Toro salvaje.

Ignacio Escañuela Romana.
La película Toro Salvaje (Director Martin Scorsese, Guión Paul Schrader y Mardik Martin, principal actor Robert De Niro) merece la pena verse y disfrutarla. Mientras, sentir un estremecimiento interior por los límites del corazón humano. Sí, de repente la historia de Jake LaMotta, El Toro del Bronx, el hombre que dijo estas estremecedoras palabras: «Luchaba como si no me importara vivir. De hecho, no sé si entonces me importaba vivir. Quería morir».
Campeón del mundo de boxeo que tuvo su particular descenso a los infiernos y la resurrección moral posterior. Fajador del ring como pocos, sostenía ataques intensos aun a costa de recibir duros castigos. Se decía que calentaba los músculos con los golpes recibidos en los primeros asaltos, sólo para después desarrollar un ataque a todo o nada. En la película se reflejan sus problemas morales y la incapacidad para distinguir el boxeo de la vida. Su agresividad, los maltratos que infligió a sus esposas..

Es cierto, en 1949 cedió al chantaje y reconoció haber amañado un combate. Reconoció no haber peleado igual nunca más, a partir de aquella mentira. Todo le llevará a saltarse los últimos limites y acabar en la cárcel donde, golpeando las paredes con las manos desnudas reconoce, por fin, desgarradoramente: “¡Soy un imbécil!”.

Por fin, tomó decisiones que le sacaron del abismo y pudo reconstruir su vida, reconocer el mal que había realizado, sostenerse a sí mismo como persona. Como en el ring, no se rindió hasta lograr reconciliarse consigo mismo. La película de Scorsese le consagró como leyenda.

Hay algo verdadero y primario en los títulos de crédito de la película Toro Salvaje, los mejores en mi opinión en la historia del cine. Hay algo real en el Toro del Bronx, encerrado entre las cuerdas del ring, aislado, solo, en un solo plano y slow motion, con Cavalleria Rusticana de Mascagani. Los ganchos que marca, mientras se mueve, simbolizan algo real en la vida de todo hombre, la pelea interior que sostenemos con nuestros propios fantasmas. A menudo, las derrotas que vivimos, el castigo que sufrimos, la sensación de culpa, todo ello, es el combate continuado con esa fuerza. Pocas vidas, entonces, muestran con mayor claridad la famosa cita de Nietzsche: «cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

En aquellos…

Ignacio Escañuela Romana

En aquellos días de año nuevo, de forma inesperada, amaba dejarse llevar por los recuerdos renacidos, como si toda su vida retornase a oleadas lentas e inconmensurables en las que dejarse llevar y mecerse. No era tristeza como tal, aunque algo había también de ella, sino como un retornar de la vida en sentidos nuevos e intensos. De manera incontrolable se sentía vivo, al tiempo en que volvía a tener pulsiones casi olvidadas, unas ganas intensas de volver al esfuerzo y el hondo dolor lacerante al que, quisiera o no, calificaba como amor, sin imagen clara y definida, pero aplastante. Más tarde se diría que sin quererlo, había renacido de un otoño lánguido y muerto, sin esperanzas. Mientras, se dejaba llevar simplemente por las sensaciones casi olvidadas.

Pregunta

Ignacio Escañuela Romana

¿Qué es el hombre? Sobre una helada ventisca, un sueño tirita. Fabricante de bienes y males, bellezas y fealdades, verdades y falsedades: allí donde no hay sino existencia en el no-ser.

Sueños que sí lo son, porque se acercan al reconocimiento, y otros que se sitúan en el terreno de otras visiones, donde el alejamiento nos distrae. Quisiéramos ser libres y, al mismo tiempo, que todo fuese un resultado de lo inevitable. Apropiarnos de lo que nos sea grato y a la vez sentir la intensidad de una vida en el riesgo interior. El absurdo es la pantalla donde proyectamos nuestra conciencia.

Cuando no sabes dónde estás, quizá sea porque el camino te acerca a ti mismo, aunque no lo desees. Tal vez, ¿qué sea mejor que una incoherencia? ¿Qué nos acerca más que el dolor? Da la realidad, aunque su mismo pulso no tenga sentido. ¿Qué le importan a un universo anómico tus sentimientos?

Duro cuando tienes algo importante, relevante y positivo, y lo pierdes en el tiempo, de forma inevitable, como si una ola te pasase por encima y te sacudiese, para llevarte contra la orilla. Hagas lo que hagas para evitarlo. Al final arrastrará tus propias impresiones, todo lo que tienes. Pero sólo si las convicciones te son dudosas y sientes que es posible que no sea real, sólo entonces, puedes sentir la realidad del revolcón. De otro modo, las ideas fijas que te dominan como cosas objetivas, cadenas ahí puestas por ti mismo, más reales que si hubiesen sido fabricadas por la naturaleza, te impedirán reconocer tu realidad.

Contra todo eso, hay una cierta grandeza en aceptar que en ese valor nulo: contra él, merece la pena vivir y afirmarse. Evitar los engaños. Imagino que la libertad está allí donde el esfuerzo se afirma contra el horizonte de esas olas y la certeza de que los espacios vacíos borrarán tus acciones.

Recuerdo que pensaba que la conciencia es enfrentamiento, apertura, no protección. Soñaba, en este sentido, con los héroes, frente a todo. Pero ahora acepto la ruptura, que la verdad no sella, la insuficiencia y no saciedad, el amor a lo que no quiere nada. Mas no veo grandeza. Sólo el existente en la contradicción. La duda en la tempestad. La afirmación en lo precario. Tengo ahora la impresión de que ese conflicto no es un producto del valor, sino de la necesidad. Inevitable, revuelve sobre nosotros y nos busca y nos encuentra.

De completitudes y hombrecitos

Ignacio Escañuela Romana

12 de abril de 2024

Y, de repente, los teoremas de incompletitud del amigo Gödel. Imagino que el día en que llegó a ellos observó los árboles frente a su ventana, respiró fuertemente y salió en búsqueda de la percepción clara y distinta que debía vagar por el jardín universitario. Pienso que aquel día se encomendó a todos los dioses de la lógica y suspiró por el sueño leibniziano del conocimiento omnicomprensivo. Sin duda, rió alegre por los bienes de la intuición tan olvidada y denostada en la matemática. En íntima alianza con Platón, ambos brindaron por las formas eternas, más reales que todo el pensamiento de los fundamentos, tan humano, en el fondo.

Y, desde entonces, el fantasma de Gödel nos persigue, recordándonos que no lograremos fundar absolutamente los enunciados de cierto tipo, que, ineluctablemente, se van a pareciendo sin preguntar si son oportunos. A partir de ese momento, en los paseos por el campo un pequeño hombrecito se nos acerca y nos dice sonriente: “yo miento”. Desde entonces, una frase tiende a cruzarse en los textos afirmando “soy falsa”. Y es en esos momentos en los que uno quisiese coger toda su biblioteca y meterle fuego, por su impotencia.

En definitiva, nos gustaría tener el algoritmo: algo que nos hiciese menos humanos, asegurándonos la verdad de lo que pensamos sin ningún género de dudas. En toda discusión introducir el procedimiento de métodos que, como juez, juzgase a todas las opiniones que se avanzan. De pronto, Gödel nos sonríe y advierte: cuando logres el libro de los libros en la biblioteca borgiana, no podrás saber que es el libro de libros. Quizá lo intuyas: pero quizá no. Busca algo que incluya su autorreferencia, aspira hondo, decide si ese libro te miente.

Debe ser por todo ello que, a veces, por las noches tengo pesadillas donde la ecuación del todo de Feynmann se aparece: justo para borrarse cuando me despierto y las brumas de la razón me impiden volver a esa intuición primera. ¿Sueño o realidad? “Yo soy un sueño”, me digo. “¿Verdadero o falso?”, añado.

La lejanía

Ignacio Escañuela Romana

Me volví, sin ninguna esperanza. En una tarde más, como otras muchas, en los días que pasaban. Momentos, vivir. Sentí el peso de los días recorridos con el viento, el polvo levantado de los caminos, el sol surcando el horizonte, en el asombro de estar, ser.

Ahora, esa tarde añadida yace allí, en un instante más, en la memoria.

Asciendo la cuesta y pienso, sí, quedamente. En medio de la torrentera de Heráclito. He comprendido que caí esa tarde y estoy ahora en lo que queda. Apenas pequeños reflejos huyentes en el agua. Que, sí, ríe como un niño que juega. Mientras, la lejanía me observa y yo sólo puedo narrar y sentir.

No hegelianizando

Ignacio Escañuela Romana

Bajo ríos de alcohol en su sangre, deambulando por calles en penumbra en camino incierto hacia su casa, repasando historias y mentiras que no consiguen huir de su mente, con recuerdos imposibles. A pesar de todo, no logra trazar sentidos y los hechos se viven, pasan, huyen, se carcajean a lo lejos. Como presencias huidizas, tiempo que juega.

Igual, sabe que la historia es la continuidad de matanzas y sin sentidos, genocidios, guerras, desastres, inutilidad de la búsqueda. Dolor, simple dolor. Como un representante más, se siente señalado. Partícipe.

El vacío que no escapa a pesar de todo lo bebido. El sinsentido personal, la desesperación de toda la humanidad bajo el peso de los tremendos errores repetidos. En todo piensa, nada entiende, todo le horroriza como un congelador ahí dentro, en el corazón. Un tiempo banal, aún más absurdo por esto, viento que rula.

Observa la farola más cercana con luces danzantes en las ramas que se mueven en el viento de marea. «If you come down to the river», le llega desde el interior, profundo, la canción de Creedence Clearwater Revival. Sí, «Rollin’ on the river»… Si tan sólo llegase al río y pudiese observar la lenta corriente que se desliza, bajo cielos oscuros… «Worryin’ ‘bout the way things might have been», se dice. Luces crepitando ante sus ojos desnudos.

Ola

Ignacio Escañuela Romana

He tomado los recuerdos sensatos y he hecho una pira con ellos. Su lumbre me reconforta en los inviernos brumosos.

Tomé todas las ofertas atractivas y me carcajeé de ellas. Todavía pisoteo las últimas y escucho su crujido.

Ahora me miro al espejo, nocturno, mientras luces iluminan violentas el firmamento. Proyecto sobre ellas, superpuesta, a Calipso, su cuerpo desnudo ardiente, su sonrisa burlona y rebelde. Yo, mortal, ya no podré verla de nuevo. Atormentado, me pregunto cómo pude abandonarla.

Rugiente el interior me acerco a las playas, donde las olas ríen con la arena. Tomo noches de deseos violentos. Me digo que sí, soy estúpido. Entonces, borracho perdido, soy capaz de dormir y sueño con la ola que en la costa de Ogigia acaricia su cuerpo perfecto, eterno, ardiente, para viajar largas millas y llegar hasta la orilla en donde estoy, Rompiente, me murmulla sobre ella. La veo entonces, la acaricio y deseo que no amanezca.

Sucediendo

Ignacio Escañuela Romana

De un modo absurdo sucede el día y sigue la noche, y el sol se troca por estrellas allí arriba. Mientras, sueña con mundos abigarrados e imperfectos, no comprende la inmortalidad que sería la continuidad de ese fundido al negro persistente, provocando la desesperación más inquietante. Tal vez por ello lo finito le es familiar, si bien el miedo nunca se borra. Extrañado por el ritmo constante y la experiencias repetidas, aspira hondo y silba una canción de su juventud.

Seguía imaginando, sí, pero en tiempos no perdidos de extrañas mesetas de yoes desesperados. No importa, se dice, el tiempo está tendido entre ayer y mañana y en este instante toda la eternidad se condensa en suaves nubes grises dolientes, que corren en silbidos aulladores desde el mar hacia la muerte.

Day passes

Ignacio Escañuela Romana

Absurdly, day passes and night follows, and up there the sun turns into stars. He dreams of variegated and imperfect worlds, he does not understand the immortality that would be the continuity of this perpetual fading to black, which provokes the most disturbing despair. Perhaps that is why the finite is familiar to him, although the fear is never extinguished. Bewildered by the constant rhythm and repeated experiences, he takes a deep breath and whistles a song from his youth.

He was still imagining, yes, but in times not lost to strange plateaus of desperate selves. No matter, he says to himself, time is stretched between yesterday and tomorrow, and in this very instant all eternity is condensed into soft, grey, sad clouds that run in howling whistles from the sea towards death.

Aspiro

Ignacio Escañuela Romana.

«No, no quiero volver a pisar el viejo callejón», escucho dentro de mí la canción de Nacho Vegas, «Callejón». Porque el tiempo nos aniquiló allí, mientras fumábamos ese Lucky. Ahora, sí, porque te va bien, y me alegro, pero el callejón ya no es lo que era, mas permanece lo que fue conforme ando, lo cruzo, y recuerdo, mientras me digo que no, ya no podrá volver. No, nada por volver, daría, me digo, pero ese recuerdo tuyo me quema hasta la raíz y percibo, por fin, la realidad.

Lo que me duele no es ya andarlo, me he terminado por acostumbrar. Lo que realmente me estraga y hace entrar a mi consciencia en galerna y sucumbir, es que ese valor ya no existe. Paso por el callejón y ya no es ese lugar: ya no tengo que dar un rodeo para evitarlo. «Es otro el silencio», escucho dentro de mí la canción, y otra la oscuridad. De algún modo resplandece en el pasado, y ahora está perdido para siempre.

En estos tiempos en que el viejo Lucky es propio ya, y no compartido. Cuando sé que prosigo y soy quizá casi el mismo, y tú sin duda me olvidaste. ¿Quedar allí a media mañana, entonces?. No, en la sima en que me acostumbré a vivir no cabe volver: nunca más podré pisar ya el viejo callejón sin la soledad. La existencia es esa despedida y el posterior olvido. Sigo observando cómo el cigarrillo se consume, y aspiro.