Callejón


Ignacio Escañuela Romana.

Julio 2021

De repente viví una de las experiencias por las que todos los hombres, de forma abrupta, inesperada y repetitiva, han ido cruzando, llorando las mismas lágrimas, echando los mismos recuerdos absurdos de un tiempo que no puede volver, porque es el pasado, y el pasado es eso: lo que no está presente. Dice Heidegger que la vida humana es un vivir ahí, arrojado, mas los hombres lo vivimos como el eterno recuerdo irrecuperable, la información sobre lo que ya no es, la decisión sobre lo que no podemos cambiar.

Sí, revivo esa canción eterna, me digo:
«No, no quiero volver
A pisar el viejo callejón
Hace tanto tiempo
Y ya no siento nada» Nacho Vegas

Porque el tiempo nos aniquiló allí, mientras fumábamos ese lucky. Ahora, sí, que te va bien, y ese callejón ya no es lo que es, sino lo que fue y no podrá volver.

No, nada por volver, pero ese recuerdo tuyo me quema hasta la raíz y percibo, por fin, la realidad, de esta vida: «hace tiempo ya que tú lo olvidaste».

En estos tiempos en que el viejo lucky es propio ya, y no compartido. Cuando sé que prosigo y soy, quizá, casi el mismo, y tú, sin duda, me olvidaste. ¿Quedar allí a media mañana, entonces?. No, en la sima en que me acostumbré a vivir no cabe volver: nunca más podré pisar ya «el viejo callejón». La existencia es esa despedida y el posterior olvido.

Sigo observando cómo el cigarrillo se consume.

Recóndito

Ignacio Escañuela Romana
9 de abril de 2025

Cielos azules inútiles ante la oquedad del sufriente. Una vida debidamente aniquilada en su simplicidad de blancos, colores, negros.

El viaje no llevó muy lejos, inscrito en la fuente primigenia, llamante.

Rebosados, pues, de enjundia en el suspiro del breve lapso que se alarga y desespera.

No ir, quedar o ser.

Existente, inspira horas como nubes huidas. Pensar y ver se fusionan.

Restante se oculta en el hueco que queda como precipicio en el camino.

¡Ocúltate!, exclamó.

Escuchó

Ignacio Escañuela Romana

20 de junio de 2025

Escuchó la canción en la lejanía, única, casi olvidada pero viva. Se dejó llevar, rememorando los recuerdos en el tiempo pretérito de aquellos hechos desnudos ya perdidos, pero residentes en la memoria, extrañamente sólidos en algún lugar de la remembranza. Sintió el tiempo como un peso absurdo, con un cierto malestar, mientras simultáneamente revivía y todo ello le traía un aroma de la vida, una brisa nocturna, la presencia, el tacto lento, la corporeidad, la suavidad. Se estremeció y sintió el sentido único y escurridizo, revelado, ante sí, como un susurro al oído. Se estremeció y repitió placeres, conforme todo seguía.

Conectada, entonces, su vida, al través de los años, encontrando lo único, intransferible, eficaz, en la canción lejana.

Pérdida

Ignacio Escañuela Romana

5 de junio de 2025

Tal vez la noticia le tomó en un mal momento. O quizá era un problema de edad, de historias demasiado repetidas y de huecos que nunca se colman.

O quizá fue una extraña crisis de consciencia, de cómo todo pasa, las personas también, como procesos en el tiempo imperturbable.

A menudo, había pensado acerca de quienes habían vivido en aquellas calles, y de qué queda. De sus vidas tan importantes para ellos mismos, para todos, de los objetos dejados atrás y que persistirían.

Incluso le dolía imaginar la vida de las personas a las que quería después de haber él desaparecido. Cómo vivirían, cómo no podría apoyarlas, de las llamadas constantes que ya no recibirían o que no podrían hacer. En fin de todo eso, en formas terriblemente dolorosas.

Sentir todo ese dolor le embargó y hubiese querido soñar en otras vidas renovadas.

Para expresar escribió, sin que fuese capaz de acercarse siquiera a la expresión que urgentemente necesitaba. Desapareciendo un poco más, en medio de lo que denominamos vivir.

Gotas cayentes

Ignacio Escañuela Romana

28 de septiembre de 2024

Fue en su último día allí cuando inopinadamente paseando recordó. Oleadas de imágenes y vivencias, como puntos de su vida, un conjunto de momentos sólidos, le invadieron y entonces cayó en la nostalgia más desesperada. La decisión se mantendría: todo el tiempo destinado a estar allí se había agotado sin más, pero esa voluntad no le privó de la sensación de perdida. No del lugar, sino del tiempo. Cada realidad existiría ya, hasta el final de sus días, en él: cada una de aquellas piedras, las luces ámbares en pequeños círculos alrededor de las farolas, los juegos de sombras en las calles desiertas, el sonido del viento mezclado con ecos apagados de voces y televisores de las casas.

Alzó la vista hacia el cielo. Raudas nubes bajas se encaminaban hacia el interior del valle, la humedad podía olerse, pronto la lluvia se adueñaría de carreteras y campos. Deseando sentir las gotas cayentes mojarle el rostro comprendió que no, ya no tenía esperanzas. Sin embargo, seguiría viviendo a la espera de nuevos milagros, experiencias reales. ¿Cuáles? No podía saberlo, pero, a través del dolor suave y resignado, se encaminó hacia ellas.

de la noche universal

Ignacio Escañuela Romana

Mayo de 2025

despertó en el intenso sudor de un verano del sur. bañado en el horror escuchó el palpitar de la noche universal, como en latidos atronadores y reales. no sintió nada, como en un anticipo del pasado. pequeños mensajes dolorosos con el yo desvalido, perdido en el tiempo y el espacio, en la nada negra, opaca, absoluta e infinita. aterrado, anheló el retorno de las luces.

Tal vez fue la tarde

Ignacio Escañuela Romana

12 de mayo de 2025

Tal vez fuese la tarde de suaves brisas, restos de vientos ponientes del profundo Atlántico, viniendo a borbotones hasta tocar a los eucaliptos, en luces grises, ocres y blancas. Quizá simplemente se me vino a la mente sin que pudiera desecharlo. De recuerdos lejanos, ya, de formas y otros misterios amplios y coloreados. No perfectos, no, ni brillantes y acabados, sino con más tonalidades en existencias afirmadas, viejos ya desde el origen. No nostalgia, en absoluto, mas recuerdos de otras primaveras diferentes, lugares y luces ya en el no ser, otros sentidos.

Tal vez fuese simplemente porque sí, como un viejo hábito oculto, un residuo recalcitrante, o algo que jamás terminó de irse. Como fuere, sí, hoy renacen las sensaciones brevemente al son de brisas del poniente, justo cuando el último rayo verde debe estar form´ándose en olas murmuradoras, que silban al oído del durmiente y le hacen soñar con lo que creía haber olvidado para siempre.

Era

Ignacio Escañuela Romana

Era la época del no-camino. Cuando todas las rutas desparecieron y quedaba la naturaleza.

Del no-tiempo, cuando todos los relojes fueron abandonados y sólo restaban alba y ocaso como signos.

En las eras de la no-palabra, que no surcaba los aires quebrando la música.

Cuando las olas cruzaban los océanos impertérritas, en aguas no holladas, hasta llegar a los acantilados y las riberas.

En los bosques sin final, donde la serpiente se deslizaba silente bajo llamadas oscuras y primigenias.

Era en el futuro, lugares y formas, tierras, mares y cielos.

Así lo sueña en la noche de vientos de galerna, poseído por la fiebre, en los susurros de las corrientes.

En la discreta tarde

Ignacio Escañuela Romana

26 de abril de 2025

en la discreta tarde
en el quedo viaje hacia la nada
el lugar del no ser
donde habitan recuerdos inexplorados
olvidos triunfantes
un torpe afán por avanzar trabajosamente
y continuar
seguir, pues
soñar en aventuras lejanas
en el tedio mortecino
que precede al intento de respirar en algo más de apertura
en la tarde, así, como otras tantas
absurdas y lejanas
en las que aparece sin titubeos lo que existe
y es torpe y desaliñado
algo callado y multiforme
lento y
abierto
distinto y
paciente
esperando, en efecto
a una tarde ya sin límites
en la que reside eso que llamamos olvido
pero ya no la llamada