Días paradójicos

Ignacio Escañuela Romana

11/07/2024

Fue tal vez uno de aquellos extraños días pasajeros, en los que uno quisiera abrir la boca completamente y gritar con todos sus pulmones, pero en los que no se atreve. Sentido como si el transcurrir de los segundos rápidos e interminables le produjera una desazón ambigua, a la que no era capaz de dar razón, encontrarle un sentido. Como si la vida aparente fuese por un camino y la real por otro, alienado de sí mismo.

Fue, pues, uno de los días paradójicos, de los que uno desea que concluyan con prontitud, mas siente lentos y difusos, interminables y etéreos en medio de nubes grises.

Fue, por lo tanto, uno de esos días vividos de un modo u otro, a los que se les concluye con el término de estas palabras apuntadas con dolor en un blog, en el tiempo que no cesa.

Antiguos

Ignacio Escañuela Romana

Que los hombres revivimos antiguos tormentos, apuntó Lem. Sí, cómicos, porque no sólo el universo ríe al tiempo que no comprende, sino que el mismo hombre permanece absorto y duda de ellos.

Pero que son dramas y se viven en el intenso dolor, dejando experiencias definitivas. Como si en la vida, en ese pequeño transcurso de tiempo, la comprensión debiera de aparecer, con el único objetivo de lograr nada.

Que establecemos la felicidad como obligación y trazamos pasos en esa dicha. Que reímos también construyendo castillos en la arena. Quizá como un escenario único de ficción en el que somos actores y el guion nos viene dado.

En fin, pasamos… Relativos e insustanciales, menos esenciales de lo que afirmamos, repetición de innumerables hombres y sus dramas y risas, en el pasado y el futuro.

Un acorde

Ignacio Escañuela Romana

Quizá haya un acorde ignoto, la lengua con la que se creó todo. Tal vez si uno pudiese tocarla, entonces las esferas se moverían tal y como se desease en ese instante. Es posible que esa poesía y la lengua primordial la hayamos olvidado. Pero es probable que no nos pertenezcan, que sean inasibles para el hombre, que no podamos conseguirlas, que todo lo compongamos a nuestra imagen y semejanza, con las virtudes a nuestra disposición y los vicios que nos persiguen. El cielo y el infierno de Khayyam.

Pero, a veces, lo he atisbado en algunos poemas y algunos cantos. He elevado la vista a los cielos y lo he escuchado, sin comprenderlo, como una música de la belleza. En algunos ojos al esconderse, también, y en el viento cuando sopla del norte, pero también el poniente y el levante, levantando oleadas de humedad o de polvo. Cuando el sol reina y la chicharra toca, mas también cuando la nieve cubrió mis hombros y vi las estrellas en una noche clara del norte, ellas y yo solos, en un diálogo eterno que me aterró hasta lo más hondo. Una mirada, en esa penumbra que nos envolvía, el primer roce sentido, suave e intencional, la piel. El beso que jamás he llegado a entender, que acude a mi memoria en las mañanas de insomnio.

Tal vez, sí, supimos una vez del acorde, de la rapsodia recóndita, del soplo que levantó este universo. Oculto para nosotros, que ahora nos afanamos en construir mundos que son solo un otro igual al nosotros, que no nos satisfacen.

Imagino, más tarde, un tiempo nuevo de esperanzas, justo cuando deambulo por los sueños, por una boira inacabable en la selva cerrada, al despertar y encontrarme dormido en mí mismo, pero en mitad del universo.

Entonces, recito, quisiera hablar en la lengua, pero sé que sólo soy un hombre. Quizá vislumbro la eternidad mayestática. Tal vez escucho el rumor lejano de las olas que estremecen lo existente. Temo, sin embargo, que conforme ando y observo, todo se me escapa, absconditus.

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Viejo mundo

Ignacio Escañuela Romana

Junio, 2024

La literatura nació como una reflexión de la muerte como realidad humana. Toma ese vino, aconsejó Khayyam en una Rubbaiyat, bajo la luz de la luna, pues tal vez mañana ella te busque en vano. Ya, «temeroso de la muerte, recorro sin tino el llano», dijo Gilgamesh en el primer libro registrado, en su epopeya.

No, la filosofía no es aprender hacia la muerte, es vivir y persistir. Como todas las actividades humanas. Aunque, en ese objeto, fracase una y otra vez, en un drama repetido. La filosofía helenística dio algunos consejos para procurar una vida feliz: «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación» (Carta a Meneceo, Epicuro). Tiene razón, pero no el miedo no es abandonable, nos persigue. Es cierto que la muerte «es obra de la naturaleza», tal y como escribió Marco Aurelio en sus Meditaciones, en mitad de sus interminables guerras. Sí, pero es un aspecto de la naturaleza que rechazamos.

De la misma forma, la literatura recoge esa realidad sin más, como un hecho ineluctable, como un acontecimiento más de la vida. Pero, quizá, como señala el poema de Goytisolo, ese hecho real, un paso más, sí nos deja a los vivos en la soledad: «al chocar contra el mármol de tu terrible ausencia».

Pero también la desolación, lo que sintió José Arcadio Buendía en esa maravillosa novela de García Márquez dedicada a la soledad, la nostalgia terrible del muerto por volver a la vida, aunque sólo sea para mojar el tapón de esparto.

Una palabra

Ignacio Escañuela Romana

Te iba a decir una palabra pero no pude, dice uno de los versos de Nazim Hikmet. Añade el poeta turco: La muerte antes de llegar me envió su soledad.

Pienso, a veces, que los afanes en que andamos mezclados son absurdos. Cuánta verdad en esos versos, cuánta mentira en la persecución del vacío diario que hacemos. Y conforme más nos afanamos, más nos atrapa. Pero, entonces, cae la noche y la oscuridad nos llega con su verdad.

Pero pienso, asimismo, en esa palabra que iba a decir y no pude. ¿Por qué no pude? ¿Qué quería decir y no me atreví a hacerlo? La palabra lleva algo importante, como un pequeño paquete que puede ir de lo más insulso al máximo interés. Claro que el oyente es quien clasifica. Sin mirar a los ojos, algunas de esas palabras quedan vacías, como decirlas en otra lengua que la materna: sí, las transmitidas por nuestras madres cuando estábamos acogidos. ¡Qué carga de veracidad en esas primeras palabras que nos dirigen en un diálogo sobre las verdades de la existencia!

Claro, las palabras también sirven para mentir y esconder. Además, nos alejan. Pero, ¿Qué sería de Aquiles y su cólera sin toda la narración que de él nos llega a través de Homero? ¿Quién es Edipo sin las tragedias sobre su hybris, que podemos leer y representar?. Porque la palabra no sólo nos envía la posibilidad de comprender, sino que también lo hace a través de los tiempos y los espacios. Imagino las bibliotecas de noche como el lugar donde los libros, quienes los escribieron, mas también quienes los han leído, discuten e intercambian.

Sí, discutir, ese verbo que siempre me ha parecido tan fundamental. Sé que tiene mala fama frente al aséptico dialogar o el académico debatir, pero cuánta realidad transmite de la forma como nos comunicamos. Imagino, porque las leo, sí, las discusiones entre Cassirer y Heidegger en Davos en torno a la universalidad del valor, como elemento del ser o contra él. ¿Qué hubiese sido del Banquete de Platón sin los discursos orales y escritos sobre el amor? ¡Qué diferente es comer, beber y ver y hacer todo eso y hablar en tono vehemente para lograr alcanzar la verdad! En fin, Maquiavelo cuenta el sueño sobre el báratro y el paraíso y su elección del lugar donde se debate sobre política. Claro, el infierno.

Quedan los versos de Hikmet, el último poema en la cartera, tras la foto, me dijiste, nos cuenta poéticamente, por qué no vienes y te quedas, sonríe y muere. Entonces, el poeta lo decidió.

Fue quizá el tiempo…

Ignacio Escañuela Romana

Fue quizá el tiempo en que se perdió la eutrapelia. De los discursos amables cargados de broma y sentido del banquete platónico, se pasó a la risa hiriente y la convicción de la verdad absoluta. Ya todos querían vencer, no conversarían, entonces, amablemente los hombres en tardes interminables en la plaza, hasta la profunda madrugada, marcando los tiempos del ahora y el aquí sin fin de ese niño que señaló Heráclito juega a los dados: el tiempo.

En ese tiempo, pasajero como todos, olvidaron que el hombre es un breve instante entre una nada y otro no ser, y quisieron transmutarse en verdades rígidas, obligaciones inflexibles, retóricas grandilocuentes, zapatazos en la mesa, desprecio al saludo leve, negación de los tiempos, abandono de las historias.

Pero más tarde, olvidadas tantas historias absurdas, cuando la permanencia se demostró de nuevo imposible, volvieron por fin los filósofos a la plaza a hilvanar discursos en torno a un ligero banquete. Con extremada eutrapelia rieron las bromas ajenas, descubrieron sentidos olvidados, retornaron a ese fluir que, como el río heraclíteano, nos impide a todos bañarnos dos veces en la misma agua. Un poco etéreos, en fin, recitaron la poesía de Khayyam: «Mucho has visto del mundo y cuanto has visto es nada; / cuanto has dicho y oído en él, también es nada»

Llegar

Ignacio Escañuela Romana

Tenía que haber llegado a las cuatro y, sin embargo, a pesar de lo importante que era, no he estado. No he sido capaz de cumplir con esa cita que habíamos acordado hace un año. “A la vuelta, no se te olvide”, repitió varias veces en voz baja. Hace un año, exactamente, en el momento de irse a Chile, a trabajar. “No se te olvide”.

Ahora, no sé siquiera si ella ha estado. No tengo ninguna capacidad de cambiar la realidad, de volver el tiempo. No puedo ni saber si ha acudido, si ha recordado.

Un error. Algo imperdonable para mí mismo. Algo irremplazable.

Salimos a las dos y media y no he podido llegar. Le pedí el favor a un amigo, hace tiempo. “Sin problemas”, me dijo. Pero ha sido como si el universo se hubiese coaligado, al completo, disponiendo hasta el último detalle, para que no pudiese llegar. Un gran atasco en la autopista, al pleno sol de un dos de agosto, por un camión detenido en una cuesta arriba. Su carga yacente, desparramada por todo el asfalto. Kilómetros de retenciones, silbidos en mi cabeza. Nada que hacer. Sentir la impotencia. Ahora lo comprendo. “No se te olvide”.

Al incorporarnos, por el puente, para entrar en Sevilla, un semáforo tras otro. Una alianza para ralentizar el viaje. Como si todo estuviese secretamente dispuesto para impedirme llegar.

Al final, nada que hacer. Media hora tarde. La soledad de la puerta del restaurante donde habíamos quedado, para seguir la última cita. Un vacío en la boca del estómago. Veinte minutos de espera que sé, son en balde. Nada que hacer. Pensando en el vacío, perdido, desvalido. Reflexionando sobre cómo el mundo es capaz de rechazar un deseo. Ya no puedo completar aquello que decidí hace un año, imaginé numerosas veces.

¡Claro!, tenía que haber salido antes. Acercarme esta mañana. Estar aquí esperando. Pero me equivoqué y ya no puedo repararlo.

No volveré jamás a verla. Tal vez una vez en algún lugar, una posibilidad entre un millón. Quizá me estuvo esperando y piensa para siempre que no la recuerdo, que para mí no es nadie. Vivir entonces con esta certeza del absurdo.

Ahora tomo el autobús, para ir a la estación. Veo pasar calles, llenas y vacías, llantos y risas, personas paseando, turistas, otras huyendo del sol y el calor. Arterias por donde transitan las personas y sus destinos, sus emociones, las historias que se repiten. Sueños despiertos en la ciudad tendida bajo el calor. Una urbe hecha para el paseo y la reflexión, para las sensaciones que hieren.

Observo desde la ventana del autobús, sentado, un resumen de la vida. Sevilla palpita bajo la luz esplendorosa de una tarde de agosto. La ciudad vive en torno a algo que no percibe, mudo, mi vacío interior.

Llego a la estación, una catedral moderna de la vida y los tránsitos. Hacia el siguiente autobús que me conduce a la rutina de mi vida diaria. Tardes de charla con los amigos.

Al volverme, tras haber comprado el billete en la máquina, la veo inesperadamente en el vestíbulo. Sonríe observándome.

Libretas

Ignacio Escañuela Romana

Acaba de pagar la compra a la cajera, que repite los mismos ademanes y respuestas sincopadas centenares de veces al mes, pero que le sonríe quedamente por la falta de prisas que demuestra, porque le levanta la presión constante por el tiempo, típica del cliente de un sábado por la mañana a las 12 y 46, decenas de buscadores de la felicidad instantánea corriendo por los lineales, a través de alacenas repletas para el fin de semana. 3 por 2 y logre la satisfacción en pequeños paquetes sugerentes, propuesta irresistible, a abonar en cómodos plazos desde tarjetas coloreadas.

Guarda la compra en la bolsa de un cartón crema marfil y musita un «hasta luego», al que sigue la inevitable respuesta “gracias”, aunque siempre ha pensado en lo absurdo de despedirse hasta dentro de un rato con una persona que, si la vuelve a ver, no lo recordará. Con paso lento, tranquilo, toma el pasillo de iluminación artificial con anchas lozas negras y blancas estilo hospital, bajo el hilo musical con melodías generales, suaves y aparentemente imperceptibles, por suerte, como escape del silencio hacia un edén adormilado.

Se coloca ante la puerta automática de cristal y se abre con sonido amortiguado de motor. Conquista tecnológica de una humanidad anhelante de vida sedentaria y sin cansancios, con tiempo salvo para perderlo, sin ganas mas que para lo obsesivo. En fin, despreciativa de las pequeñas vivencias. ¿Hay un placer en el esfuerzo?, se pregunta.

Sale al sol del otoño del sur que todavía calienta el lomo. Va andando a la captura de su coche, aparcado a la distancia para no dar más vueltas a través de vías en única dirección, en las que el modo más directo disponible es el círculo. Observa los plataneros semi iluminados, luces y sombras a través de los parteluces vegetales, cual rayos crepusculares movientes improvisados. Las nubes grisáceas circulan bajo el impulso de la brisa marina que llega desde el cercano Atlántico y permite aspirar, por fin, algo de humedad, anhelada durante el seco y prolongado verano de agonías desérticas. Un dolor que gana fuerza con cada nuevo año.

Observa las hojas ocres que, testigos cayentes de un verano ido, bañan las aceras y el asfalto, llenando el mundo junto con el ruido de coches circulando por las calles y los gritos lejanos de niños jugando en el parque a su derecha, rodeado por un sólido muro de mampostería rematado en rejas de hierro de dibujos espirales, entre inmensos ficus plantados hace décadas en alguna exposición, mientras los padres a la vera del parque infantil conversan casi en grito, ve a través de los barrotes, gesticulaciones ostentosas, bocas muy abiertas, el ritmo de sacudida de los pechos conforme se llenan para declamar, casi todos simultáneamente. Descampado seco con árboles, al cruzar la calle hacia la izquierda, bajo pergolas a la espera prolongada de enredaderas que aún no han nacido, tal vez nunca lo hagan, mostrando diseños teóricos sin ninguna práctica real. Gorriones y palomas cruzan en vuelos rasantes a la búsqueda de comidas varias mientras gatos adormilados les observan desde una plataforma de cemento con varios agujeros para eventuales mástiles y banderas. El lugar de una feria.

Se ha parado, observa todo y, bajo la sombra de un árbol tupido, ha tomado una libreta del bolsillo trasero del pantalón y se apresura a escribir con un rotulador negro. La bolsa de la compra se apoya en el suelo a la espera de que el autor inspirado retorne al mundo de las pequeñas cosas repetitivas necesarias y la lleve a casa para ver su contenido ordenado y colocado y, tal vez, la ensalada sacada, aliñada y dispuesta para dar la utilidad buscada al ser puesta en la bolsa.

Un sábado, sí, la compra, andar un poco bajo plataneros abundantes, observando y describiendo lo que le rodea y su propia actitud, mirar al cielo, a un parque y su valla inicial. Asombro y costumbre, quiere mostrar ambos pese a que sean antagónicos. Escribir como disfrute, nombrando ahora a un coche negro a velocidad endiablada, que pierde el control en el baden y se precipita sobre la acerca, tras chocar con ella y rebotar hacia arriba, para volar entonces e impactar de lleno sobre al escritor que rebota violentamente hacia la valla hacia la derecha, rematado por un segundo golpe de perfil por el capó del coche. Y así quedar tirado como un desmadejado guiñapo de trapo, vísceras con tremendos borbotones de sangre oscura que brotan mientras él mira ya sin ver, y el coche que destrozado se precipita en tremendo crujido de hierros y aluminios prensados como por una máquina de enorme potencia, y un conductor que sale volando por la luna delantera del coche, que hace añicos, para estrellarse contra uno de los pilares de la valla, con el cráneo destrozado, y dos cuadernos pequeños, con hojas pintadas en tenues cuadros celestes, abiertos y ondeando en mitad de la acerca a la brisa, con relatos sobre comprar y disfrutar andando en el otoño de las pequeñas cosas, sobre conducir en antídoto contra el miedo, desafiando absurdamente las leyes de la conservación del universo humano….

Saturación.

Ignacio Escañuela Romana

Detestaba las tardes pausadas, en el transcurso hacia la nada emergente, deslizándose, plana. El quizá imprevisto allí, en el inicio de su vida. Mas similar, la experiencia, al tic-tac del reloj de péndulo que marcó los mediodías de su infancia, observando con sentido apasionado, el mecanismo imperturbable.

Podría, pues, trazar el cambio, saborearlo y vivirlo, como especie de cinta plana, tendida como espacio. Una sensación de encuentro en la pérdida, disolución en la solidez del ser.

Sería como comprender un vacío pulsante, yacente como saturación. El final.

Toro salvaje.

Ignacio Escañuela Romana.
La película Toro Salvaje (Director Martin Scorsese, Guión Paul Schrader y Mardik Martin, principal actor Robert De Niro) merece la pena verse y disfrutarla. Mientras, sentir un estremecimiento interior por los límites del corazón humano. Sí, de repente la historia de Jake LaMotta, El Toro del Bronx, el hombre que dijo estas estremecedoras palabras: «Luchaba como si no me importara vivir. De hecho, no sé si entonces me importaba vivir. Quería morir».
Campeón del mundo de boxeo que tuvo su particular descenso a los infiernos y la resurrección moral posterior. Fajador del ring como pocos, sostenía ataques intensos aun a costa de recibir duros castigos. Se decía que calentaba los músculos con los golpes recibidos en los primeros asaltos, sólo para después desarrollar un ataque a todo o nada. En la película se reflejan sus problemas morales y la incapacidad para distinguir el boxeo de la vida. Su agresividad, los maltratos que infligió a sus esposas..

Es cierto, en 1949 cedió al chantaje y reconoció haber amañado un combate. Reconoció no haber peleado igual nunca más, a partir de aquella mentira. Todo le llevará a saltarse los últimos limites y acabar en la cárcel donde, golpeando las paredes con las manos desnudas reconoce, por fin, desgarradoramente: “¡Soy un imbécil!”.

Por fin, tomó decisiones que le sacaron del abismo y pudo reconstruir su vida, reconocer el mal que había realizado, sostenerse a sí mismo como persona. Como en el ring, no se rindió hasta lograr reconciliarse consigo mismo. La película de Scorsese le consagró como leyenda.

Hay algo verdadero y primario en los títulos de crédito de la película Toro Salvaje, los mejores en mi opinión en la historia del cine. Hay algo real en el Toro del Bronx, encerrado entre las cuerdas del ring, aislado, solo, en un solo plano y slow motion, con Cavalleria Rusticana de Mascagani. Los ganchos que marca, mientras se mueve, simbolizan algo real en la vida de todo hombre, la pelea interior que sostenemos con nuestros propios fantasmas. A menudo, las derrotas que vivimos, el castigo que sufrimos, la sensación de culpa, todo ello, es el combate continuado con esa fuerza. Pocas vidas, entonces, muestran con mayor claridad la famosa cita de Nietzsche: «cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».