para perderlo, sin ganas mas que para lo obsesivo. En fin, despreciativa de las pequeñas vivencias. ¿Hay un placer en el esfuerzo?, se pregunta.

Sale al sol del otoño del sur que todavía calienta el lomo. Va andando a la captura de su coche, aparcado a la distancia para no dar más vueltas a través de vías en única dirección, en las que el modo más directo disponible es el círculo. Observa los plataneros semi iluminados, luces y sombras a través de los parteluces vegetales, cual rayos crepusculares movientes improvisados. Las nubes grisáceas circulan bajo el impulso de la brisa marina que llega desde el cercano Atlántico y permite aspirar, por fin, algo de humedad, anhelada durante el seco y prolongado verano de agonías desérticas. Un dolor que gana fuerza con cada nuevo año.

Observa las hojas ocres que, testigos cayentes de un verano ido, bañan las aceras y el asfalto, llenando el mundo junto con el ruido de coches circulando por las calles y los gritos lejanos de niños jugando en el parque a su derecha, rodeado por un sólido muro de mampostería rematado en rejas de hierro de dibujos espirales, entre inmensos ficus plantados hace décadas en alguna exposición, mientras los padres a la vera del parque infantil conversan casi en grito, ve a través de los barrotes, gesticulaciones ostentosas, bocas muy abiertas, el ritmo de sacudida de los pechos conforme se llenan para declamar, casi todos simultáneamente. Descampado seco con árboles, al cruzar la calle hacia la izquierda, bajo pergolas a la espera prolongada de enredaderas que aún no han nacido, tal vez nunca lo hagan, mostrando diseños teóricos sin ninguna práctica real. Gorriones y palomas cruzan en vuelos rasantes a la búsqueda de comidas varias mientras gatos adormilados les observan desde una plataforma de cemento con varios agujeros para eventuales mástiles y banderas. El lugar de una feria.

Se ha parado, observa todo y, bajo la sombra de un árbol tupido, ha tomado una libreta del bolsillo trasero del pantalón y se apresura a escribir con un rotulador negro. La bolsa de la compra se apoya en el suelo a la espera de que el autor inspirado retorne al mundo de las pequeñas cosas repetitivas necesarias y la lleve a casa para ver su contenido ordenado y colocado y, tal vez, la ensalada sacada, aliñada y dispuesta para dar la utilidad buscada al ser puesta en la bolsa.

Un sábado, sí, la compra, andar un poco bajo plataneros abundantes, observando y describiendo lo que le rodea y su propia actitud, mirar al cielo, a un parque y su valla inicial. Asombro y costumbre, quiere mostrar ambos pese a que sean antagónicos. Escribir como disfrute, nombrando ahora a un coche negro a velocidad endiablada, que pierde el control en el baden y se precipita sobre la acerca, tras chocar con ella y rebotar hacia arriba, para volar entonces e impactar de lleno sobre al escritor que rebota violentamente hacia la valla hacia la derecha, rematado por un segundo golpe de perfil por el capó del coche. Y así quedar tirado como un desmadejado guiñapo de trapo, vísceras con tremendos borbotones de sangre oscura que brotan mientras él mira ya sin ver, y el coche que destrozado se precipita en tremendo crujido de hierros y aluminios prensados como por una máquina de enorme potencia, y un conductor que sale volando por la luna delantera del coche, que hace añicos, para estrellarse contra uno de los pilares de la valla, con el cráneo destrozado, y dos cuadernos pequeños, con hojas pintadas en tenues cuadros celestes, abiertos y ondeando en mitad de la acerca a la brisa, con relatos sobre comprar y disfrutar andando en el otoño de las pequeñas cosas, sobre conducir en antídoto contra el miedo, desafiando absurdamente las leyes de la conservación del universo humano….

Saturación.

Ignacio Escañuela Romana

Detestaba las tardes pausadas, en el transcurso hacia la nada emergente, deslizándose, plana. El quizá imprevisto allí, en el inicio de su vida. Mas similar, la experiencia, al tic-tac del reloj de péndulo que marcó los mediodías de su infancia, observando con sentido apasionado, el mecanismo imperturbable.

Podría, pues, trazar el cambio, saborearlo y vivirlo, como especie de cinta plana, tendida como espacio. Una sensación de encuentro en la pérdida, disolución en la solidez del ser.

Sería como comprender un vacío pulsante, yacente como saturación. El final.

Toro salvaje.

Ignacio Escañuela Romana.
La película Toro Salvaje (Director Martin Scorsese, Guión Paul Schrader y Mardik Martin, principal actor Robert De Niro) merece la pena verse y disfrutarla. Mientras, sentir un estremecimiento interior por los límites del corazón humano. Sí, de repente la historia de Jake LaMotta, El Toro del Bronx, el hombre que dijo estas estremecedoras palabras: «Luchaba como si no me importara vivir. De hecho, no sé si entonces me importaba vivir. Quería morir».
Campeón del mundo de boxeo que tuvo su particular descenso a los infiernos y la resurrección moral posterior. Fajador del ring como pocos, sostenía ataques intensos aun a costa de recibir duros castigos. Se decía que calentaba los músculos con los golpes recibidos en los primeros asaltos, sólo para después desarrollar un ataque a todo o nada. En la película se reflejan sus problemas morales y la incapacidad para distinguir el boxeo de la vida. Su agresividad, los maltratos que infligió a sus esposas..

Es cierto, en 1949 cedió al chantaje y reconoció haber amañado un combate. Reconoció no haber peleado igual nunca más, a partir de aquella mentira. Todo le llevará a saltarse los últimos limites y acabar en la cárcel donde, golpeando las paredes con las manos desnudas reconoce, por fin, desgarradoramente: “¡Soy un imbécil!”.

Por fin, tomó decisiones que le sacaron del abismo y pudo reconstruir su vida, reconocer el mal que había realizado, sostenerse a sí mismo como persona. Como en el ring, no se rindió hasta lograr reconciliarse consigo mismo. La película de Scorsese le consagró como leyenda.

Hay algo verdadero y primario en los títulos de crédito de la película Toro Salvaje, los mejores en mi opinión en la historia del cine. Hay algo real en el Toro del Bronx, encerrado entre las cuerdas del ring, aislado, solo, en un solo plano y slow motion, con Cavalleria Rusticana de Mascagani. Los ganchos que marca, mientras se mueve, simbolizan algo real en la vida de todo hombre, la pelea interior que sostenemos con nuestros propios fantasmas. A menudo, las derrotas que vivimos, el castigo que sufrimos, la sensación de culpa, todo ello, es el combate continuado con esa fuerza. Pocas vidas, entonces, muestran con mayor claridad la famosa cita de Nietzsche: «cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

En aquellos…

Ignacio Escañuela Romana

En aquellos días de año nuevo, de forma inesperada, amaba dejarse llevar por los recuerdos renacidos, como si toda su vida retornase a oleadas lentas e inconmensurables en las que dejarse llevar y mecerse. No era tristeza como tal, aunque algo había también de ella, sino como un retornar de la vida en sentidos nuevos e intensos. De manera incontrolable se sentía vivo, al tiempo en que volvía a tener pulsiones casi olvidadas, unas ganas intensas de volver al esfuerzo y el hondo dolor lacerante al que, quisiera o no, calificaba como amor, sin imagen clara y definida, pero aplastante. Más tarde se diría que sin quererlo, había renacido de un otoño lánguido y muerto, sin esperanzas. Mientras, se dejaba llevar simplemente por las sensaciones casi olvidadas.

Pregunta

Ignacio Escañuela Romana

¿Qué es el hombre? Sobre una helada ventisca, un sueño tirita. Fabricante de bienes y males, bellezas y fealdades, verdades y falsedades: allí donde no hay sino existencia en el no-ser.

Sueños que sí lo son, porque se acercan al reconocimiento, y otros que se sitúan en el terreno de otras visiones, donde el alejamiento nos distrae. Quisiéramos ser libres y, al mismo tiempo, que todo fuese un resultado de lo inevitable. Apropiarnos de lo que nos sea grato y a la vez sentir la intensidad de una vida en el riesgo interior. El absurdo es la pantalla donde proyectamos nuestra conciencia.

Cuando no sabes dónde estás, quizá sea porque el camino te acerca a ti mismo, aunque no lo desees. Tal vez, ¿qué sea mejor que una incoherencia? ¿Qué nos acerca más que el dolor? Da la realidad, aunque su mismo pulso no tenga sentido. ¿Qué le importan a un universo anómico tus sentimientos?

Duro cuando tienes algo importante, relevante y positivo, y lo pierdes en el tiempo, de forma inevitable, como si una ola te pasase por encima y te sacudiese, para llevarte contra la orilla. Hagas lo que hagas para evitarlo. Al final arrastrará tus propias impresiones, todo lo que tienes. Pero sólo si las convicciones te son dudosas y sientes que es posible que no sea real, sólo entonces, puedes sentir la realidad del revolcón. De otro modo, las ideas fijas que te dominan como cosas objetivas, cadenas ahí puestas por ti mismo, más reales que si hubiesen sido fabricadas por la naturaleza, te impedirán reconocer tu realidad.

Contra todo eso, hay una cierta grandeza en aceptar que en ese valor nulo: contra él, merece la pena vivir y afirmarse. Evitar los engaños. Imagino que la libertad está allí donde el esfuerzo se afirma contra el horizonte de esas olas y la certeza de que los espacios vacíos borrarán tus acciones.

Recuerdo que pensaba que la conciencia es enfrentamiento, apertura, no protección. Soñaba, en este sentido, con los héroes, frente a todo. Pero ahora acepto la ruptura, que la verdad no sella, la insuficiencia y no saciedad, el amor a lo que no quiere nada. Mas no veo grandeza. Sólo el existente en la contradicción. La duda en la tempestad. La afirmación en lo precario. Tengo ahora la impresión de que ese conflicto no es un producto del valor, sino de la necesidad. Inevitable, revuelve sobre nosotros y nos busca y nos encuentra.

De completitudes y hombrecitos

Ignacio Escañuela Romana

12 de abril de 2024

Y, de repente, los teoremas de incompletitud del amigo Gödel. Imagino que el día en que llegó a ellos observó los árboles frente a su ventana, respiró fuertemente y salió en búsqueda de la percepción clara y distinta que debía vagar por el jardín universitario. Pienso que aquel día se encomendó a todos los dioses de la lógica y suspiró por el sueño leibniziano del conocimiento omnicomprensivo. Sin duda, rió alegre por los bienes de la intuición tan olvidada y denostada en la matemática. En íntima alianza con Platón, ambos brindaron por las formas eternas, más reales que todo el pensamiento de los fundamentos, tan humano, en el fondo.

Y, desde entonces, el fantasma de Gödel nos persigue, recordándonos que no lograremos fundar absolutamente los enunciados de cierto tipo, que, ineluctablemente, se van a pareciendo sin preguntar si son oportunos. A partir de ese momento, en los paseos por el campo un pequeño hombrecito se nos acerca y nos dice sonriente: “yo miento”. Desde entonces, una frase tiende a cruzarse en los textos afirmando “soy falsa”. Y es en esos momentos en los que uno quisiese coger toda su biblioteca y meterle fuego, por su impotencia.

En definitiva, nos gustaría tener el algoritmo: algo que nos hiciese menos humanos, asegurándonos la verdad de lo que pensamos sin ningún género de dudas. En toda discusión introducir el procedimiento de métodos que, como juez, juzgase a todas las opiniones que se avanzan. De pronto, Gödel nos sonríe y advierte: cuando logres el libro de los libros en la biblioteca borgiana, no podrás saber que es el libro de libros. Quizá lo intuyas: pero quizá no. Busca algo que incluya su autorreferencia, aspira hondo, decide si ese libro te miente.

Debe ser por todo ello que, a veces, por las noches tengo pesadillas donde la ecuación del todo de Feynmann se aparece: justo para borrarse cuando me despierto y las brumas de la razón me impiden volver a esa intuición primera. ¿Sueño o realidad? “Yo soy un sueño”, me digo. “¿Verdadero o falso?”, añado.

La lejanía

Ignacio Escañuela Romana

Me volví, sin ninguna esperanza. En una tarde más, como otras muchas, en los días que pasaban. Momentos, vivir. Sentí el peso de los días recorridos con el viento, el polvo levantado de los caminos, el sol surcando el horizonte, en el asombro de estar, ser.

Ahora, esa tarde añadida yace allí, en un instante más, en la memoria.

Asciendo la cuesta y pienso, sí, quedamente. En medio de la torrentera de Heráclito. He comprendido que caí esa tarde y estoy ahora en lo que queda. Apenas pequeños reflejos huyentes en el agua. Que, sí, ríe como un niño que juega. Mientras, la lejanía me observa y yo sólo puedo narrar y sentir.

No hegelianizando

Ignacio Escañuela Romana

Bajo ríos de alcohol en su sangre, deambulando por calles en penumbra en camino incierto hacia su casa, repasando historias y mentiras que no consiguen huir de su mente, con recuerdos imposibles. A pesar de todo, no logra trazar sentidos y los hechos se viven, pasan, huyen, se carcajean a lo lejos. Como presencias huidizas, tiempo que juega.

Igual, sabe que la historia es la continuidad de matanzas y sin sentidos, genocidios, guerras, desastres, inutilidad de la búsqueda. Dolor, simple dolor. Como un representante más, se siente señalado. Partícipe.

El vacío que no escapa a pesar de todo lo bebido. El sinsentido personal, la desesperación de toda la humanidad bajo el peso de los tremendos errores repetidos. En todo piensa, nada entiende, todo le horroriza como un congelador ahí dentro, en el corazón. Un tiempo banal, aún más absurdo por esto, viento que rula.

Observa la farola más cercana con luces danzantes en las ramas que se mueven en el viento de marea. «If you come down to the river», le llega desde el interior, profundo, la canción de Creedence Clearwater Revival. Sí, «Rollin’ on the river»… Si tan sólo llegase al río y pudiese observar la lenta corriente que se desliza, bajo cielos oscuros… «Worryin’ ‘bout the way things might have been», se dice. Luces crepitando ante sus ojos desnudos.