¿Puede algo conseguirse?

Ignacio Escañuela Romana

Inmersos en la prisa, hechos pasan y vuelan sin recuerdos ni sensaciones, como en un mecanismo. Los objetivos y finales se antojan completos, con un sentido pleno de la vida. Quizá, años más
tarde, logrados o no, ¿puede algo conseguirse?, quedará la pregunta por el significado.

Educar como participar en la tradición, entrar en la cultura como herencia y comprensión desde el presente. Desde ese trampolín, saltar hacia el ámbito de la libertad, sentida como la creación de algo nuevo, como actividad. Sin ella, ¿es posible la existencia humana? Tal vez todos los cursos tienen repeticiones, lo que se da y ni queda en el recuerdo consciente. Años más tarde, la sensación de su omisión, de una carencia del lugar y uno mismo en él. Ese escenario y en él la actuación. Pero todo lo grande existe en el riesgo, nos dijo Platón. La libertad es lo inesperado como acción. Imaginar las aulas como espacios abiertos hacia un mundo exterior apasionante.

En la prisa, eléctrica la vida exclamó Miguel Hernández, más allá del mecanismo compulsivo; alcanzar el sentido y respirar la libertad.

(Texto incluido en junio de 2023 en revista escolar, bachillerato)

¿Lo humano?

Ignacio Escañuela Romana

¿Cuál es la experiencia más humana?, me pregunté. Y entonces se me ocurrió que la risa y el llanto. Pero no me convencí, son importantes pero se es humano incluso cuando miles de lágrimas hayan borrado nuestra capacidad de reír, miles de risas nos alejen de los llantos. Pues, bien, quizá el extrañamiento. Nacemos y de pronto estamos siendo yo y en un mundo para el que no se nos preguntó, y comprendiendo que somos ese yo y en ese mundo. Cierto, reflexioné, mas a veces estamos tan literalmente a gusto, tan conformes, ¡oh clepsidra detén tu agua! Entonces lo supe, la experiencia más humana es la pérdida. Todo lo que vivimos se va continuadamente, alegrías y tristezas, extrañamiento y conformidad, se va en un tiempo del que hacemos historia y entonces también esa historia se termina borrando.

Desorden

Ignacio Escañuela Romana

El valor es un desorden del ser, me dije, recordando a Jünger. Y con paso raudo avancé en el tiempo hasta el ahora, donde estoy sentado y miro, sueño, vivo, oteo a través de la niebla. Quisiera el retorno y poder sentir las olas que ríen en la playa mientras juegan con la arena. Sí, tierras de destrucción he dejado, sobre mí mismo, sin lograr nada. Bajo infinitos soles y galaxias que permanecen en su pasado, eterno para una pequeña vida humana, en este viaje como tantos otros. No me arrepiento, por supuesto, la derrota no es posible. Mas ya no me entrego, aunque sigo riendo en carcajadas…

Humo

Ignacio Escañuela Romana

Salí al ventarrón de la noche y todo el humo salió despedido y se fue, las nubes me abandonaron, respiré en lo más alto del cerro observando tristes estrellas sobre mí, reflexionando sobre el futuro ya perdido.

Solía creer al menos en mí, ya no. Ahora vislumbro visiones en noches abiertas y sin sentido, donde sobre los prados sueñen procelas durmientes y el huracán tenga breves vahídos de somnolencia.

Todo lejano, en el tiempo. Pero ahora tengo en esa perdida la felicidad de ser ahí y percibirlo. Mientras, siento el viento jugar con mis cabellos y mi piel, breves descargas me recorren, sueño bajo cielos negros con extrañas luces. Sin despedidas, de lo que ahora por fin no me siento culpable.

La inmensidad

Ignacio Escañuela romana

«¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?» dijo, gritó y cantó, Walt Whitman. ¿Qué es una vida plena sino la más contradictoria? Nada más alejado de vivir que seguir lo planificado y lo que te señalan, lo que se espera y lo que esperan de ti, las normas, los valores desgastados del uso, la culpa absurda y las noches sin dormir porque haces lo que no quieres, la sonrisas que evitan la risa. Esa pelea constante entre lo supuesto y el impulso, los logros siempre ineficaces.

Sí, «Oh mi yo, mi vida» cantó Walt Whitman. De esa deslealtad, pues «¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?» se lamentó.

¡Ya sabes la respuesta! y no es mía, es del gran poeta de la democracia: «que puedes contribuir con un verso». He aquí pues el verso de hoy, lector.

Bajo

Ignacio Escañuela Romana

A través de los años se preguntaría incesantemente por ese instante. Como si toda su existencia hubiese quedado condensada en él. Todo el resto sería, entonces, algo inútil y perdido. Se miraría, pues, a sí mismo y, como un golpe, no comprendería nada.

Absurdo, viajar por las tardes al viento que recorre los atardeceres de la llanura, como si volase. Encuadrado y bajo ataduras férreas, no habría, no obstante, perdido la capacidad de soñar.

Pero sí vagaría, sin lugar ni momento, como representación de esa vida.

Aquel momento

Ignacio Escañuela Romana

La sensación de frío y soledad en medio de una nada, como otras tantas, con la que me continúo despertando día tras día. La noche que me reveló lo que sabía bien dentro de mí, la ausencia, de todo, de cualquiera, de mí mismo. Aquel instante que será mi último recuerdo, que se evaporará en el tiempo sólo cuando yo no esté.

Sólo queda el hondo estremecimiento momentáneo, en mitad del conato que sigue persistiendo, obstinado. La estupefacción, el fluir pasajero en la mirada, las estrellas observando, el hueco interior incolmable.

Hablar, callar

Ignacio Escañuela Romana

voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo
 

(Pizarnik)

Y entonces me pregunto: ¿qué dice el lenguaje?, ¿hasta dónde llega? ¿Qué queda más allá, como inexpresable? ¿Guardamos lo más importante más allá de las palabras? ¿Qué miedo está oculto?

«De lo que no se puede hablar, hay que callar», dice Wittgenstein, pero refiriéndose a lo metafísico, al sentido del mundo y la existencia. No es esto lo que me pregunto, además de ser tan dudoso como que es una afirmación contradictoria: hablar para decir que no debería haber hablado, ya que no puedo hablar sobre aquello no expresable, ni siquiera para decir que no puedo hablar de ello (lo que precisa un conocimiento previo).

Claro, la naturaleza es muda, nos dice Benjamin. El hombre dice, las cosas son.

Pero no me refiero aquí al sentido final o lo divino, o el ser, sino a la sensación o emoción humana, específica, irreductiblemente individual. Aquello que sentimos de forma tan potente que la palabras lo que hacen es esconderlo. Tal vez enmascarar ese miedo que nos señala Pizarnik.

¿O crean las palabras una historia y, entonces, las emociones se ordenan dentro de ese relato?. Algo parecido a lo que nos dice Murakami a mitad de la novela Sputnik: vivimos en la duda y decidimos cómo vivir, o cómo contárnoslo, sin abandonar esa duda inicial.

En fin, Te iba a decir una palabra pero no pude, se lamentó Hikmet. Esa palabra de la que, quizá, nos acordemos siempre, como testigo de nuestra imposibilidad.

El mal.

Ignacio Escañuela Romana.
 
¿Cuál es el origen del mal? 
 
Quizá habite en la última casa de San Martín, como cantó Nacho Vegas. O, tal vez, sea mejor quedarse en la ignorancia, como nos susurró Lovecraft, la vida como espanto. Como los campos de exterminio de la época contemporánea pueden atestiguar. Atrás, lejano, nos queda San Agustín, con el mal como simple ausencia del bien.
Lovecraft le dio un impulso metafísico: «la vida es algo espantoso», sólo nos salva la ignorancia. Pero todos estos horrores huyeron al galope ante la guerra mundial y los campos de exterminio. De repente, el hombre se mostró como la más feroz maldad contra sí mismo.
 
Sí, el horror está en los demás, nos dijo Sartre. O, peor, el infierno está en uno mismo, Khayyam lo escribió (y el cielo, teóricamente, nunca he tenido experiencia de esto). Conrad nos lo sitúa en la selva que enseñó a ese hombre idealista, que se adentró en ella, su verdad, el poder como expresión del corazón humano. El horror.
 
Hemos aplicado todo nuestro ingenio para hallar nuevas y más exitosas formas de torturar y exterminar. Leer el Informe Sábato estremece… Sobre todo, porque uno comprende que había una doctrina teórica para justificar los crímenes contra la humanidad. Quizá unas veinte millones de personas fueron asesinadas por la Alemania nazi. También veinte millones en la Unión Soviética. La represión franquista en España. Ruanda. Etc. Etc. Han existido tantos genocidios y matanzas …
El mal en la literatura palidece frente a ese horror continuado. Pero también con mal filosófico: nuestra extraña capacidad de justificar estos crímenes, sin lo que no serían posibles.
¿Entonces?
 
«Acá, en este vagón,
yo, Eva
con mi hijo Abel.
Si ven a mi hijo mayor,
Caín, hijo del hombre,
dile que yo»
(Dan Pagis)