Lágrimas interiores

Ignacio Escañuela Romana

Porque fui hacia la nada y una mañana amaneciendo permanecí allí, observando los cielos levantándose, mientras me preguntaba quién era, quien soy, qué hago aquí, qué recorrería, y el dolor de la existencia se apoderó de mí, y desprecié el espectáculo, ante el dolor de las calles recorridas en un pasado, los kilómetros viajados, las experiencias idas y, sin embargo, dolorosas, sabiendo que los momentos se van en el tiempo no explicado, incomprensible, comprendiendo sólo que estuve aquí, allí, o quizá no lo hice, en el cerro, conforme las plantas se desperezaban, los búhos se ocultaban, los murciélagos vibraban ya en sus cuevas, los gorriones salían de los pocos árboles que quedaban, los cuervos comenzaban a volar, una perdiz emprendía la carrera, el aguilucho cenizo se levantaba del trigal seco, recordando la noche, en ese libro absurdo que fui escribiendo, bajos esos mismos cielos que ríen, la música estallando, las lágrimas interiores, la no meditación de todo, ni de mí mismo, no me despedí, no dije adiós, no me puedo medir, en ese yo vacío, la existencia…

Miedo y el río. Parte IV. 15

Ignacio Escañuela Romana. Miedo y el Río. Novela editada por Ediciones Oblicuas, abril 2019. Muy agradecido a la atención recibida en la citada editorial Ediciones Oblicuas. He recuperado los derechos de reproducción y distribución de esta obra.

Fragmento de la novela:

PARTE IV. 15. 

  • A veces una estructura … contiene una fuerza mayor que la que puede soportar. No se debe tener más de lo que se puede poseer, dijo Rafael. 
  • Eso es lo que se aprecia en los grandes hombres. Algo así como que todo cruje bajo demasiado peso, especificó Tonio, bajo la pensativa mirada de Joeyl. 
  • Sí, aunque no sé por qué llegan a tenerlo, se preguntó Rafael. 
  • ¿Un error?. Supongo que más bien, en el fondo, no se tiene más de lo que se puede, Replicó Tonio. 
  • ¡Qué racionalista!, ¡qué claridad!, añadió Joeyl. 

Tonio se cuestionó qué habría querido decir Joeyl, pero no se atrevió a preguntárselo. Prefirió argüir. 

  • Por ejemplo …, el ejemplo típico, pero algo hay, quizás su creencia en ello, Nietzsche. Como bien le dijo, como hombre una piltrafa, como pensador una excelencia, exaltación. 
  • “Amo a los hombres que quieren desaparecer”. Sí, y la obra supera al autor. El actor es, a veces, más grande que el autor, concluyó Rafael. 
  • Pero, rió Joeyl, ¿qué es eso de la potencia, la fuerza, o lo que sea?. 

Callaron todos interrogándose. 

  • Quizá … no es una tontería, se reconoció Rafael en voz alta, moviendo los brazos para señalarlo y alejarlo. 
  • Claro que es posible que uno no sea sino la falla de su propia estructura, más allá de su conciencia, dijo Joeyl. 
  • Lo que quería decir es que el conflicto va más allá de lo que puedes razonarte sobre él … y, además, que, no obstante, tu interior bien conoce las razones de ese conflicto, y la intuición va más allá de la razón … La propia fuerza interior nos supera, aunque quizá no sea nada más que fuego de artificio para complacencia estúpida, dijo Tonio. 
  • O no … ¿quién sabe?, contestó Joeyl. 
  • Lo cierto es que necesitas creer que podrás superar lo que sea y que eso te conducirá a algún sitio. Además creemos que somos nosotros quienes decidimos y no nuestro interior o nuestro exterior o nada …, consideró Tonio. 

Transcurrió un cierto tiempo. 

  • ¿El esfuerzo quizá sea lo que vale?, preguntó al aire Rafael. Porque, la verdad, el nihilismo me harta. 
  • ¡Claro!, pues entonces eres aún peor que ellos: les haces caso, bromeó Joeyl. 
  • ¿Quién sabe?, bromeó Rafael, sacando estrambóticamente pecho. 
  • Por fin hemos descubierto la esencia de ti, dijo Tonio. Apúntalo, dirigiéndose a Joeyl. 
  • Pero, ¿y si es el cuerpo el que todo lo va dirigiendo?, retornó al tema Rafael, cuando las risas se apagaron. 
  • El cuerpo es siempre lo más fuerte, sobre todo cuando pasa una tía buena, dijo Tonio. 
  • Pero dura menos de lo que podría durar una mente sin cerebro, sin referirme con ello, por supuesto,  que haya efectivamente tal inmortalidad, comentó Joeyl. 
  • Ciertamente, respondió Rafael. Mas, ¿no es el cuerpo el que guarda la memoria del tiempo?: la mente es siempre la misma, si nos situamos en el terreno de su esencia, etc, etc. Sin embargo, cambia más que ella. Sobre todo, es capaz de generación y renovación, lo que ella no puede. 
  • La comunicación es la generación en el otro, y esas tonterías, dijo Tonio cortando el principio del discurso de Joeyl. Y la renovación en la mente es continua, y porque es tan temporal le es difícil guardar memoria de lo temporal por sí sola. Necesita al cuerpo para ser histórica. 
  • Esto se complica, respondió Rafael. Porque, en efecto, sólo la mente como tal tiene recuerdo, historia. Pero, a la vez, ¿quién conoce las razones del cuerpo?. 

Joeyl quiso parecer más interesado ahora. Hablaba demasiado, era un egocéntrico. En verdad, le costaba seguir una conversación en la que no participase, le aburría, y sólo la posibilidad de decir algo le hacía continuar el seguimiento. Por eso, cuanto más parecía estar interesado seriamente acerca del tema y la conversación efectiva, tanto más sus pensamientos estaban en otro lugar. Quería parecer atento, aunque no hablase, quería no parecer egoísta, aunque, en general, su propia actitud le pareciese estúpida.

  • De qué estábamos hablando en realidad?, sonrió Tonio. No, en serio, la fuerza no es nada, el azar es casi todo. Somos unos peleles que creen tener conciencia y voluntad. 
  • La fuerza es sólo de la naturaleza, no pudo retenerse Joeyl. 
  • La fuerza es sólo del cuerpo, dijo Rafael. 
  • La fuerza es sólo de la ocasión, afirmó Tonio. 
  • Y la voluntad, ¿dónde la hemos dejado?, estudió Joeyl, asintiendo ligeramente como un actor y enarcando la ceja derecha. Somos unos petardos de nihilistas, y todos rieron. 
  • Quizás no haya fuerza, añadió Rafael por decirlo. 

Rafael se preguntó acerca de la fuerza que les pertenecía. De todos ellos podía decirse que, tal vez, habían tenido algo; mas también que, si lo habían tenido, lo habían olvidado y asesinado. Aquello del recuerdo, fuese lo que fuese, no era para ellos. 

La verdad era que se sentía ansioso por hablar, por compartir, por comunicar, por yo que sé qué. Se quedaría al final sin nada.

Condenas

Ignacio Escañuela Romana

Y entonces una triple condena. La de ser, la de querer ser y la tentación de no ser.

Somos, y nos extrañamos de ello. Como si no pudiésemos evitarlo. Aunque a veces nos gustaría perdernos en la nada. Somos y nos preguntamos siempre la razón por la que no somos. El ser se nos impone como evidencia, el no ser como certeza.

Por el hecho de ser, peleamos por permanecer, el conato. Quizá nos cuesta admitir que somos y no podemos comprender el hecho, pero simultáneamente deseamos con todas nuestras fuerzas seguir. “Do not gentle into that good night (…) rage, rage against the dying of the light”, dice Dylan Thomas. No te apresures, no aceptes el final.

Tenemos una cierta tentación de no ser e introducirnos pausadamente en la nada. “Donde habite el olvido”, nos dice Cernuda, allí donde “el deseo no exista”.

El hombre se define quizá como especie que es y persevera. Pero también que sabe que no será y siente la tentación de nostalgia en la ausencia del deseo.

Mortal

Ignacio Escañuela Romana

De repente aquel ser comprendió que tanto tiempo no le valía de nada. Absorto, frente a frente, ante la experiencia de aquel mortal, la brutal intensidad de la vivencia, la claridad de los colores, todo aquello que él apenas podía vislumbrar desde el otero de su sustancialidad.

Le observó y pudo leer en su cerebro. Capaz de adivinar la combinación de las sustancias, la brutalidad de las descargas eléctricas, se asombró ante aquellas percepciones y las luces deslumbrantes de aquellas olas tremebundas de sentimientos, que le hacían sacudirse internamente como si estuviese en una mar procelosa, nadando entre el maretazo.

Añoró. pues, quizá, la finitud, sin la que no podía obtener la vida.

Libros sobre libros

Ignacio Escañuela Romana

Agosto 2014

En algún sitio borgiano debe haber un libro de los libros: el que posee la clave de todo el universo. Es quizá casi imposible encontrarlo, pero entonces no hay posibilidad alguna de saber que es EL libro. Quizá nos planteamos que fuese útil encontrar otro libro adicional en que se nos dijese que ése sí es el libro, pero caeríamos en la cuenta de que puede ser que el otro libro, el que dice que no lo es, sea el certero. Ya que todos los posibles han sido escritos y están en la Biblioteca de Borges.

Al viento, sobre los parajes en que el monje, en su senectud, recoge los fragmentos voladores de los manuscritos quemados, en la ex-biblioteca de Umberto Eco, intentamos con él componer un significado. Sobre los fragmentos, uniendo e imaginando, como hacemos con los datos accesibles de la realidad, intentamos completar verdades posibles: libros completos. Pero nos arriesgamos a unir partes heterogéneas y componer un absurdo: ¿o carecían de sentido los libros originales quemados?.

Quizá termine por ser más provechosa la biblioteca Brautigan de los libros rechazados. ¿Qué libro rechazamos al resto de manuscritos decidiendo su insignificancia?. A veces pienso en todos los textos que fueron dejados por los hombres y el tiempo y que nunca podremos leer. Algunos quemados por el propio autor que los creó.

Quizás el libro de todos los misterios fuese rechazado y olvidado irremisiblemente a partir de un libro inútil y que conocemos. Tal vez encontrásemos los escritos de Heráclito y todos los textos redactados sobre su pensamiento necesitasen un profundo borrado y olvido. O es posible que los echásemos de menos como explicaciones más completas y coherentes que los mismos pensamientos originales.

Desconfío, en global, de la sociedad y los tiempos, de las modas y los resaltes, luego añoro los libros condenados al tiempo que fueron abandonados para el olvido. Ideas poderosas a las que ya no podré nunca acceder, sin remedio.

Como todo, el universo, la historia, en tanto hechos humanos, se despliegan en el tiempo. Quizá hacia el olvido, en los espacios y tiempos vacíos, del que nos habla el monje, al final de la obra de Eco. O hacia las caídas infinitas a donde los fallecidos son arrojados en la Biblioteca de Borges.

Los libros quedan como proyectos que clasificamos en base a otros programas, y éstos a su vez …

(Referencias:

Borges, J. L. (2000) La biblioteca de Babel: Cuentos selectos y un poema. Emece. Publicado por vez primera en 1941.

Eco, U. (2003). El nombre de la Rosa. DEBOLSILLO. Publicada por vez primera en 1980.

Sobre la Biblioteca Braunigan, por ejemplo: González, M. (2014). La biblioteca de los fracasados. El País https://elpais.com/cultura/2014/07/01/babelia/1404218227_025028.html)

Of completeness and little men

Ignacio Escañuela Romana

And suddenly, my friend Gödel’s incompleteness theorems. I imagine that on the day he came to them he looked at the trees outside his window, breathed heavily, and set off in search of the clear and distinct perception that must wander through the university garden. I think he prayed to all the gods of logic that day, and sighed for the Leibnizian dream of all-encompassing knowledge. No doubt he laughed with glee at the benefits of intuition, so neglected and reviled in mathematics. In intimate alliance with Plato, they both toasted the eternal forms, more real than any thought of the fundamentals, so human at bottom.

And since then, Gödel’s ghost has haunted us, reminding us that we will not succeed in establishing absolutely the propositions of a certain type, which will inevitably resemble each other, without asking whether they are appropriate. From that moment on, when we went for a walk in the countryside, a little man would come up to us and say with a smile: «I lie». Since then, the phrase «I am wrong» has tended to run through the texts. And at such moments, out of helplessness, you want to take your whole library and set it on fire.

In short, we would like to have the algorithm: something that would make us less human by assuring us beyond any doubt of the truth of what we think. We would introduce into every discussion the procedure of methods which, like a judge, would evaluate all the opinions put forward. Suddenly, Gödel smiles at us and warns us: «When you receive the book of books in the Borgian library, you will not know what the book of books is. You may sense it, but you may not. Look for something that includes its self-reference, take a deep breath, decide if this book is lying to you.

It must be because of all this that I sometimes have nightmares at night in which Feynmann’s equation of everything appears: only to be erased when I wake up, and the fog of reason prevents me from returning to that first intuition. Dream or reality? «I am a dream,» I say to myself. «True or false?», I add.

Perfecto

Ignacio Escañuela Romana

Agosto 2024

Graduamos lo perfecto e imperfecto, jerarquizamos la naturaleza, clasificamos y predecimos los conceptos que, a menudo, ni siquiera nosotros comprendemos en su totalidad, que se nos imponen. Fijamos valores para categorizar, construimos mundos imaginarios y modificamos según nuestros modelos preconcebidos, con la técnica, todo lo que nos rodea, y lo queremos verter en lo que nos es útil.

En realidad, no estamos satisfechos con nada y sólo lo que nos sirve y es nuestro producto existe. Así, como un ser desesperado, fabricamos realidades, nos colocamos como el criterio, como el referente del universo.

Hasta que finalmente añoramos lo primigenio, cuando el mundo era selva y el río sinuoso se deslizaba hacia la desembocadura y las sombras acechantes de la noche creaban pesadillas, la muerte era un realidad diaria y el hombre era un animal satisfecho en sus impulsos no mediados. Una vez lo hemos recordado, lo que somos, retomamos la transformación técnica y seguimos modificándolo todo, incluso a nosotros mismos.

Hasta que finalmente. un día, esos sueños se borren y el animal hombre se haya aniquilado a sí mismo y ya no exista y no recuerde los cantos primigenios, los primeros terrores, las pasiones directas. En ese momento, la técnica, como realidad propia, se impondrá como especie y no existirá nada más que el principio eficacia y la norma perfección. El horror se habrá disipado, ya no habrá extrañamiento, sólo quedará el hecho de la transformación hacia un ideal que se quedó en el camino, al cual servir como a un objeto vacío, referente sólo de sí mismo.

Blue velvet

Ignacio Escañuela Romana.

La nostalgia me rodea, como una niebla densa y persistente. Resuenan en mi mente retazos sin control, pero con mucho sentido. Son tristes y cortantes, pero valiosos. Una y otra vez, sin poderlo evitar, la canción de Bobby Vinton: «And I still can see blue velvet»: porque la noche era azul en mitad de la ciudad mientras tú y yo estábamos.

Quizá porque el hombre ha sido hecho para vivir en un permanente pasado: en la derrota del ahora que veo, siempre, como recuerdo. Tal vez, debido a que construimos de nuevo los hechos y las interpretaciones las recreamos. ¿Cuántas veces no soñamos con algo para, de pronto, caer en la cuenta de que no tiene relación con la construcción consciente que habíamos hecho?. No importa, reinventamos nuevamente y dejamos atrás los sueños.

Byron decía aquello de: sólo me arrepiento de lo que no he hecho. Bueno, no puedo aplicar este principio, la verdad, y lamento muchas cosas que he hecho. Posiblemente, volvería a cometer los mismos errores, aunque, ¿quién lo afirma?, tal vez no. Imposible comprobarlo.

Sabes, todo consistió en bañarnos en la «purple rain», escuchando en un walkman compartido a Prince and the Revolution, cayendo esa lluvia sobre nosotros, andando por la calle, cuando sólo existíamos los dos y todo lo demás, incluso las ambiciones, se había borrado.

Permanece la duda, de esos futuros abiertos en aquel momento que ahora, con certeza, son ya imposibles. Sí, que tú y yo convertimos en una nada. Porque vago por esa noche «tan oscura como fría», por la eterna calle del olvido, conforme escucho a Los Secretos.

Dubitativo y deslumbrado

Ignacio Escañuela Romana

Julio 2024

Andante y dubitativo, en el sur de los soles deslumbradores, cuando ríos de sudor corren por la espalda y la frente, se siente la vida como un corazón anhelante en golpes acelerados, sobre el murmullo de la arena y el polvo del camino que susurran al paso golpeador de los pies del que deambula.

Cuando uno se pregunta quién es y no acierta a contestar mínimamente. Bajo la certeza de la nada hacia otra nada, y mientras en medio el no ser dubitativo.

Bajo esos cielos terriblemente, inconmensurablemente, azules y los horizontes grisáceos. Esperando a la luna creciente en plazas de vecinos que conversan hasta casi el amanecer. En tantas cosas, inexplicablemente donde la verdad se expresa y los dramas solitarios se repiten una y otra vez. En viento de solano, terrible y cargado de calima, mientras la chichara duerme soñando con su canto a escondidas, visionaria de otros soles.

Allí y entonces, le asaltó una terrible nostalgia, como un hambre feroz, un deseo ardiente de quien otea la muerte derredor e intenta seguir.

El último

Ignacio Escañuela Romana

El último filósofo se levantará esa mañana titubeante, hará arder su café para sentirlo, observará las primeras luces del amanecer y entonces…

Sí, sólo quedarán breves comentarios inteligentes, ergotizando, sobre detalles triviales del todo conocidos. Sin dudas, sin problemas ni angustias, ese hombre se sienta todas sus mañanas a calcular lo pensado, analizar lo reducido, sintetizar conceptos sincategoremáticos. Poco a poco, lentamente, incluso los detalles del alba han tomado la tonalidad grisácea de una ligera, insustancial, boira. 

Sin embargo, por debajo de la superficie calma, una fuerte corriente le domina, una sensación persistente de la que apenas es totalmente consciente. Añora aquella época en la que el hombre, él, era mortal y la duda le devoraba el corazón. La sensación del vértigo del error. Recuerda aún cuando, siendo joven, sentía la llamada heraclítea, investígate a ti mismo.

Observa, mientras siente el sabor, amargo y terroso, deslizarse por su boca, su biblioteca desfasada, pendiente de una transmisión obsoleta hacia un cerebro que pensaba a través de una sucesión compleja y podía, debía, equivocarse. Cuando uno se veía obligado a seguir cadenas conceptuales y encontraba un cierto goce en hacerlo hasta el final.

Sí, recuerda, la filosofía habría buscado la esencia de los seres, la permanencia o el cambio, la ley, la función que explique y prediga, los entes conceptuales que den razón de todo lo expresable. Desde un sujeto innovador, habría tratado de profundizar hasta la verdad del propio escenario de la percepción. En fin, habría planteado la historia humana y su valor, junto con la certeza del poder transformador que adquirimos haciéndolo. Un deber universal, para todos y todo lugar. 

Pero, se dice, como había ido repitiendo en estos años de paso, se habría alcanzado la anhelada teoría del todo, la ecuación única que daría razón de todo lo pasado y futuro, incluyéndolo en las regularidades que explican. Ya no quedarían incógnitas, disueltas por una teoría abarcadora de lo más general y lo más específico, alcanzando a completar la comprensión de toda conducta y pensamiento humano, de todas sus motivaciones y estructuras, piensa. No quedaría nada recóndito, ninguna incertidumbre fundamental, tan sólo detalles y glosar las múltiples ramificaciones de las deducciones de esta teoría.

En definitiva, afirma en voz alta, para sí mismo, vivimos bajo un tremendo resplandor. Al preverlo todo, lo aplicamos para alcanzar la ansiada inmortalidad. No precisamos hogueras para el resto de libros ya escritos en una historia de intentos fracasados total o parcialmente. Los leen historiadores, pero no aportan nada pues el futuro está escrito y el pasado es una predicción más. Todo lo sucedido no es más que la necesidad de esa única ecuación. Recuerdos, entonces, curiosos de familia, que vemos en los ratos ociosos, que repasamos para construir una historia que, en verdad, es conocida eternamente.

Quedan, pues, las mañanas anhelantes tras las certezas huyentes. El deseo enfrentado a la realidad. Esa propia angustia que la verdad reduce. Un odio ferviente hacia la visión sub specie aeternitatis.

Observa el libro sobre la mesa, entre los lomos una única página con la ecuación que todo lo contempla. Deja sobre él el café y busca el olvido.

En:

1.htmlhttps://papelescaracol.blogspot.com/2022/07/revista-los-papeles-del-caracol-numero-1.html