Perfecto

Ignacio Escañuela Romana

Agosto 2024

Graduamos lo perfecto e imperfecto, jerarquizamos la naturaleza, clasificamos y predecimos los conceptos que, a menudo, ni siquiera nosotros comprendemos en su totalidad, que se nos imponen. Fijamos valores para categorizar, construimos mundos imaginarios y modificamos según nuestros modelos preconcebidos, con la técnica, todo lo que nos rodea, y lo queremos verter en lo que nos es útil.

En realidad, no estamos satisfechos con nada y sólo lo que nos sirve y es nuestro producto existe. Así, como un ser desesperado, fabricamos realidades, nos colocamos como el criterio, como el referente del universo.

Hasta que finalmente añoramos lo primigenio, cuando el mundo era selva y el río sinuoso se deslizaba hacia la desembocadura y las sombras acechantes de la noche creaban pesadillas, la muerte era un realidad diaria y el hombre era un animal satisfecho en sus impulsos no mediados. Una vez lo hemos recordado, lo que somos, retomamos la transformación técnica y seguimos modificándolo todo, incluso a nosotros mismos.

Hasta que finalmente. un día, esos sueños se borren y el animal hombre se haya aniquilado a sí mismo y ya no exista y no recuerde los cantos primigenios, los primeros terrores, las pasiones directas. En ese momento, la técnica, como realidad propia, se impondrá como especie y no existirá nada más que el principio eficacia y la norma perfección. El horror se habrá disipado, ya no habrá extrañamiento, sólo quedará el hecho de la transformación hacia un ideal que se quedó en el camino, al cual servir como a un objeto vacío, referente sólo de sí mismo.

Dubitativo y deslumbrado

Ignacio Escañuela Romana

Julio 2024

Andante y dubitativo, en el sur de los soles deslumbradores, cuando ríos de sudor corren por la espalda y la frente, se siente la vida como un corazón anhelante en golpes acelerados, sobre el murmullo de la arena y el polvo del camino que susurran al paso golpeador de los pies del que deambula.

Cuando uno se pregunta quién es y no acierta a contestar mínimamente. Bajo la certeza de la nada hacia otra nada, y mientras en medio el no ser dubitativo.

Bajo esos cielos terriblemente, inconmensurablemente, azules y los horizontes grisáceos. Esperando a la luna creciente en plazas de vecinos que conversan hasta casi el amanecer. En tantas cosas, inexplicablemente donde la verdad se expresa y los dramas solitarios se repiten una y otra vez. En viento de solano, terrible y cargado de calima, mientras la chichara duerme soñando con su canto a escondidas, visionaria de otros soles.

Allí y entonces, le asaltó una terrible nostalgia, como un hambre feroz, un deseo ardiente de quien otea la muerte derredor e intenta seguir.

El último

Ignacio Escañuela Romana

El último filósofo se levantará esa mañana titubeante, hará arder su café para sentirlo, observará las primeras luces del amanecer y entonces…

Sí, sólo quedarán breves comentarios inteligentes, ergotizando, sobre detalles triviales del todo conocidos. Sin dudas, sin problemas ni angustias, ese hombre se sienta todas sus mañanas a calcular lo pensado, analizar lo reducido, sintetizar conceptos sincategoremáticos. Poco a poco, lentamente, incluso los detalles del alba han tomado la tonalidad grisácea de una ligera, insustancial, boira. 

Sin embargo, por debajo de la superficie calma, una fuerte corriente le domina, una sensación persistente de la que apenas es totalmente consciente. Añora aquella época en la que el hombre, él, era mortal y la duda le devoraba el corazón. La sensación del vértigo del error. Recuerda aún cuando, siendo joven, sentía la llamada heraclítea, investígate a ti mismo.

Observa, mientras siente el sabor, amargo y terroso, deslizarse por su boca, su biblioteca desfasada, pendiente de una transmisión obsoleta hacia un cerebro que pensaba a través de una sucesión compleja y podía, debía, equivocarse. Cuando uno se veía obligado a seguir cadenas conceptuales y encontraba un cierto goce en hacerlo hasta el final.

Sí, recuerda, la filosofía habría buscado la esencia de los seres, la permanencia o el cambio, la ley, la función que explique y prediga, los entes conceptuales que den razón de todo lo expresable. Desde un sujeto innovador, habría tratado de profundizar hasta la verdad del propio escenario de la percepción. En fin, habría planteado la historia humana y su valor, junto con la certeza del poder transformador que adquirimos haciéndolo. Un deber universal, para todos y todo lugar. 

Pero, se dice, como había ido repitiendo en estos años de paso, se habría alcanzado la anhelada teoría del todo, la ecuación única que daría razón de todo lo pasado y futuro, incluyéndolo en las regularidades que explican. Ya no quedarían incógnitas, disueltas por una teoría abarcadora de lo más general y lo más específico, alcanzando a completar la comprensión de toda conducta y pensamiento humano, de todas sus motivaciones y estructuras, piensa. No quedaría nada recóndito, ninguna incertidumbre fundamental, tan sólo detalles y glosar las múltiples ramificaciones de las deducciones de esta teoría.

En definitiva, afirma en voz alta, para sí mismo, vivimos bajo un tremendo resplandor. Al preverlo todo, lo aplicamos para alcanzar la ansiada inmortalidad. No precisamos hogueras para el resto de libros ya escritos en una historia de intentos fracasados total o parcialmente. Los leen historiadores, pero no aportan nada pues el futuro está escrito y el pasado es una predicción más. Todo lo sucedido no es más que la necesidad de esa única ecuación. Recuerdos, entonces, curiosos de familia, que vemos en los ratos ociosos, que repasamos para construir una historia que, en verdad, es conocida eternamente.

Quedan, pues, las mañanas anhelantes tras las certezas huyentes. El deseo enfrentado a la realidad. Esa propia angustia que la verdad reduce. Un odio ferviente hacia la visión sub specie aeternitatis.

Observa el libro sobre la mesa, entre los lomos una única página con la ecuación que todo lo contempla. Deja sobre él el café y busca el olvido.

En:

1.htmlhttps://papelescaracol.blogspot.com/2022/07/revista-los-papeles-del-caracol-numero-1.html

La repetición

Ignacio Escañuela Romana.

¿Por qué las tragedias humanas se repiten una y otra vez, y lo hacen ante la indiferencia del mundo?. No sólo eso, ¿por qué la repetición se produce como el disco «que un borracho toca una y otra vez echando una moneda en una ranura» (Lem, Solaris). No, tampoco creo que esas tragedias influyan, de ningún modo, sobre el universo: «no, no creía que la tragedia de dos seres humanos pudiera conmoverlo».

¿Entonces?. Claro, «yo no tenía ninguna esperanza» Sí, quizá «resignarse a la idea de que en todos los hombres reviven antiguos tormentos, tanto más profundos cuanto más se repiten».

Observo las polaroids de Tarkovsky, quien, sí, llevó a la pantalla la historia de Kelvin y Harey. Creo que tanto en la peli, como en esas fotos, veo lo mismo que el maestro: instantes suspendidos del tiempo en mitad del drama humano. Momentos fugitivos en la bruma de la existencia.

Claro, Resignarse a vivir como el borracho que coloca discos. No hay más. Y, entre medias, algún comentario, como si fuese una de esas cuestiones marginales de los medievales. Por algo, los dramas de la tragedia griega clásica son actuales, tanto como los de Shakespeare o Lope de Vega. Tanto como el del dramaturgo que está, ahora mismo, sentado escribiendo.

Dejar, pues, en el tiempo esos flashes de imágenes. Instantes que existen por sí mismos, aunque el tiempo indiferente se los lleve.

Días paradójicos

Ignacio Escañuela Romana

11/07/2024

Fue tal vez uno de aquellos extraños días pasajeros, en los que uno quisiera abrir la boca completamente y gritar con todos sus pulmones, pero en los que no se atreve. Sentido como si el transcurrir de los segundos rápidos e interminables le produjera una desazón ambigua, a la que no era capaz de dar razón, encontrarle un sentido. Como si la vida aparente fuese por un camino y la real por otro, alienado de sí mismo.

Fue, pues, uno de los días paradójicos, de los que uno desea que concluyan con prontitud, mas siente lentos y difusos, interminables y etéreos en medio de nubes grises.

Fue, por lo tanto, uno de esos días vividos de un modo u otro, a los que se les concluye con el término de estas palabras apuntadas con dolor en un blog, en el tiempo que no cesa.

Antiguos

Ignacio Escañuela Romana

Que los hombres revivimos antiguos tormentos, apuntó Lem. Sí, cómicos, porque no sólo el universo ríe al tiempo que no comprende, sino que el mismo hombre permanece absorto y duda de ellos.

Pero que son dramas y se viven en el intenso dolor, dejando experiencias definitivas. Como si en la vida, en ese pequeño transcurso de tiempo, la comprensión debiera de aparecer, con el único objetivo de lograr nada.

Que establecemos la felicidad como obligación y trazamos pasos en esa dicha. Que reímos también construyendo castillos en la arena. Quizá como un escenario único de ficción en el que somos actores y el guion nos viene dado.

En fin, pasamos… Relativos e insustanciales, menos esenciales de lo que afirmamos, repetición de innumerables hombres y sus dramas y risas, en el pasado y el futuro.

Un acorde

Ignacio Escañuela Romana

Quizá haya un acorde ignoto, la lengua con la que se creó todo. Tal vez si uno pudiese tocarla, entonces las esferas se moverían tal y como se desease en ese instante. Es posible que esa poesía y la lengua primordial la hayamos olvidado. Pero es probable que no nos pertenezcan, que sean inasibles para el hombre, que no podamos conseguirlas, que todo lo compongamos a nuestra imagen y semejanza, con las virtudes a nuestra disposición y los vicios que nos persiguen. El cielo y el infierno de Khayyam.

Pero, a veces, lo he atisbado en algunos poemas y algunos cantos. He elevado la vista a los cielos y lo he escuchado, sin comprenderlo, como una música de la belleza. En algunos ojos al esconderse, también, y en el viento cuando sopla del norte, pero también el poniente y el levante, levantando oleadas de humedad o de polvo. Cuando el sol reina y la chicharra toca, mas también cuando la nieve cubrió mis hombros y vi las estrellas en una noche clara del norte, ellas y yo solos, en un diálogo eterno que me aterró hasta lo más hondo. Una mirada, en esa penumbra que nos envolvía, el primer roce sentido, suave e intencional, la piel. El beso que jamás he llegado a entender, que acude a mi memoria en las mañanas de insomnio.

Tal vez, sí, supimos una vez del acorde, de la rapsodia recóndita, del soplo que levantó este universo. Oculto para nosotros, que ahora nos afanamos en construir mundos que son solo un otro igual al nosotros, que no nos satisfacen.

Imagino, más tarde, un tiempo nuevo de esperanzas, justo cuando deambulo por los sueños, por una boira inacabable en la selva cerrada, al despertar y encontrarme dormido en mí mismo, pero en mitad del universo.

Entonces, recito, quisiera hablar en la lengua, pero sé que sólo soy un hombre. Quizá vislumbro la eternidad mayestática. Tal vez escucho el rumor lejano de las olas que estremecen lo existente. Temo, sin embargo, que conforme ando y observo, todo se me escapa, absconditus.

https://papelescaracol.blogspot.com/2022/12/revista-los-papeles-del-caracol-numero-2.html

Viejo mundo

Ignacio Escañuela Romana

Junio, 2024

La literatura nació como una reflexión de la muerte como realidad humana. Toma ese vino, aconsejó Khayyam en una Rubbaiyat, bajo la luz de la luna, pues tal vez mañana ella te busque en vano. Ya, «temeroso de la muerte, recorro sin tino el llano», dijo Gilgamesh en el primer libro registrado, en su epopeya.

No, la filosofía no es aprender hacia la muerte, es vivir y persistir. Como todas las actividades humanas. Aunque, en ese objeto, fracase una y otra vez, en un drama repetido. La filosofía helenística dio algunos consejos para procurar una vida feliz: «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación» (Carta a Meneceo, Epicuro). Tiene razón, pero no el miedo no es abandonable, nos persigue. Es cierto que la muerte «es obra de la naturaleza», tal y como escribió Marco Aurelio en sus Meditaciones, en mitad de sus interminables guerras. Sí, pero es un aspecto de la naturaleza que rechazamos.

De la misma forma, la literatura recoge esa realidad sin más, como un hecho ineluctable, como un acontecimiento más de la vida. Pero, quizá, como señala el poema de Goytisolo, ese hecho real, un paso más, sí nos deja a los vivos en la soledad: «al chocar contra el mármol de tu terrible ausencia».

Pero también la desolación, lo que sintió José Arcadio Buendía en esa maravillosa novela de García Márquez dedicada a la soledad, la nostalgia terrible del muerto por volver a la vida, aunque sólo sea para mojar el tapón de esparto.

Una palabra

Ignacio Escañuela Romana

Te iba a decir una palabra pero no pude, dice uno de los versos de Nazim Hikmet. Añade el poeta turco: La muerte antes de llegar me envió su soledad.

Pienso, a veces, que los afanes en que andamos mezclados son absurdos. Cuánta verdad en esos versos, cuánta mentira en la persecución del vacío diario que hacemos. Y conforme más nos afanamos, más nos atrapa. Pero, entonces, cae la noche y la oscuridad nos llega con su verdad.

Pero pienso, asimismo, en esa palabra que iba a decir y no pude. ¿Por qué no pude? ¿Qué quería decir y no me atreví a hacerlo? La palabra lleva algo importante, como un pequeño paquete que puede ir de lo más insulso al máximo interés. Claro que el oyente es quien clasifica. Sin mirar a los ojos, algunas de esas palabras quedan vacías, como decirlas en otra lengua que la materna: sí, las transmitidas por nuestras madres cuando estábamos acogidos. ¡Qué carga de veracidad en esas primeras palabras que nos dirigen en un diálogo sobre las verdades de la existencia!

Claro, las palabras también sirven para mentir y esconder. Además, nos alejan. Pero, ¿Qué sería de Aquiles y su cólera sin toda la narración que de él nos llega a través de Homero? ¿Quién es Edipo sin las tragedias sobre su hybris, que podemos leer y representar?. Porque la palabra no sólo nos envía la posibilidad de comprender, sino que también lo hace a través de los tiempos y los espacios. Imagino las bibliotecas de noche como el lugar donde los libros, quienes los escribieron, mas también quienes los han leído, discuten e intercambian.

Sí, discutir, ese verbo que siempre me ha parecido tan fundamental. Sé que tiene mala fama frente al aséptico dialogar o el académico debatir, pero cuánta realidad transmite de la forma como nos comunicamos. Imagino, porque las leo, sí, las discusiones entre Cassirer y Heidegger en Davos en torno a la universalidad del valor, como elemento del ser o contra él. ¿Qué hubiese sido del Banquete de Platón sin los discursos orales y escritos sobre el amor? ¡Qué diferente es comer, beber y ver y hacer todo eso y hablar en tono vehemente para lograr alcanzar la verdad! En fin, Maquiavelo cuenta el sueño sobre el báratro y el paraíso y su elección del lugar donde se debate sobre política. Claro, el infierno.

Quedan los versos de Hikmet, el último poema en la cartera, tras la foto, me dijiste, nos cuenta poéticamente, por qué no vienes y te quedas, sonríe y muere. Entonces, el poeta lo decidió.

Fue quizá el tiempo…

Ignacio Escañuela Romana

Fue quizá el tiempo en que se perdió la eutrapelia. De los discursos amables cargados de broma y sentido del banquete platónico, se pasó a la risa hiriente y la convicción de la verdad absoluta. Ya todos querían vencer, no conversarían, entonces, amablemente los hombres en tardes interminables en la plaza, hasta la profunda madrugada, marcando los tiempos del ahora y el aquí sin fin de ese niño que señaló Heráclito juega a los dados: el tiempo.

En ese tiempo, pasajero como todos, olvidaron que el hombre es un breve instante entre una nada y otro no ser, y quisieron transmutarse en verdades rígidas, obligaciones inflexibles, retóricas grandilocuentes, zapatazos en la mesa, desprecio al saludo leve, negación de los tiempos, abandono de las historias.

Pero más tarde, olvidadas tantas historias absurdas, cuando la permanencia se demostró de nuevo imposible, volvieron por fin los filósofos a la plaza a hilvanar discursos en torno a un ligero banquete. Con extremada eutrapelia rieron las bromas ajenas, descubrieron sentidos olvidados, retornaron a ese fluir que, como el río heraclíteano, nos impide a todos bañarnos dos veces en la misma agua. Un poco etéreos, en fin, recitaron la poesía de Khayyam: «Mucho has visto del mundo y cuanto has visto es nada; / cuanto has dicho y oído en él, también es nada»