El último

Ignacio Escañuela Romana[1]

Junio 2022

© 2022. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Publicado originalmente en Blog “Los papeles del caracol”: https://papelescaracol.blogspot.com/

El último filósofo se levantará esa mañana titubeante, hará arder su café para sentirlo, observará las primeras luces del amanecer y entonces…

Sí, sólo quedarán breves comentarios inteligentes, ergotizando, sobre detalles triviales del todo conocidos. Sin dudas, sin problemas ni angustias, ese hombre se sienta todas sus mañanas a calcular lo pensado, analizar lo reducido, sintetizar conceptos sincategoremáticos. Poco a poco, lentamente, incluso los detalles del alba han tomado la tonalidad grisácea de una ligera, insustancial, boira.

Sin embargo, por debajo de la superficie calma, una fuerte corriente le domina, una sensación persistente de la que apenas es totalmente consciente. Añora aquella época en la que el hombre, él, era mortal y la duda le devoraba el corazón. La sensación del vértigo del error. Recuerda aún cuando, siendo joven, sentía la llamada heraclítea, investígate a ti mismo.

Observa, mientras siente el sabor, amargo y terroso, deslizarse por su boca, su biblioteca desfasada, pendiente de una transmisión obsoleta hacia un cerebro que pensaba a través de una sucesión compleja y podía, debía, equivocarse. Cuando uno se veía obligado a seguir cadenas conceptuales y encontraba un cierto goce en hacerlo hasta el final.

Sí, recuerda, la filosofía habría buscado la esencia de los seres, la permanencia o el cambio, la ley, la función que explique y prediga, los entes conceptuales que den razón de todo lo expresable. Desde un sujeto innovador, habría tratado de profundizar hasta la verdad del propio escenario de la percepción. En fin, habría planteado la historia humana y su valor, junto con la certeza del poder transformador que adquirimos haciéndolo. Un deber universal, para todos y todo lugar.

Pero, se dice, como había ido repitiendo en estos años de paso, se habría alcanzado la anhelada teoría del todo, la ecuación única que daría razón de todo lo pasado y futuro, incluyéndolo en las regularidades que explican. Ya no quedarían incógnitas, disueltas por una teoría abarcadora de lo más general y lo más específico, alcanzando a completar la comprensión de toda conducta y pensamiento humano, de todas sus motivaciones y estructuras, piensa. No quedaría nada recóndito, ninguna incertidumbre fundamental, tan sólo detalles y glosar las múltiples ramificaciones de las deducciones de esta teoría.

En definitiva, afirma en voz alta, para sí mismo, vivimos bajo un tremendo resplandor. Al preverlo todo, lo aplicamos para alcanzar la ansiada inmortalidad. No precisamos hogueras para el resto de libros ya escritos en una historia de intentos fracasados total o parcialmente. Los leen historiadores, pero no aportan nada pues el futuro está escrito y el pasado es una predicción más. Todo lo sucedido no es más que la necesidad de esa única ecuación. Recuerdos, entonces, curiosos de familia, que vemos en los ratos ociosos, que repasamos para construir una historia que, en verdad, es conocida eternamente.

Quedan, pues, las mañanas anhelantes tras las certezas huyentes. El deseo enfrentado a la realidad. Esa propia angustia que la verdad reduce. Un odio ferviente hacia la visión sub specie aeternitatis.

Observa el libro sobre la mesa, entre los lomos una única página con la ecuación que todo lo contempla. Deja sobre él el café y busca el olvido.


[1] ignacioesro@gmail.com, https://orcid.org/0000-0002-5376-0543

Una historia

Ignacio Escañuela Romana

Herederos de Descartes y Galileo, Newton y Darwin, Spinoza y da Vinci, Marie Curie y Copérnico, … esperamos la gran innovación tecnológica que nos conduzca a la tierra de promisión, al paraíso en la Tierra. Como si pudiésemos encontrar por fin las respuestas todas a nuestras necesidades, la forma no sólo de saciar los deseos, sino de regularlos, la conclusión que acalle las preguntas interiores.

Sobre la cenizas de múltiples batallas y guerra inconmensurable, con tanto sufrimiento, soñamos con alcanza la paz eterna y completa, que estaría al alcance de la mano tras la próxima victoria.

Ahora lo es la inteligencia artificial, que debería de ayudarnos o conducirnos a las respuestas a la necesidad y la escasez, los problemas no resueltos, la crisis ecológica y social, la pobreza. Alguien a quien preguntar quiénes somos y lograr la conclusión. Y lo es la última de las guerra tras la cual la libertad sería posible finalmente, como tantas otras veces que la hemos soñado para, más tarde, recontar los enormes sufrimientos inútiles causados.

Y mientras esperamos ese fin de la historia, la felicidad perpetua, olvidamos las anteriores ocasiones en que lo pensamos y anhelamos. Como en una marcha loca en el tiempo, o contra él, simplemente seguimos corriendo y haciendo historia, deseando que no haya más inquietud, ni más desesperación. En una especie de ida hacia lo posible, olvidamos el camino de retorno que nos devolvería a Ítaca. No importa, escuchamos los himnos de guerra de la historia y anhelantes de victorias avanzamos impertérritos.

Inteligencia artificial, en la inmediatez

Escañuela Romana, Ignacio

Una reflexión sobre el impacto de la inteligencia artificial en los seres humanos. Centrada en la diferencia entre lo físico y lo digital, entre la vida y la mediación tecnológica. Los avances técnicos y organizativos, por una parte, nos alejan de la dependencia de necesidades vitales no satisfechas, alargando la esperanza de vida y mejorando el bienestar. Aunque es preciso recordar la desigualdad, que produce situaciones de pobreza para una parte de la humanidad. Pero, por otra parte, nos apartan de las experiencias en el tiempo, la inmediatez.

https://philpapers.org/rec/ESCIAE

Terrible y sublime

Ignacio Escañuela Romana

Julio 2024

Diciembre 2024

Hay algo terrible, o tal vez sublime, o ambos, en las vidas humanas. La repetición de placeres y dolores, de momentos que no quisiéramos que se fuesen jamás y de otros que esperamos no perduren, que pasen sin dejar rastro. Experiencias que en todos los hombres se van repitiendo, pero anónimas entre ellos. Como si la soledad fuese inconmensurablemente humana.

Difícil entender cómo experimentar y sentir aunque sepamos que esas vivencias se perderán. Como si inventásemos formas incansables de olvidar toda esta realidad y nos concentrásemos en retener lo que es contingente, lo que se va arrastrado en el tiempo. Recuerdos y nostalgia que tampoco seguirán.

Pero en toda esa realidad inevitable subyace la esperanza humana, como si en todos y cada uno de nosotros latiese una cierta voluntad, o tal vez actividad, por perseverar. No sólo por ese conato spinoziano de seguir existiendo, sino por la sed de ser libres en cada instante.

Reflexiones en el tiempo

Ignacio Escañuela Romana

Algunas reflexiones, un poco al azar, sobre las experiencias efímeras y el valor con que vivimos en ese transcurso. Como entes que sabemos que dejaremos de existir, pero que sostenemos vidas que dotamos de sentido personal, de un objeto. En el terreno intermedio entre la filosofía y la literatura.

Enlace al documento:

https://philpapers.org/rec/ESCREE

Vidas

Ignacio Escañuela Romana

Todo lector se asoma a cientos de vidas posibles. Las imagina, le sugieren vivencias que crea en los mundos mentales; mientras se sabe siempre ajeno y espectador, visitante. Entra y sale: abre y cierra las solapas. Recrea y sueña, de un modo u otro. A veces, enlaza con las propias experiencias y revive éstas, como si lograse la catarsis aristotélica.

Hay algo extraordinario en esa capacidad humana de lo posible, que procede de la creación de lenguajes simbólicos (leer, en este sentido, al filósofo Ernst Cassirer). Claro que leer no es vivir, soñar no es actuar, pensar en las experiencias no es tenerlas. Tiene algo de sucedáneo y, al mismo tiempo, de forma extraña, de maravilloso.

(Photo by Jordi Orts Segalés on Unsplash)

Como todos los lectores hubiese querido viajar y vivir revoluciones como Sinuhé el egipcio, quien anheló las aguas del Nilo. Vivir la guerra de Troya y tener el valor y la voluntad de Aquiles o de Ayax. Volver a casa a la forma de Ulises, pasando a través del canto de las sirenas y despidiendo a Calipso. Todo para llegar e imponer la justicia a la vuelta. Salir de la ciudad altivo como El Cid, desterrado injustamente, capaz de grandes hazañas, inasequible al desaliento. Viajar a la selva ignota, para arrostrar el horror oculto en el corazón, en el análisis de Joseph Conrad. Fabricar extraños pescaditos de oro para olvidar ese mismo horror vivido, que debía haber sido evitado, como escribió García Márquez. Lecturas todas, y algunas más, de un verano de descanso en los estudios del bachillerato. Un verano de retiro que recuerdo feliz, en la huida diaria del calor veraniego del valle del Guadalquivir. Río eterno.

Ahora, con muchas más experiencias y recuerdos, un poco de agradecimiento, también de rencor por lo no hecho, mucho de asombro, repleto de remordimientos, me asomo a lo que Conrad comprendió: lo máximo que la vida termina ofreciendo es «un cierto conocimiento de uno mismo –que llega demasiado tarde-.» Porque quizá todo llega o pronto, o tarde, y no en su momento.

hay veces

Ignacio Escañuela Romana, 24 de noviembre de 2024

hay veces que uno no puede ver ni siquiera a su sombra, y entonces recorre los caminos como un espectro de sí mismo huyente como si nada tuviese el sentido de una opaca nada un agujero enorme y pacífico donde morir

hay esas veces que ni largos kilómetros te sirven y aspirar a perderse tal vez en el silencio aceptando que ya nada es solucionable

veces sin tiempo donde escribir no salva y funciona sólo como un síntoma duro y hastiado y las palabras carecen de final porque no tuvieron principio

Noches pulsantes

Ignacio Escañuela Romana

2 de septiembre de 2024

Noches insomnes y pulsantes, estrellas en la oscuridad cantando breves melodías erráticas, la brisa absurda y el acorde del centro. Iluminado en la negrura absoluta espero las primeras luces del alba para poder saber que sigo vivo, existiendo, a pesar quizá de mí mismo. Mientras, envuelto en grises, triste como un objeto más, elogio sin voz el estar de la nada, entono salmos del pasado que susurra en mis oídos, me observo en el espejo vacío, sueño despierto.

Toro Salvaje

Ignacio Escañuela Romana.

14 septiembre 2021

La película Toro Salvaje (Director Martin Scorsese, Guión  Paul Schrader y Mardik Martin, principal actor Robert De Niro) merece la pena. Mientras, sentir un estremecimiento interior por los límites del corazón humano. Sí, de repente la historia de Jake LaMotta, El Toro del Bronx, el hombre que dijo estas estremecedoras palabras: «Luchaba como si no me importara vivir. De hecho, no sé si entonces me importaba vivir. Quería morir».

Campeón del mundo de boxeo que tuvo su particular descenso a los infiernos y la resurrección moral posterior. Fajador del ring como pocos, sostenía ataques intensos aun a costa de recibir duros castigos. Se decía que calentaba los músculos con los golpes recibidos en los primeros asaltos, sólo para después desarrollar un ataque a todo o nada. En la película se reflejan sus problemas morales y la incapacidad para distinguir el boxeo de la vida. Su agresividad, los maltratos que infligió a sus esposas.

Es cierto, en 1949 cedió al chantaje y amañó un combate. Reconoció no haber peleado igual nunca más, a partir de aquella mentira. Todo le llevará a saltarse los últimos limites y acabar en la cárcel donde, golpeando las paredes con las manos desnudas reconoce, por fin, desgarradoramente: “¡Soy un imbécil!”.
Por fin, tomó decisiones que le sacaron del abismo y pudo reconstruir su vida, reconocer el mal que había realizado, sostenerse a sí mismo como persona. Como en el ring, no se rindió hasta lograr reconciliarse consigo mismo. La película de Scorsese le consagró como leyenda.

Hay algo verdadero y primario en los títulos de crédito de la película Toro Salvaje, los mejores en mi opinión en la historia del cine. Hay algo real en el Toro del Bronx, encerrado entre las cuerdas del ring, aislado, solo, en un solo plano y slow motion, con Cavalleria Rusticana de Mascagani. Los ganchos que marca, mientras se mueve, simbolizan algo real en la vida de todo hombre, la pelea interior que sostenemos con nuestros propios fantasmas. A menudo, las derrotas que vivimos, el castigo que sufrimos, la sensación de culpa, todo ello, es el combate continuado con esa fuerza. Pocas vidas, entonces, muestran con mayor claridad la famosa cita de Nietzsche: «cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».