Ignacio Escañuela Romana. Miedo y el Río. Novela editada por Ediciones Oblicuas, abril 2019. El autor ha recuperado los derechos de reproducción y distribución, agradece a Ediciones Oblicuas la disponibilidad para esa recuperación.
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Partes IV y V de la novela.
PARTE IV.
15.
A veces una estructura … contiene una fuerza mayor que la que puede soportar. No se debe tener más de lo que se puede poseer, dijo Rafael.
Eso es lo que se aprecia en los grandes hombres. Algo así como que todo cruje bajo demasiado peso, especificó Tonio, bajo la pensativa mirada de Joeyl.
Sí, aunque no sé por qué llegan a tenerlo, se preguntó Rafael.
¿Un error? Supongo que más bien, en el fondo, no se tiene más de lo que se puede, Replicó Tonio.
¡Qué racionalista!, ¡qué claridad!, añadió Joeyl.
Tonio se cuestionó qué habría querido decir Joeyl, pero no se atrevió a preguntárselo. Prefirió argüir.
Por ejemplo …, el ejemplo típico, pero algo hay, quizás su creencia en ello, Nietzsche. Como bien le dijo, como hombre una piltrafa, como pensador una excelencia, exaltación.
“Amo a los hombres que quieren desaparecer”. Sí, y la obra supera al autor. El actor es, a veces, más grande que el autor, concluyó Rafael.
Pero, rió Joeyl, ¿qué es eso de la potencia, la fuerza, o lo que sea?
Callaron todos interrogándose.
Quizá … no es una tontería, se reconoció Rafael en voz alta, moviendo los brazos para señalarlo y alejarlo.
Claro que es posible que uno no sea sino la falla de su propia estructura, más allá de su conciencia, dijo Joeyl.
Lo que quería decir es que el conflicto va más allá de lo que puedes razonarte sobre él … y, además, que, no obstante, tu interior bien conoce las razones de ese conflicto, y la intuición va más allá de la razón … La propia fuerza interior nos supera, aunque quizá no sea nada más que fuego de artificio para complacencia estúpida, dijo Tonio.
O no … ¿quién sabe?, contestó Joeyl.
Lo cierto es que necesitas creer que podrás superar lo que sea y que eso te conducirá a algún sitio. Además creemos que somos nosotros quienes decidimos y no nuestro interior o nuestro exterior o nada …, consideró Tonio.
Transcurrió un cierto tiempo.
¿El esfuerzo quizá sea lo que vale?, preguntó al aire Rafael. Porque, la verdad, el nihilismo me harta.
¡Claro!, pues entonces eres aún peor que ellos: les haces caso, bromeó Joeyl.
¿Quién sabe?, bromeó Rafael, sacando estrambóticamente pecho.
Por fin hemos descubierto la esencia de ti, dijo Tonio. Apúntalo, dirigiéndose a Joeyl.
Pero, ¿y si es el cuerpo el que todo lo va dirigiendo?, retornó al tema Rafael, cuando las risas se apagaron.
El cuerpo es siempre lo más fuerte, sobre todo cuando pasa una tía buena, dijo Tonio.
Pero dura menos de lo que podría durar una mente sin cerebro, sin referirme con ello, por supuesto, que haya efectivamente tal inmortalidad, comentó Joeyl.
Ciertamente, respondió Rafael. Mas, ¿no es el cuerpo el que guarda la memoria del tiempo?: la mente es siempre la misma, si nos situamos en el terreno de su esencia, etc, etc. Sin embargo, cambia más que ella. Sobre todo, es capaz de generación y renovación, lo que ella no puede.
La comunicación es la generación en el otro, y esas tonterías, dijo Tonio cortando el principio del discurso de Joeyl. Y la renovación en la mente es continua, y porque es tan temporal le es difícil guardar memoria de lo temporal por sí sola. Necesita al cuerpo para ser histórica.
Esto se complica, respondió Rafael. Porque, en efecto, sólo la mente como tal tiene recuerdo, historia. Pero, a la vez, ¿quién conoce las razones del cuerpo?
Joeyl quiso parecer más interesado ahora. Hablaba demasiado, era un egocéntrico. En verdad, le costaba seguir una conversación en la que no participase, le aburría, y sólo la posibilidad de decir algo le hacía continuar el seguimiento. Por eso, cuanto más parecía estar interesado seriamente acerca del tema y la conversación efectiva, tanto más sus pensamientos estaban en otro lugar. Quería parecer atento, aunque no hablase, quería no parecer egoísta, aunque, en general, su propia actitud le pareciese estúpida.
¿De qué estábamos hablando en realidad?, sonrió Tonio. No, en serio, la fuerza no es nada, el azar es casi todo. Somos unos peleles que creen tener conciencia y voluntad.
La fuerza es sólo de la naturaleza, no pudo retenerse Joeyl.
La fuerza es sólo del cuerpo, dijo Rafael.
La fuerza es sólo de la ocasión, afirmó Tonio.
Y la voluntad, ¿dónde la hemos dejado?, estudió Joeyl, asintiendo ligeramente como un actor y enarcando la ceja derecha. Somos unos petardos de nihilistas, y todos rieron.
Quizás no haya fuerza, añadió Rafael por decirlo.
Rafael se preguntó acerca de la fuerza que les pertenecía. De todos ellos podía decirse que, tal vez, habían tenido algo; mas también que, si lo habían tenido, lo habían olvidado y asesinado. Aquello del recuerdo, fuese lo que fuese, no era para ellos.
La verdad era que se sentía ansioso por hablar, por compartir, por comunicar, por yo que sé qué. Se quedaría al final sin nada.
16.
¿Cómo podría saberse a lo que cada uno de ellos llegaría?
Hubiese Joeyl querido soñar que era importante lo que existía entre los tres, pero sabía, con demasiada frialdad como para ser falso, que sólo uno importa y que solo se encara lo que se le enfrenta.
Bien sabía, sí, que cada uno de ellos tenía la voluntad de que allí hubiese algo. Mas la realidad y la ficción terminan por destacarse cada una en su posición. Volverían a sus casas y se imaginarían que huyen de aquel mundo de cartón piedra.
Ante él aparecía, nítidamente, que uno no es más que lo que se le permite ser, y, en todo caso, menos. Sin fisuras veía aquella monstruosa verdad de la determinación por el azar más necio. Sus bocas estaban cerradas para decirlo.
El mundo surcado por una gigantesca fisura y su alma que se autodestruía mientras él la observaba y sobrellevaba. ¡Si al menos uno pudiese dejar de temer las cosas que sucederían!.
Es increíble cómo cambia la historia, y no puede preverse. Todo esto que está pasando …, dijo Joeyl.
Y los movimientos de las conciencias colectivas. Es increíble cómo …, intentaba Tonio expresarlos mediante gestos de sus manos. La sugestión es igual que en los individuos. Como en ellos, ¡tiene tanto poder!, y es tan incontrolable.
Sí, se va pegando como una enfermedad contagiosa, le completó Joeyl.
Tonio, mientras, miraba hacia el este, hacia el color que daba al cielo el sol poniente. Hubiese deseado volar hacia él.
Entre la voluntad de algunos y la indolencia de otros, añadió Joeyl.
Aunque finalmente todos esclavos de la misma, unos creyéndolo y otros no, pero todos calvos, le corrigió Rafael, y Joeyl asintió varias veces con su cabeza como si se sintiese azorado por no haberlo dicho él mismo.
Tonio se levantó y anduvo un trecho con los brazos cruzados en su espalda. De esa forma comenzó a pasear de un lado a otro, caminando cómicamente con sus piernas dejadas rígidas.
Veremos, pues, lo que pase en el futuro. Claro, si vivimos para verlo. En todo caso, sólo seremos sufridores y no sujetos activos y con decisión apreciable, como siempre. Y, no obstante, apareceremos como los que lo hemos hecho, en nombre del “pueblo”, le dio énfasis irónicamente a esto Rafael.
La paradoja de quien habla y en nombre de quien se habla. Y quien calla, otorga. Tanto más si dice la lección aprendida de memoria, dijo Joeyl.
En fin, como has dicho, como siempre…: la masa … y nosotros mismos igual, creyéndonos distintos, otra estrategia. Aunque creo que estoy como los tontos haciendo metafísica barata, sonrió, no pícaramente, como acostumbraba, sino con tristeza y como si pudiese comparar con un pasado distinto y mejor, que sabía que nunca había existido.
Joeyl estaba comparando con el territorio imaginario del alma. Se vio corriendo hacia el horizonte tras el cual el sol estaba muriendo en esos instantes.
Ya anochece más pronto, dijo Tonio tras un rato de silencio. De esta forma, la conversación salió del impasse.
El tiempo no cesa, apuntó Joeyl.
Ni la historia, aunque transcurra en muchos momentos inadvertida su evolución, y nos coged sorpresa, y se desencadenen sus efectos sin preverlos, y en proporción acumulativa, y aunque no nos guste y quisiésemos pararla como quisiésemos hacer que ese sol continuase iluminándonos más tiempo, dijo Rafael. En efecto, nos gusta demasiado la seguridad del estatismo.
Hablando aquí en otro sentido, queremos que el conocimiento nos siga conduciendo.
Tememos caer ante la quiebra que se nos ofrece a los ojos, y, así, el temor nos paraliza, sacó Joeyl estas conclusiones.
Y nos corrompemos, y la esperanza es sólo esperanza de que nada cambie, y temblamos cuando no podemos pararlo, ni pararnos tampoco, intervine por primera vez Tonio en el diálogo.
Y, a la vez, deseamos cambiar, que algo nuevo avive nuestro ánimo y nos dé por lo que vivir, dijo Joeyl.
En fin, la noche se acerca y el sueño nos traerá las aventuras suficientes para continuar con la vida, apostilló Tonio.
Al menos en la oscuridad no se ve lo por venir y cuando se acerca lo podemos tocar pero ya está demasiado próximo para rechazarlo, dijo Rafael.
18.
Rafael supuso que aquel mágico momento, con la luz descendente y coloreada, hecha símbolo de aquella historia que se le aparecía en su completitud y le enseñaba la forma de sus secretos mas no su contenido; no lo olvidaría nunca.
Sentía un miedo intenso y ganas de irse corriendo, de huir, huir, huir … Todo lo reflejaba en aquel pensamiento contemplador.
Le hubiese gustado poder compartir aquello que él sentía. ¡Si él pudiese verse reflejado y tener un modelo a seguir!.
Como una planta seca en verano, notaba que aquella, su verdad, se iba marchitando y que el momento se perdería en aquel fluir vaporoso y exangüe. Sólo quedaría el miedo sin concreción devorándolo. Toda síntesis, toda reconciliación, parecía un momento limitado destinado al olvido. ¡Hubiese querido mantener aquella fuerza!, aquella reunión, creencia en sí mismo.
Debía mantener tras ello la intuición de lo bueno y malo para poder elegir sin perderse, ya que cuando el mal tiempo venía, perdía su rumbo, sus puntos de referencia. La historia se le desbocaba porque, en efecto, la historia era él mismo, aunque, al mismo tiempo, fuese mucho más y le superase ampliamente. También él, por otra parte, se sobrepujaba a sí mismo y ¿quién podría escrutar y conocer su interior?
La noche comenzaba a reinar y el corazón de la vida le abría su seno para que lo tocase.
19.
La verdad es que tampoco hace falta demasiado. Si uno tuviese garantizada o la ganancia o la consciencia, ¿qué le importaría el resto? Aun la fatalidad es bella y el recuerdo es siempre nostálgico. Si uno pudiese retener el recuerdo en y del fluir, ¿qué más importaría? Incluso puede parecer bonito el incendio, si uno no se quema. Sólo cuando te afecta y, aún peor, notas que te afecta, entonces intentas soplar para apagar el fuego, pero todo el bosque está ardiendo y no tienes fuerzas suficientes para ello, y tú lo sabes. Aún más, esperamos sentados a que el incendio se declare y crezca, sólo para después horrorizarnos y para tener algo contra lo que luchar. Sólo el idealista cree que él no deseaba el incendio, y no empezó, sino que también tú lo empezaste pero procuras olvidarlo para que te queme también, pero no el remordimiento. Te sientes indignado y gruñes, y tienes la razón final, buscada para enaltecer tu orgullo y sentirte a contracorriente, así nadie pide nada de ti y tú sólo tienes que quejarte y gruñir sin darte cuenta de por lo que has hecho y por lo que no has hecho, porque lo no hecho es también acción de lo no hecho, de lo dejado no hecho, acción de dejar no haciendo. Te ha matado finalmente como hombre, aunque quizá sea mejor, discurrió Tonio.
Entonces todos los gatos serán pardos, le argumentó Rafael.
Mientras, Tonio callaba, sintiéndose abrumado.
Sin embargo, unos más y otros menos, le contestó Tonio, y queda la posibilidad del gato blanco y del negro, los haya ahora o no.
¿No serás más bien tú quien tiene el ideal inalcanzable, la coartada?, preguntó Rafael.
Es posible, respondió Tonio.
Y así hasta el infinito, añadió Joeyl, … La verdad es que no me acuerdo de la mayor parte de tus afirmaciones.
Yo tampoco podría hacerlo, dijo Tonio aceptando tal hecho. Pasa el torrente y no deja apenas agua.
Pero está bien la sospecha como tal, postuló Rafael. Aunque sola sólo lleve al nihilismo más grosero.
Tonio lo despreció por argumentar recurriendo a las consecuencias. Recordaba tan sólo el espíritu general de sus palabras, y éste no coincidía con el nihilismo. En todo caso, como no las recordaba, no podía discutirlas. Por ello afirmó:
Sea como fuere, somos responsables de lo que pase, pues todo repercute en quien actúa. Si uno lo sabía y no tomó partido, es abúlico. Si no lo sabía, entonces es tonto. Lo esencial es que todo le influye, sin que pueda escapar. Después no vale decir que no lo sabía, o que no supo cómo hacerlo. Tenía que haber actuado, y, si no lo hizo… El sistema quiere permanecer y desconfía de ti porque se sabe vulnerable. Si tú no lo cambias…
Pero es cierto que, a veces, las circunstancias te superan irremediablemente, matizó Joeyl.
No debería ser así, y basta, respondió Tonio.
¡Vamos!, eso es utópico y formalista, le atacó Rafael.
En ese momento, se atropellaron sus discursos, todos pugnando por decir lo suyo. No se escuchaban entre sí.
Te equivocas, se hizo entender Tonio con su voz alta y alterada. Yo no estoy hablando de formalismos y leyes, ni de leyes morales ideales, las finalidades vacías que no se cumplen; sino de lo que uno debe considerar acerca de las cosas, de que uno no puede engañarse acerca de su autoría y deficiencia, si corresponde. ¿Me entiendes?
Pero para ser responsable, debes tener los medios para llevarlo a cabo. Si no, ¿qué responsabilidad es ésa?, dijo Joeyl.
Pues debe considerarlo como si la hubiera tenido, contestó Tonio.
¿Ves como estás hablando de esas vaciedades morales?, afirmó preguntando un Rafael exaltado.
Quizás sí, dijo Tonio. Pero yo lo considero como capacidad de exigencia para con uno mismo, y lo que Nietzsche llama nobleza, ese carácter superior, capaz de ser autor y de soportar sus consecuencias riéndose, y no quejándose para no verse y no reconocer. Lo que pasa, si haces esto último, es que muchas cosas que podías hacer no las habrás hecho por creerte incapaz, amén de esa miseria mental, el reverso de esa nobleza.
Quizás sea yo más racionalista que tú y ponga en primer lugar el cálculo racional, mientras que tú más bien esa autoexigencia, ese carácter más fuerte, más poderoso, que se pide más a sí mismo, aun irracionalmente, dijo Rafael, queriendo conciliarlos.
Sí, parece que es así, dijo Tonio.
Es difícil quedarse con una de las dos, señaló Joeyl. Yo elegiría según el momento y según algo así como el nivel, el problema. En fin…
20.
Tonio se fijó en que la oscuridad ya reinaba en la habitación. Los objetos se habían ido difuminando, perdiendo su forma. La penumbra apenas permitía distinguir las formas.
Al igual que aquellos contornos difusos, con el mismo ritmo, sus pensamientos iban perdiendo potencia y distinción e iban cayendo en una suave duermevela. Era también la noche del alma.
Notaba que la discusión le había ido dejando agotado y sin ganas. Mantener algo en lo que, uno mismo, tampoco tenía confianza ni creencia.
Lentamente, sus convicciones artificiosas iban cayendo tras un telón que decía: “rebajas por vacaciones”, ¿o “por defunción”?, ¿o “por traslado”?, ¿o…? ¡Siempre esa indefinición, y cada vez menor convicción en lo que decía y hacía. ¿Por qué tenía un discurso y un pensamiento tan abigarrados?, ¿por qué tenía que ir destacando tantos aspectos inútiles?
Sí, pronto la poca luz que quedaba se habría disipado, y entonces apenas podría distinguir a sus contertulios. Decía “apenas” porque no sabía cuanta luna habría esa noche y, así, conseguía decir lo que deseaba para continuar. Así sería mejor, allí podría el alma conversar mejor consigo misma y ellos serían sólo los personajes de un cuento, o mejor, los actores que los interpretan; y él: el director del relato, de su representación. También el autor de éste.
Pronto, muy pronto, conseguiría ser el dueño. Pero bien sabía que sólo se puede ser el dueño de poco o de nada, si no es de su propia estúpida creencia en la propia decisión y realización.
Sí, iba la noche extendiéndose sobre aquel pequeño mundo y, allá, cerca mas ahora lejos, sobre el puente y, bajo él, el río; y sobre su alma y su decir. Todo continuaba igual. Al menos, ya no tendría que mirar a sus caras y a sus ojos al hablar. El vacío era lo mejor. Así podría descansar en su propio lecho de destrucción y salvajismo primigenio.
21.
Es cierto que siempre creemos ser responsables de lo que salió bien, y lo que salió mal se lo achacamos a los demás, o a cierto secreto indominable que existe en nuestro interior y ante el que no podemos hacer nada, dijo Joeyl.
Entonces, qué inútil nuestras consideraciones racionales, todas, y también la creencia de que somos los autores.
Sí, pero las razones las conoce el corazón, contestó Rafael. Ésa es la racionalidad profunda a la que no podemos oponernos.
Pero ésa, ¿qué nos importa?, le respondió Joeyl escrutándole. Es ella la que ponemos como fuerza incontrolable e incognoscible.
Lo que queda del ruido de fondo, apuntó Tonio, y la propia locura que se nos impone con dolor.
¿Quién sabe si, en verdad, hay alguna razón?, preguntó Rafael. Tal vez es lo que nos tranquiliza y lo que nos hace creer en el progreso.
Su rostro, invisible, reflejaba una duda irónica, un desprecio.
¿Por qué todo este nihilismo y escepticismo?, repreguntó Tonio, tratando de referirse a la totalidad de sus papeles en el diálogo.
Creo que refleja nuestra propia estupidez, que no es más que lo social en pequeño. Podemos, y probablemente debemos, no creer en esa inutilidad racional. Podríamos desarrollar todo ese sueño.
Pero es muy aburrido. Me gusta más la guerra y el dominio, dijo Rafael.
Joeyl sintió nauseas provocadas por el pánico. No era capaz de afrontar la realidad. Tonio sintió desaliento, aunque no quería sentirlo.
Lentamente fueron pasando aquellos instantes de horror en los que se abría la esencia del mundo. La flor amaba el gusano que la devoraba, era la vida que le iba destruyendo y aniquilaba sus recuerdos. Todo retornaría una y otra vez.
Y la mentira pervivirá, y quien la busca a ella podrá acercarse algo más a su verdad. Y no a la inversa, afirmó Tonio con eco bíblico.
Y el dolor del universo encontrará en su alma y cuerpo un espejo, y la variedad infinita se reflejará en toda su extensión, dijo cansinamente Rafael.
Y me caí a una charca y me ligué a una rana y aprendí a croar, añadió Joeyl.
PARTE V.
22.
Joeyl se incorporó.
¿Qué os parece si vamos a la sierra?, sugirió Rafael.
En su interior, Joeyl le llamó: “Ana”, como a un vestigio del pasado.
Descarado, le respondió Tonio.
Joeyl asintió.
Siguieron discursando acerca de la organización del viaje. Joeyl se veía obligado a participar con asentimientos, o leves preguntas y matizaciones sin importancia. ¿Por qué le hacían compartir decisiones que sabían no se estaba planteando y en las que lo que dijese…?
Miró a través de la ventana, a través de la ligera gasa de cortina. Sí, ¿por qué?, pero ¿por qué todo aquello?
Los cristales abiertos dejaban pasar los gritos de los niños jugando, junto con el aire fresco y suave. La anochecida y el río, más frío que el contorno, hacían surgir aquella brisa. Más lejos, el mar producía el mismo efecto. Pronto, las temperaturas se igualarían y volvería la calma y el calor. ¿O se helaría el río a través de los puentes?
En aquella sierra a la que irían, habría un pantano, y en estos momentos, pequeñas olas estarían alzadas y los árboles moverían sólo sus más altas copas. ¿Cómo podría él remover sus más recónditas raíces y cambiarlas?
“Tres palabras tiene el verbo, tres caras tiene lo que veo, tres mentiras podrás proferir, y tiene tres espejos que dan tres reflejos de los demás y, así, de sí mismos. Pero una sola mentira, y una sola lengua, y una sola luz”, se dijo.
Sonrió al mirarles, enfrascados en pequeños detalles y alegrías. Sí, planear podía ser divertido. Era como volver a ser un niño con un juguete en sus manos, aunque se sepa que se le romperá.
23.
¿Qué hacer cuando todo pierde sentido? ¿Cuál es la verdadera cara de lo real?, se planteó Tonio.
Sí, por tren, paso de coche.
…
Yo, desde luego, no tengo problema alguno con las fechas.
Había salido de la casa de ella y se sentía vacío, sin salida. ¿Qué era lo que aniquilaba su corazón, lo que le hacía no poder respirar? Se sentía abandonado, suelto y asombrado.
Joeyl miraba por la ventana. ¿Por qué aquella seguridad? ¿Qué habría detrás?
Continuaba hablando con Rafael. ¿Por qué aquella sibilina forma de serpentear?, ¿qué podría yacer tras de su armonía?
Sí, entonces el martes, yo voy a la estación y …
Iban pasando los minutos sin que en aquella habitación lo anunciase reloj alguno. Iban cayendo los latidos profundos de su muerte, de lo que él jamás podría abarcar, y con cada nueva sensación se dilataba el horror inaprensible que le tenía. Durmió en una cueva mientras el bosque exhalaba su fumosidad.
Estaba solo y no era el momento de alejarse cantando las glorias de tal suceso. Debía reconocer que era su culpa no tener lo que deseaba. ¡Ah!, si la vida pudiese retornar desde su pasado. Pero no podía creer en nada.
24.
Rafael hubiese querido asir aquella brisa volátil de una noche de verano y, con ella, expandir los pulmones hasta hacerse un gigante. ¡Hubiese querido amar tanto!. Era como si su amor se fuese evaporando a través de la noche sin fin. La oscuridad le embriagaba.
Era él el que más voluntad arrojaba en aquel proyecto. Estaba habituado.
Quien no sueña no puede vivir, le gustaba decirse. Quería apresar todo el encanto maravilloso, que su cuerpo fuese la noche.
Que la bruma se extendiese a lo largo de la corriente tranquila del anciano Guadalquivir. Que los peces saliesen, en la aurora, a la superficie y revoloteasen perdidamente en ella.
¿Se escondía de sí mismo? ¿Se engañaba para no descubrir sus secretos? Temía engañarse, pero temía mucho más que lo escondido fuese demasiado poderoso como para poder resistirlo.
Tendremos que llevarnos una tienda de campaña. Tengo una pero está muy vieja y como llueve …, aunque no lo creo, …
“Desde una costa a otra, en su opuesto, se extiende la noche. Cubre la tierra desde la marisma hasta los Pirineos, y aquí también la tengo. Cubre todas las consciencias y da el tiempo de la rebelión de los sueños”, se dijo.
25.
El otro día me encontré por la calle a José, aquel que estaba en nuestra clase, dijo Rafael.
¿Sí?, y ¿cómo le va?, preguntó Joeyl.
Está allí, trabajando en la Facultad, respondió Rafael.
La verdad es que se veía venir desde el principio, comentó Joeyl.
Era un verano de hacía años. Él se vio caer y esperó, pero nada vino. Aquel pasado seguía volviéndole loco, pensó Tonio. “Oye, entre tú y ella hay algo especial”, le había dicho aquél.
Todavía me da asco aquel tiempo de la Facultad, dijo Tonio. Y no menos lo de ahora.
En realidad era igual que ahora, ¿no?, trató de matizar Joeyl. Los demás, todo el resto,… y todo eso.
Supongo, le brillaron los ojos a Tonio.
Pero al final, parece que sólo queda lo positivo y te olvidas de lo malo, dijo Rafael.
Empero sólo cuando has podido recogerlo y sacar algo, medió Joeyl.
Ese amor que me destruya, que me queme, pensó Rafael. Si pudiese volver a pensar, como hace años, que hasta el mínimo necesario satisfecho para vivir feliz. Si pudiese seguir considerando que todas las cosas existen para mí.
Es curioso, sonriendo Joeyl y mirando hacia el vacío, pero subiendo poco a poco la mirada, que uno pueda despreciar años de su vida. ¿Por qué no cambio, entonces? Después, ¿por qué no aceptar? Aunque yo también…. Me repugna todo aquello. Quizás porque me repugno a mí mismo.
Eso es muy bueno, ¿no?, riendo Rafael.
Todo es bueno, dijo Joeyl.
Pero existe la incertidumbre, apuntó Tonio.
Cada día era como un día entero. La eterna luz que le deslumbraba…, dejó ir su mente Joeyl.
Desorientado, con los ojos abiertos, desde el techo del mundo veía el circular constante de las nueve esferas.
Lo que es cierto es que la amistad que uno tenía en aquella edad, ya no puede tenerse, afirmó Tonio.
Tú me hiciste seguir. Sin ti no estaría ya aquí, oyó Joeyl desde el pasado.
No sé por qué es eso así. Parece una tontería, reflexión en voz alta Rafael.
¿Serías capaz de abrirte como entonces?, el preguntó Joeyl.
La razón nos va corrompiendo, dijo Rafael.
Ya sólo queda la búsqueda del dominio, y sólo importa eso. No puedes cambiar, y sabes que te vas haciendo más rígido, añadió Tonio.
Otra vez hay que aceptar, apostilló Joeyl.
Él asintió y en su interior se mostraba ante sí mismo, recordó Tonio. Él no supo superar su miedo a que, al fin y al cabo, no fuese tanto como creía que era. La propia caída le seguía pesando a veces, especialmente ciertas noches de verano.
Al menos sé que no me arrepiento de nada y que nada le debo a nadie de allí. Todo lo que conseguí, lo obtuve por mí mismo, añadió tonio.
Cuando miro aquel tiempo, me doy cuenta de cuánto cambié. Me hubiese gustado reaccionar y lo intenté, pero todo era un debatirse en el aire, contra nada. Cuanto más se movía, más se hundía. Y los errores se acumularon, habló de sí mismo Joeyl.
Y todo sigue igual, musitó sin que llegaran a oirle.
La verdad es que aquello era lo más absurdo que pueda llevarse uno a la cara, dijo Tonio. Perder la vida increíblemente, de forma estúpida.
Amaba la simplicidad, hubiese querido hablarse a sí mismo de aquella forma. ¿Qué era ilusión y qué no? A veces tenía miedo de no poder controlar y sumergirse en el fango. La vida era dominio. Tenía miedo de ser fango, ¡tan sencillo!, se dijo Joeyl.
Todo ya como un sueño lejano. Tener y no tener, pensó Rafael.
¡Si algún día pudiese exorcizarse!… Yo veía el futuro y no trataba sino de apresar tanto dolor entre sus manos, como parecía prometerle éste. El sabor amargo des adiós, se imaginó Tonio.
Ese pasado está conectado con el futuro y no podemos cambiarlo, manifestó Tonio.
Joeyl vio reflejado allí sus anteriores pensamientos. Hubiese querido abandonarse, no tener que defender nada. Pero él estaba en el juego, en el gran Teatro del Mundo.
Uno sigue porque espera algo. Así es atrapado, expresó Joeyl.
Pensó que era tan sencillo como decir que uno es mejor que muera, pero que no puede espicharla porque desea crear y poseer.
Su vida iba siendo como un destino. Le gustaba pensarlo, pero ya no estaba seguro.
Yo no sigo por eso. Si no consigo unificar un cierto sublime con cada paso, no puedo vivir, concluyó Rafael.
Pensó Rafael que quizás todo era como un fruto seco: una cáscara fuerte y un interior blando para comérselo.
Aunque te quemen los sueños en el aire, oyó.
Me veo aquellas mañanas yendo a clase y tratando de no saludar a nadie. No lo cambiaría, dijo Tonio.
Marcado, afirmó Joeyl, como para sus adentros. Esto embarazó a Tonio.
¿Por qué será que nos gusta sentirnos superiores, que las cosas no nos atrapan?, reflexionó en voz alta Rafael. Diferentes, recalcó.
¿Por qué?, preguntó Tonio.
Porque sí, respondió Joeyl, irónicamente. Ironía contra sí mismo.
Todos nos creemos mejores y cuanto más, más ridículos, dijo Rafael.
Entonces podríamos ganar un premio. Derrotistas en acción, fatalistas, respondió Joeyl.
Sí, es más fácil ser mejor negando. La afirmación es más difícil, frunciendo el seño, Tonio. Más trabajosa.
Es como cuando pasas una fila de personas esperando el autobús. Es más fácil, cómodo, mirar a lo lejos que seguir mirando adonde lo hacías. Apuntó Rafael.
Pero sería tonto mirarles a los ojos como buscando dominio, buscó los tres pies al gato Joeyl, quizá saliéndose del tema.
Supongo, respondió Rafael.
En ese momento, todos sonrieron. Joeyl lo hizo alargando la boca, dejando además subir la comisura izquierda de ella, Tonio alargando la cara, dejando caer la mandíbula inferior. Rafael, en cambio, apretó los labios tensando sus músculos…
Bueno, sí, y si te cuelas en una cola, entonces, que sí tienes algo que esconder, ¿qué haces?, consideró Joeyl.
Es lo mismo sólo que además tienes mucha cara… o mucha urgencia, dijo Tonio.
Un día las luces danzarán sobre las aguas oscuras y yo ya no estaré allí para verlas, pensó Rafael.
Quizás todo el problema sea la sensación de ridículo… y de inutilidad, continuó Tonio.
Yo, desde luego, no puedo sostenerme ante los demás si no tengo un completo sentimiento… de bien hecho, pureza. ¡No, no, no, no!, riéndose Rafael se contradecía, a lo que sea, buena conciencia, o…
Cuando lo tengas podemos ponerte un sello en la frente, bromeó Tonio.
Ciertamente necesitamos siempre ese convencimiento para sentirnos, luego ser, superiores, dijo Joeyl. Sabes perfectamente siempre si lo sientes, te sientes, a contralla, mal.
¿Por qué esta manía de hacerlo todo tan transcendente que tenemos?, preguntó Tonio.
Somos definitivamente lo más tonto que…, dijo Rafael con el descaro del sur.
Amanecería, y aquellas flores blancas del camino a su trabajo brillarían, por el sol golpeando entre las gotitas de rocío. Y no importaba que no pudiese nombrarlas. Eran sólo aquellas flores blancas, se dijo Joeyl.
La verdad es que hay poca distinción posible entre lo meloso y complaciente y lo real y duro y profundo. En el útltimo adjetivo a Tonio la voz se le quebró algo dejando veer un cierto escepticismo para consigo mismo.
¿Cómo poder salir de lo que encierra, casi declaró aquí Tonio. No parece que en las palabras esté la diferencia, pero entonces, ¿en el interior de nuestros corazones?, parecía estar citando en este punto y esta vez la voz le fallaba intencionadamente.
Todos callaron sumidos en sí mismos.
Otras veces, meditó Tonio, pensaba que de aquella manera fue mejor, que así seguía existiendo aquel ideal irrompible. Pero poco consuelo cuando sentía que podía haber poseído el ideal sin perderlo y tanto menos cuanto lo deseaba enfebrecido.
Las imágenes de ella le quemaban. En realidad, no recordaba palabras, pensó Tonio.
Lo importante es el sentimiento que informa, expuso Rafael. Lo que así sabes que es real.
¡Real!, exclamó sarcásticamente Joeyl. No hay real. No hay espejos, dijo con el énfasis del enfado.
Ya estamos otra vez con la negación barata, le replicó Rafael.
Pero, ¿qué se puede afirmar? Negar primero, afirmar después, con base, adujo Joeyl.
Sabía que ella le despreciaba y, lo cierto es que no podía reprochárselo, también él se asqueaba.
Probablemente, o seguro, era sólo la excusa, quizá el sueño necesario para una vida sin nada, así se quedó abstraído Tonio, pensando acerca de esa probabilidad, certeza o seguridad.
¡Base!, ¡base!. ¿Qué base? No hay base. No hay prueba, dijo Rafael.
Entonces nos podemos quedar con el estúpido sentimiento, dijo Joeyl.
Quizá no haya sentimiento fuera de la razón, y a la inversa, introdujo Tonio una duda en el centro mismo de lo que ellos estaban suponiendo.
Rafael se desesperó. ¿Por qué tendría esa sensación de mundo perdido por mi culpa?, se preguntó.
Apretando el puño derecho con fuerza, continuó diciéndose entre sí, he de confesar que nunca jamás las luces se reflejaron para mí. Creo que elegiría el pasado al presente.
Hay un momento en el que te percatas de que has alcanzado algo y por lo único que pugnas es para que su recuerdo no se te vaya.
Sabes que la sensación no podrás sostenerla por largo tiempo, esto al menos igualmente que un momento la tuviste, dijo Joeyl buscando una salida.
Había pasado ya la hora del desengaño, él lo sabía. Ahora tenía que aceptar. El ciego recuperaría la vista y tal vez se arrepintiese, pensó Joeyl.
Sí, hay momentos… Aunque puede ser que ésa sea la gran mentira, le dijo Tonio. ¿Por qué esperar nada? El dolor es especialmente lo más gozoso.
“Sí, es lo más gozoso, repitió Tonio afirmándolo entre sí, y sonrió alborozadamente en sus adentros. Y algo se rompió en aquel interior suyo como si una dinámica se parase y él fuese el que volvía a ver, y calló en su dolor y placer, en su suerte y vida.
34.
Se sintió eufórico Rafael. Reflexionó acerca de la conexión causa y efecto y acerca de la permanencia de las cosas mediante sus consecuencias. Posiblemente nada quedaría sin respuestas y el destino se iría haciendo. Sentía la rabia en sus venas, y un no sé qué. ¿Quién tendría razón en aquel infinito? Y, ¿por qué aquellas derivaciones en su pensamiento? No sabía concretar, Y luego su escepticismo…
No quería ser un estúpido tambor hueco, y ¿qué más?..
Cada vez que me cojo el periódico, nada más que veo violencia, sangre por aquí, torturas por allá, etc., dijo Rafael. Es que me pone depresivo.
Los otros dos esperaron a que continuase.
Es que, prosiguió, es increíble como pueden llegar los hombres a ser tan crueles. El otro día,,,, relatando unas torturas. Entrecerró los ojos, pasándose la mano derecha por la faz.
Uno puede reírse o llorar, como los dos filósofos esos, o ambas osas, dijo Joeyl temiendo, sin embargo, parecer con ello indiferente al olor de otros hombres y, ¿no lo sería? Es todo tan absurdo y, no obstante, tan vivo.
¿Por qué sólo nos comprometemos con aquel que conocemos? Escrito en un periódico ya induce a algunos, si viésemos fotos a más, si un video imagínate, y si fuesen amigos nuestros o simplemente de nuestras mismas ideas o de nuestra nación…
¿Sólo entramos en su dolor si lo consideramos como nuestro posible, si nos ponemos en su carne, y eso sólo si son personas como yo mismo, y eso sólo si algo de mí, que soy persona, es algo de ellos?, dio como hipótesis tonio. El concepto de persona es muy difícil de aplicar, encogiéndose de hombros.
Era difícil para él aceptar como cierto lo de los demás si él no lo había pensado previamente, discurrió entre sí Joeyl. Quería respetarle, pero le era complicado.
¡Cuánto tiempo perdido!, se dijo Rafael.
¿Hay guerras con sentido?, preguntó Rafael. ¿Hay alguna violencia legítima?
Defenderse, defender a otros, respondió Tonio. Pero caben ahí ya tantas interpretaciones…
Y también depende del medio de violencia, dijo Joeyl. Algo así como con un medio inferior posible, no recurrir al superior…
¿Y la violencia contra uno mismo?, se preguntó para sí mismo Joeyl. Cambiarse a uno mismo, recordó a Platón. Sintió además el eterno impulso que le venía tras lo pensado antes de reflexionar más allá, con más profundidad, de los demás, inalcanzable…
Recordó Rafael y palpó su profunda inutilidad para la violencia, para la vida. ¿Por qué le habían hecho así? Le desagarraba cada parte de aquella inepcia. No quería verse así, como un palo inútil, no quería ser así, ¡no quería!.
De todas formas, añadió Joeyl, la paz como tal es una mierda. Hace falta una cierta guerra. Sin ello, no somos nada y no podemos cambiarnos. No creo que la violencia sea sólo cultural, sí, lo es en mucho, pero tenemos innatamente una cierta violencia, una búsqueda de poder, dominio, etc.
Y el choque con nosotros mismos y con la realidad es violencia pura, dijo Tonio.
Por supuesto. No obstante debemos construir con violencia para la paz, continuó Joeyl.
La gente, ese luego, no deja de hablar de guerra con palabras de paz, amplió Rafael.
Bueno…, le contestó Tonio.
Supongo que habría que considerar la región medios- fines para dar respuesta a esta cuestión, dijo Joeyl. Pero el problema es más amplio que eso. También es la violencia como fin y si es así, con qué límites.
La sociedad, en general, fija tales límites. Está claro eso es el capitalismo, replicó Tonio.
Todo avance parece que necesita la competencia y todo eso, si aceptamos que la violencia es innata, aclaró su supuesto, al final, Rafael.
Pensó Rafael nuevamente que él no era capaz de ella, que era un inútil para la vida. También se dijo que en su interior había una gran cantidad de destrucción por sus contradicciones, por su incapacidad, que ella reinaba y, a veces, salía explosivamente a la superficie cuando su autocontrol mellaba. Quizá era que sólo sabía ser sumiso y no hay mayor ridiculez en la violencia que en el débil, que se ensaña con el que aún lo es más que él, o con el fuerte caído. Movió ligeramente la cabeza como negando o negándose algo.
35.
Yo tenía una verdad…., le resonaba a Joeyl, en su mente, pareciéndole una cuta de alguna película, yo tenía una verdad…
Por la verdad merece la pena luchas y hasta morir, dijo.
Sólo los fanáticos tienen verdades, le espetó Tonio.
Pasando el argumento ad hominem, claro que no tiene importancia lo que dices, le respondió Joeyl. Sólo los muy tontos creen que no hay verdad. Hay verdades.
Mucho más profundas de lo que tú piensas, lo que le parecía que volvía a ser una cita. Existe la verdad y existe la no verdad, otra cita. Que le parecía más exacta.
Volviendo, dime una, una sola verdad, le retó Tonio.
Esto es esto, otro fragmento de película que le venía a la mente.
Que tú y yo existimos y hablamos, lo que volvía a parecerle que venía de alguna parte, que lo tomaba a préstamo. Que podemos discutir porque podemos juzgar en común, según criterio compartido y reconstruible intersubjetivamente. Y llegar con ello a una conclusión. Que somos confusos autores, que yo tengo verdad en lo que digo.
¡Bravo!, hizo un amago de aplaudir Tonio. Y, ¿podrías luchar, lucharías, por esas verdades?
Una verdad y apoyaré todo en ella, ¿una palanca?, pensó Joeyl.
¿Quién sabe?, si me diese el punto, le respondió Joeyl.
Se sentía a gusto Joeyl, ¡un adalid de la causa!, mas todo se agria.
Además, completó Joeyl, también la verdad puede ser relativa. También la nación, por ejemplo, es una verdad, un compromiso relativo a mi aceptación primera.
Oyó a Sócrates en la cabeza.
¿Perderías la vida por esa verdad relativa o, incluso, por una verdad absoluta que fuese para ti una vida digna?, le preguntó Tonio.
Pero la cuestión no es ésa, espaladinó Joeyl. Sino, ¿cuál sería el mejor medio para luchar por esa verdad?, ¿mi muerte o mi sometimiento aparente? Por lo tanto, el problema básico es el de si yo viviría para una verdad y, entonces, sería capaz de no vivir, para esa verdad. Pero yo soy un asqueroso cobarde y me importa demasiado mi obra personal, por ella sí podría perder mi vida y, de hecho, la pierdo, aunque no sé lo que pierdo, dudó Joeyl… Es decir,…, recapituló para retomar lo que a lo largo de su argumentación había surgido como tesis pero que había quedado semiolvidado con el paréntesis que había acabado de cerrar. Para mí, en realidad, la verdad absoluta es mi obra, solo. Sin embargo, de vez en cuando, nuevamente dudó, ….
Joeyl sintió ira por haber hablado de aquella obra suya. Tuvo la fuerte sensación de ser fatuo.
¿Por qué será que siempre tendemos a pensar en las causas como causas colectivas?, y las individuales no lo son, son sólo egoísmos invidentes, reflexionó en voz alta Rafael.
Joeyl trató de olvidarse de aquella conversación desacreditándola como estúpida, tratando de desimplicarse.
¿Qué se había dicho en un principio? Sí, él tenía una verdad, una verdad, una verdad, ….
Supongo que uno siempre es capaz de sacrificarse por uno mismo, una buena causa, dijo mordazmente Tonio.
Para ti vieja causa, causa buena, ardiente, incomparable, idea fiel, austera, inmortal a través de edades, volvió a citar Joeyl. Esta vez supo que era Walt Whitman. ¿Aquella otra vez había sido Shakespeare? Creyó que efectivamente así había sido.
Joeyl sintió deseos de vomitar por los hedores de su propia alma, ¡aquella mierda!. ¿Por qué le gustaba tanto jugar? ¿Qué locura le tenía sujeto? Demasiado le gustaba destruir las cosas, observar, ser espectador. No podía comprometerse, no podía soportar la responsabilidad y por eso negaba las cosas desde el principio. No había verdades para él, sólo hechos consumados, a aceptar, y él los había decidido, pero lo había realizado en lo profundo, sin la consciencia. Quizá fuese normal y en todas las gentes pasase. Quizás no. De todas formas, “mal de muchos, consuelo de tontos”. ¡Y seguía con aquella tontería de las citas!, y no podía parar el carrusel, no podía detenerse. Algo había allí dentro que no funcionaba.