El rayo verde

Ignacio Escañuela Romana

Julio 2024

En aquellos días veraniegos, cuando la amargacea comenzaba a soplar, a veces vientos de marea, otros de solano, como decididos por un daimonion socrático, amaba él pasear largamente. Escucharía con curiosidad el sonido del roce de los zapatos con la arena en el camino, mientras recordaría días pasados al alba. Ya en la senectud, había dejado de ansiar la lucha con molinos, la gloria y la fama, y recordaba simplemente.

Comprendía que por primera vez observaba en silencio, sentía en su interior lo percibido, disfrutaba con el hecho de ser hombre y tener limitaciones. No era una felicidad, lo sabía, pues incluso había dejado de luchar por esa quimera. Pero sí tenía la intensa sensación de observar el mundo, como nunca antes, como era. No se hacía ilusiones de veracidad, sabía que todo lo modificamos para verlo a nuestra forma. Incluso aquella forma interior había sido oscurecida por los afanes, la ambición de conquistar el mundo.

Le había costado mucho aceptar que esas vivencias son pasajeras, que toda la vida lo es, y así abandonar la pretensión de eternidad que le había perseguido. Pequeños retazos de emociones que pasaban rápidamente y nada más.

Como el niño que juega en la arena a hacer castillos que la marea borrará, observa ahora el horizonte en llamas rojas y las últimas luces reflejadas en el cielo, rebotando hasta llegar a él. En silencio, junto a la sombra de altos eucaliptos meciéndose al viento, espera quedamente el rayo verde.

Un lento orbayu, entre gatos

Ignacio Escañuela Romana

1 de junio de 2024

Tras una pérdida, aquélla, resonarían una y otra vez los versos de Cesare Pavese, las «viejas palabras» oídas, «vanas y cansadas». Entonces esperar en la nada aunque me dijese, leyendo de forma repetida, soy ya «quien no te espera». Y dejar que el orbayu me vaya calando, observando los cielos de una primavera de ligeras tormentas efervescentes, entre olivos en las tierras ocres, con una naturaleza que siempre renacerá.

Quizá maullar por las noches con esos gatos que sí, «lo sabrán». Seguirán esos «otros días», esas «otra voces», mientras gesticularía… Maullemos, pues, como si lo supiésemos.

Imposible darse de nuevo, musitó Lem a la vuelta de Solaris. Mirando a las lunas ocultas, entre chorreones de ese agua imparable, rostro nocturno «de primavera». Sí, ese corazón que sangra dulcemente, en sombras, «voces y despertares». Tal vez quisiera ya no despertarme tanto en ese «sonido falso de mi moneda» ante el muro de «tu terrible ausencia», de José Agustín Goytisolo.

Entonces al alba, bajo el orbayu, una sonrisa soñada …

Mientras

Ignacio Escañuela Romana

10 de agosto de 2025

Mientras el tiempo avanza al través del polvo acrecentado de caminos sin fin, y él traza andando esas rutas que le pertenecen durante instantes infinitesimales del tiempo irredento, observando la luz emblanquecida por el calor triunfante de la mañana que cruza y se va yendo, en mitad de una nada como otras, cruzada por cansancios múltiples y formas agónicas, sin espacios claros y volúmenes definidos, en cuanto los recuerdos agreden a la consciencia que aspira para cruzar en luces contenidas de colores primarios, y las huellas van quedando en esa senda, cuando estupefacto se pregunta por el destino o el final, cabe la sensación de disfrute del sudor pegajoso que le recorre y del respirar libremente, más allá de los demás y de sí mismo, del mundo y de los significados, por fin suelto y preparado para continuar de momento, y entre las dudas pronunciar la forma de palabras para sí mismo, único, pues, exultante en el dolor.

Porque

Ignacio Escañuela Romana

18 de diciembre de 2022

Porque me miré una mañana en el espejo y pensé. Me observé al pasar y no me vi. Me desperté y dudé. Leí para no recordar. Me iluminé bajo luces falsas de neón como si fuesen el sol. Comí y quise no persistir. Reí en el hueco del vacío sobre vacilaciones. Me llegaron los rumores del viento y oteé atardeceres. Recité el poema y callé perplejo. Respiré y llamaradas heladas cruzaron por mi cerebro.

Porque escribí estas palabras, miré al través de la ventana, soñé.

absurdo

Ignacio Escañuela Romana

26 de julio de 2025

soñó en el horror, meciéndose bajo soles blancos, impersonales, impertérritos, eternos, en extrañas playas sin océano, en vientos universales de levantes saharianos, pasando a su través.

quiso gritar y no pudo, inmóvil y exhausto, atado a su propio ser, condenado a estar, absurdo.

Temía

Ignacio Escañuela Romana

26 de julio de 2025

Temía dormir y asomarse una vez más al silencio negro, alquitranado, como en la antesala del no ser. Odiaba ya esa sensación de realidad oculta, o más bien de la no realidad.

Como en un cortejo inevitable, no podría impedir la zambullida en la noche, habitar en esa boira espesa, entre el infinito y la nada. Apenas sin tiempo, ni espacio, como el hueco absoluto.

En la corriente me perderé, se dijo. Sin lugares, ni momentos, sólo deslizarse en el fluir opaco, en la repetición insensible. No querría.

Impepinable

Ignacio Escañuela Romana

27 de octubre de 2024

Fue un acercamiento o un alejamiento, tanto dio. Entonces fue una extraña claridad, tal vez la absoluta oscuridad nocturna, de sueños perdidos en océanos inmensos.

—Es lo mismo —pensé.

Lo cierto es que el tiempo transcurrió lento y pausado, como si no quisiese apenas existir. Pero, extrañando, me desperté y esto fue definitivo: escuchar la salida del sol lúcido, gorjeando en ondas lumínicas inabarcables.

—En medio de los espacios infinitos, pues, proseguir —me reí con palabras.

Fue impepinable, pero real y llega hasta ahora mismo. Pensé que estaba aún dormido, mas no encontré diferencia y rechacé la idea.

—Estúpido —musité para mí mismo.

Las horas se extienden gritando, como grandes seres alados, y bajo ellas sigo existiendo.

—La perplejidad me reduce, pero no anula, supongo —me digo.

Entonces, el dolor. Y sólo él. De cielos nublados, aunque tersos. De nubes huyentes en el viento, en el tiempo, pero cayentes.

—Alienado —repito desde el pasado, en voz queda.

Callejón


Ignacio Escañuela Romana.

Julio 2021

De repente viví una de las experiencias por las que todos los hombres, de forma abrupta, inesperada y repetitiva, han ido cruzando, llorando las mismas lágrimas, echando los mismos recuerdos absurdos de un tiempo que no puede volver, porque es el pasado, y el pasado es eso: lo que no está presente. Dice Heidegger que la vida humana es un vivir ahí, arrojado, mas los hombres lo vivimos como el eterno recuerdo irrecuperable, la información sobre lo que ya no es, la decisión sobre lo que no podemos cambiar.

Sí, revivo esa canción eterna, me digo:
«No, no quiero volver
A pisar el viejo callejón
Hace tanto tiempo
Y ya no siento nada» Nacho Vegas

Porque el tiempo nos aniquiló allí, mientras fumábamos ese lucky. Ahora, sí, que te va bien, y ese callejón ya no es lo que es, sino lo que fue y no podrá volver.

No, nada por volver, pero ese recuerdo tuyo me quema hasta la raíz y percibo, por fin, la realidad, de esta vida: «hace tiempo ya que tú lo olvidaste».

En estos tiempos en que el viejo lucky es propio ya, y no compartido. Cuando sé que prosigo y soy, quizá, casi el mismo, y tú, sin duda, me olvidaste. ¿Quedar allí a media mañana, entonces?. No, en la sima en que me acostumbré a vivir no cabe volver: nunca más podré pisar ya «el viejo callejón». La existencia es esa despedida y el posterior olvido.

Sigo observando cómo el cigarrillo se consume.

Recóndito

Ignacio Escañuela Romana
9 de abril de 2025

Cielos azules inútiles ante la oquedad del sufriente. Una vida debidamente aniquilada en su simplicidad de blancos, colores, negros.

El viaje no llevó muy lejos, inscrito en la fuente primigenia, llamante.

Rebosados, pues, de enjundia en el suspiro del breve lapso que se alarga y desespera.

No ir, quedar o ser.

Existente, inspira horas como nubes huidas. Pensar y ver se fusionan.

Restante se oculta en el hueco que queda como precipicio en el camino.

¡Ocúltate!, exclamó.