Pérdida

Ignacio Escañuela Romana

5 de junio de 2025

Tal vez la noticia le tomó en un mal momento. O quizá era un problema de edad, de historias demasiado repetidas y de huecos que nunca se colman.

O quizá fue una extraña crisis de consciencia, de cómo todo pasa, las personas también, como procesos en el tiempo imperturbable.

A menudo, había pensado acerca de quienes habían vivido en aquellas calles, y de qué queda. De sus vidas tan importantes para ellos mismos, para todos, de los objetos dejados atrás y que persistirían.

Incluso le dolía imaginar la vida de las personas a las que quería después de haber él desaparecido. Cómo vivirían, cómo no podría apoyarlas, de las llamadas constantes que ya no recibirían o que no podrían hacer. En fin de todo eso, en formas terriblemente dolorosas.

Sentir todo ese dolor le embargó y hubiese querido soñar en otras vidas renovadas.

Para expresar escribió, sin que fuese capaz de acercarse siquiera a la expresión que urgentemente necesitaba. Desapareciendo un poco más, en medio de lo que denominamos vivir.

Gotas cayentes

Ignacio Escañuela Romana

28 de septiembre de 2024

Fue en su último día allí cuando inopinadamente paseando recordó. Oleadas de imágenes y vivencias, como puntos de su vida, un conjunto de momentos sólidos, le invadieron y entonces cayó en la nostalgia más desesperada. La decisión se mantendría: todo el tiempo destinado a estar allí se había agotado sin más, pero esa voluntad no le privó de la sensación de perdida. No del lugar, sino del tiempo. Cada realidad existiría ya, hasta el final de sus días, en él: cada una de aquellas piedras, las luces ámbares en pequeños círculos alrededor de las farolas, los juegos de sombras en las calles desiertas, el sonido del viento mezclado con ecos apagados de voces y televisores de las casas.

Alzó la vista hacia el cielo. Raudas nubes bajas se encaminaban hacia el interior del valle, la humedad podía olerse, pronto la lluvia se adueñaría de carreteras y campos. Deseando sentir las gotas cayentes mojarle el rostro comprendió que no, ya no tenía esperanzas. Sin embargo, seguiría viviendo a la espera de nuevos milagros, experiencias reales. ¿Cuáles? No podía saberlo, pero, a través del dolor suave y resignado, se encaminó hacia ellas.

Tal vez fue la tarde

Ignacio Escañuela Romana

12 de mayo de 2025

Tal vez fuese la tarde de suaves brisas, restos de vientos ponientes del profundo Atlántico, viniendo a borbotones hasta tocar a los eucaliptos, en luces grises, ocres y blancas. Quizá simplemente se me vino a la mente sin que pudiera desecharlo. De recuerdos lejanos, ya, de formas y otros misterios amplios y coloreados. No perfectos, no, ni brillantes y acabados, sino con más tonalidades en existencias afirmadas, viejos ya desde el origen. No nostalgia, en absoluto, mas recuerdos de otras primaveras diferentes, lugares y luces ya en el no ser, otros sentidos.

Tal vez fuese simplemente porque sí, como un viejo hábito oculto, un residuo recalcitrante, o algo que jamás terminó de irse. Como fuere, sí, hoy renacen las sensaciones brevemente al son de brisas del poniente, justo cuando el último rayo verde debe estar form´ándose en olas murmuradoras, que silban al oído del durmiente y le hacen soñar con lo que creía haber olvidado para siempre.

Era

Ignacio Escañuela Romana

Era la época del no-camino. Cuando todas las rutas desparecieron y quedaba la naturaleza.

Del no-tiempo, cuando todos los relojes fueron abandonados y sólo restaban alba y ocaso como signos.

En las eras de la no-palabra, que no surcaba los aires quebrando la música.

Cuando las olas cruzaban los océanos impertérritas, en aguas no holladas, hasta llegar a los acantilados y las riberas.

En los bosques sin final, donde la serpiente se deslizaba silente bajo llamadas oscuras y primigenias.

Era en el futuro, lugares y formas, tierras, mares y cielos.

Así lo sueña en la noche de vientos de galerna, poseído por la fiebre, en los susurros de las corrientes.

En la discreta tarde

Ignacio Escañuela Romana

26 de abril de 2025

en la discreta tarde
en el quedo viaje hacia la nada
el lugar del no ser
donde habitan recuerdos inexplorados
olvidos triunfantes
un torpe afán por avanzar trabajosamente
y continuar
seguir, pues
soñar en aventuras lejanas
en el tedio mortecino
que precede al intento de respirar en algo más de apertura
en la tarde, así, como otras tantas
absurdas y lejanas
en las que aparece sin titubeos lo que existe
y es torpe y desaliñado
algo callado y multiforme
lento y
abierto
distinto y
paciente
esperando, en efecto
a una tarde ya sin límites
en la que reside eso que llamamos olvido
pero ya no la llamada

uniforme y gris

Ignacio Escañuela Romana

21 de abril de 2025

… en una de esas mañanas insípidas y anodinas, en las que pensar es complejo, localizar difícil, sentir imposible. de tantas anteriores y posteriores, iguales y distintas, recorrientes y difíciles de remontar. cuando simplemente se existe y se espera a que otros momentos lleguen, tiempos, formas de encarar la realidad.

mientras, respirar y vivir en el momento, como si una boira uniforme y gris tomase el universo por un rato y sonriese absurda y continua, veraz y resistente, impenetrable, verdadera.

Un acorde

Ignacio Escañuela Romana

Diciembre 2022

© 2022. Esta obra está bajo una licencia de Creave Commons Atribución-
NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Publicado originalmente en Blog “Los papeles del caracol”: https://papelescaracol.blogspot.com/

Quizá haya un acorde ignoto, la lengua con la que se creó todo. Tal vez si uno pudiese tocarla, entonces las esferas se moverían tal y como se desease en ese instante. Es posible que esa poesía y la lengua primordial la hayamos olvidado. Pero es probable que no nos pertenezcan, que sean inasibles para el hombre, que no podamos conseguirlas, que todo lo compongamos a nuestra imagen y semejanza, con las virtudes a nuestra disposición y los vicios que nos persiguen. El cielo y el infierno de Khayyam.

Pero, a veces, lo he asbado en algunos poemas y algunos cantos. He elevado la vista a los cielos y lo he escuchado, sin comprenderlo, como una música de la belleza. En algunos ojos al esconderse, también, y en el viento cuando sopla del norte, pero también el poniente y el levante, levantando oleadas de humedad o de polvo. Cuando el sol reina y la chicharra toca, mas también cuando la nieve cubrió mis hombros y vi las estrellas en una noche clara del norte, ellas y yo solos, en un diálogo eterno que me aterró hasta lo más hondo. Una mirada, en esa penumbra que nos envolvía, el primer roce sendo, suave e intencional, la piel. El beso que jamás he llegado a entender, que acude a mi memoria en las mañanas de insomnio.

Tal vez, sí, supimos una vez del acorde, de la rapsodia recóndita, del soplo que levantó este universo. Oculto para nosotros, que ahora nos afanamos en construir mundos que son solo un otro igual al nosotros, que no nos satisfacen.

Imagino, más tarde, un tiempo nuevo de esperanzas, justo cuando deambulo por los sueños, por una boira inacabable en la selva cerrada, al despertar y encontrarme dormido en mí mismo, pero en mitad del universo.

Entonces, recito, quisiera hablar en la lengua, pero sé que sólo soy un hombre. Quizá vislumbro la eternidad mayestáca. Tal vez escucho el rumor lejano de las olas que estremecen lo existente. Temo, sin embargo, que conforme ando y observo, todo se me escapa, absconditus.

El último

Ignacio Escañuela Romana[1]

Junio 2022

© 2022. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Publicado originalmente en Blog “Los papeles del caracol”: https://papelescaracol.blogspot.com/

El último filósofo se levantará esa mañana titubeante, hará arder su café para sentirlo, observará las primeras luces del amanecer y entonces…

Sí, sólo quedarán breves comentarios inteligentes, ergotizando, sobre detalles triviales del todo conocidos. Sin dudas, sin problemas ni angustias, ese hombre se sienta todas sus mañanas a calcular lo pensado, analizar lo reducido, sintetizar conceptos sincategoremáticos. Poco a poco, lentamente, incluso los detalles del alba han tomado la tonalidad grisácea de una ligera, insustancial, boira.

Sin embargo, por debajo de la superficie calma, una fuerte corriente le domina, una sensación persistente de la que apenas es totalmente consciente. Añora aquella época en la que el hombre, él, era mortal y la duda le devoraba el corazón. La sensación del vértigo del error. Recuerda aún cuando, siendo joven, sentía la llamada heraclítea, investígate a ti mismo.

Observa, mientras siente el sabor, amargo y terroso, deslizarse por su boca, su biblioteca desfasada, pendiente de una transmisión obsoleta hacia un cerebro que pensaba a través de una sucesión compleja y podía, debía, equivocarse. Cuando uno se veía obligado a seguir cadenas conceptuales y encontraba un cierto goce en hacerlo hasta el final.

Sí, recuerda, la filosofía habría buscado la esencia de los seres, la permanencia o el cambio, la ley, la función que explique y prediga, los entes conceptuales que den razón de todo lo expresable. Desde un sujeto innovador, habría tratado de profundizar hasta la verdad del propio escenario de la percepción. En fin, habría planteado la historia humana y su valor, junto con la certeza del poder transformador que adquirimos haciéndolo. Un deber universal, para todos y todo lugar.

Pero, se dice, como había ido repitiendo en estos años de paso, se habría alcanzado la anhelada teoría del todo, la ecuación única que daría razón de todo lo pasado y futuro, incluyéndolo en las regularidades que explican. Ya no quedarían incógnitas, disueltas por una teoría abarcadora de lo más general y lo más específico, alcanzando a completar la comprensión de toda conducta y pensamiento humano, de todas sus motivaciones y estructuras, piensa. No quedaría nada recóndito, ninguna incertidumbre fundamental, tan sólo detalles y glosar las múltiples ramificaciones de las deducciones de esta teoría.

En definitiva, afirma en voz alta, para sí mismo, vivimos bajo un tremendo resplandor. Al preverlo todo, lo aplicamos para alcanzar la ansiada inmortalidad. No precisamos hogueras para el resto de libros ya escritos en una historia de intentos fracasados total o parcialmente. Los leen historiadores, pero no aportan nada pues el futuro está escrito y el pasado es una predicción más. Todo lo sucedido no es más que la necesidad de esa única ecuación. Recuerdos, entonces, curiosos de familia, que vemos en los ratos ociosos, que repasamos para construir una historia que, en verdad, es conocida eternamente.

Quedan, pues, las mañanas anhelantes tras las certezas huyentes. El deseo enfrentado a la realidad. Esa propia angustia que la verdad reduce. Un odio ferviente hacia la visión sub specie aeternitatis.

Observa el libro sobre la mesa, entre los lomos una única página con la ecuación que todo lo contempla. Deja sobre él el café y busca el olvido.


[1] ignacioesro@gmail.com, https://orcid.org/0000-0002-5376-0543

Una historia

Ignacio Escañuela Romana

Herederos de Descartes y Galileo, Newton y Darwin, Spinoza y da Vinci, Marie Curie y Copérnico, … esperamos la gran innovación tecnológica que nos conduzca a la tierra de promisión, al paraíso en la Tierra. Como si pudiésemos encontrar por fin las respuestas todas a nuestras necesidades, la forma no sólo de saciar los deseos, sino de regularlos, la conclusión que acalle las preguntas interiores.

Sobre la cenizas de múltiples batallas y guerra inconmensurable, con tanto sufrimiento, soñamos con alcanza la paz eterna y completa, que estaría al alcance de la mano tras la próxima victoria.

Ahora lo es la inteligencia artificial, que debería de ayudarnos o conducirnos a las respuestas a la necesidad y la escasez, los problemas no resueltos, la crisis ecológica y social, la pobreza. Alguien a quien preguntar quiénes somos y lograr la conclusión. Y lo es la última de las guerra tras la cual la libertad sería posible finalmente, como tantas otras veces que la hemos soñado para, más tarde, recontar los enormes sufrimientos inútiles causados.

Y mientras esperamos ese fin de la historia, la felicidad perpetua, olvidamos las anteriores ocasiones en que lo pensamos y anhelamos. Como en una marcha loca en el tiempo, o contra él, simplemente seguimos corriendo y haciendo historia, deseando que no haya más inquietud, ni más desesperación. En una especie de ida hacia lo posible, olvidamos el camino de retorno que nos devolvería a Ítaca. No importa, escuchamos los himnos de guerra de la historia y anhelantes de victorias avanzamos impertérritos.