Condenas

Ignacio Escañuela Romana

12 de abril de 2024

Y entonces una triple condena. La de ser, la de querer ser y la tentación de no ser. Somos, y nos extrañamos de ello. Como si no pudiésemos evitarlo, aunque a veces nos gustaría perdernos en la nada. Somos y nos preguntamos siempre la razón por la que no somos. El ser se nos impone como evidencia.

Además, por el hecho de ser, peleamos por permanecer. El conato. Quizá nos cuesta admitir que somos y no podemos comprender el hecho, pero simultáneamente deseamos con todas nuestras fuerzas seguir. “Do not gentle into that good night (…) rage, rage against the dying of the light”, dice Dylan Thomas. No te apresures, no aceptes el final.

Y, sin embargo, tenemos una cierta tentación de no ser e introducirnos pausadamente en la nada. “Donde habite el olvido”, nos dice Cernuda, allí donde “el deseo no exista”.

El hombre se define como especie que tiene la tentación del olvido. Comparte la condena, participa dolorosamente en un conato que sabe destinado a fracasar y atisba el olvido. Doloroso pero presente.

Días en otoño

Ignacio Escañuela Romana

18 de enero 2024

Al salir de la tarde, aún en el trabajo: en la turbidez de luces huyentes ocres, que ardieron en una ocasión como luces fulgidas, hoy decadentes en sí mismas, en su observación.

La ventana abierta en el mundo, a partir de reuniones absurdas que parecerían gritar su hastío. Conversaciones que rebotan en el oído y quedan muertas antes de la comprensión.

Y por allí, en algún lugar oculto, su propio yo vivo, se supone. No importa el diálogo, ni las luces, ni el mundo en plena decadencia. Tal vez no importe nada.

— En el espejo del mundo me observo —se dice a sí mismo—. Perplejo tiemblo, asustado de mi propia inanidad.

Mientras oradores interminables se autoafirman declamando lugares comunes, en la búsqueda incesante del éxito, se siente ajeno, propio, viajero en las luces ocres.

Tiempos de escisión

Ignacio Escañuela Romana

Septiembre 2024

Apenas recuerda nada de esos años, tiempos tendidos y desesperados, viviendo bajo un tremebundo estallido interior de luz blanca fulgurante, inicio de la guerra implacable en una consciencia escindida. De que lo real casi se borró y en días extraños deambulaba por calles y parques interiores. No había nada más.

Tras años de experiencias y trabajos, compromisos desconocidos se instalaron y consolidaron, haciéndole volver a la realidad en una consciencia nuevamente unida.

Ahora es esto y lo anterior, a pesar de que sólo se da cuenta de lo que es aquí y ahora. Es ahora esto, su pasado, y, como expresión de lo que sucedió, queda una novela.

Últimos días

Ignacio Escañuela Romana

22 de septiembre, 2024

Fue tal vez que encontró una voz interior, que una noche del verano deslizante lo pesó todo en una romana y el resultado le asustó. Pero no pensó en lo ausente, ni el tiempo durmiente y su cantidad, sino en el dolor, como si fuese el ruido de las olas rompientes de una mar cercana, inexorables y desesperadas. Tardó en recuperar el sueño y después vio a Cthulhu en el abismo de la oscuridad, escuchando profundos golpes orgiásticos de tambor.

A la mañana siguiente se levantó somnoliento y pesado, tomó dos cafés, se vistió y salió a la calle para ir al trabajo. Con una idea del tiempo duro, en los últimos días, observó amanecer.

Viejo mundo

Ignacio Escañuela Romana.

29 de octubre de 2018.

Camarón nos dice en su cante Viejo Mundo: «El mundo, un grano de polvo en el espacio». Claro, las Rubbaiyat y lo efímero del mundo y de la existencia humana. Una poderosa reflexión que nos termina alcanzando: «Cuando muera, ¿no seré como Enkidu? El espanto ha entrado en mi vientre . Temeroso de la muerte , recorro sin tino el llano», dice Gilgamesh en el primer libro registrado, en la epopeya de Gilgamesh.

La literatura nació como una reflexión de la muerte como realidad humana. La filosofía como mirarse es el olvido irremediable, en el hecho de que toda la información generada se perderá en el tiempo.

Frente al temor de la muerte, la filosofía helenística dio algunos consejos, para procurar una vida feliz. «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación» (Carta a Meneceo). La muerte no produce temor, dice Epicuro, porque cuando llega perdemos toda percepción.

«¿Qué es la muerte? (…) es obra de la naturaleza. Y si alguien teme la acción de la naturaleza, es un chiquillo. Pero no sólo es la muerte acción de la naturaleza, sino también acción útil a la naturaleza», dice Marco Aurelio en sus Meditaciones.

Sin embargo, ceñuda, la muerte, el olvido, el suceder, se nos imponen, más allá de nuestras preparaciones racionales. «Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza», reflexiona Luis Cernuda. En algo que Joseph Conrad describió como la línea de sombra, cuando sabes que no volverás más a hacer esto o aquello, a ser de tal o cual forma.

De la misma forma, la literatura recoge esa realidad sin más, como ese hecho ineluctable. «Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito», nos dice de la muerte del coronel Aureliano, García Márquez, en Cien años de soledad. 

Pero, quizá, como señala el poema de Goytisolo, ese paso más, sí nos deja a los vivos en la soledad: 

«Porque escucho el sonido falso de mi moneda
al chocar contra el mármol
de tu terrible ausencia».

«Escuché sus pasos alejándose por el pasillo», narra Chandler en el adiós definitivo. En la entrada al sueño eterno de Hammet, que nos espera ahí, conforme escuchamos nuestro propio caminar por tantos pasillos por los que no retornaremos.

Entonces, sí, Khayyam: «Alégrate, no tomes la vida muy en serio:
las dudas no alteran el curso del destino»

Últimos pasos

Ignacio Escañuela Romana

23 de septiembre, 2024

Intuía que era la última vez que recorrería aquella ruta, improvisada pero repetida, en la que una tarde habló, gritó y perjuró para después callar permanentemente. Tal vez aquellos vientos de aquella primavera habían logrado aquietarse en algún lugar lejano, o quizá no y arrojados y valientes siguiesen corriendo por estepas y bosques del norte, donde mares tempestuosos se funden con cielos grises de nieves perpetuas.

Sabía que ya todo aquello habitaba en la región del pasado en la que siempre sigue el silencio y a éste ya nada.

Deambuló queda y largamente por aquellos caminos de la tarde anocheciente del otoño, cuya luz descendía sobre vivos, languidecientes y muertos. Él no pertenecía a ninguno de ellos, en la nostálgica extrañeza calmosa sobre vientos, nubes, árboles, sombras hirientes.

Así, en un mundo caduco y cíclico, su corazón se despidió de sí mismo. También de sus recuerdos.

Photo by Sergio Kian on Unsplash

Derrota

Ignacio Escañuela Romana

—Derrota, sí —se dijo—. Derrota con dolor y sin excusas ni sueños, sin nostalgias ni engaños —añadió para sí mismo.

Paseó lentamente aquella noche por el camino polvoriento rodeado de encinas y alcornoques, bajo las luces de una luna menguante y estrellas furiosas. Apenas el canto de la chicharra y algún autillo cercano, indiferente a todo lo que no fuese su llamada. Por los mismos lugares que décadas atrás había recorrido, apenas poco antes de ir a la mili y emprender mundo.

—Fracaso porque tuve y no retuve, porque podría y no quise, desde el momento en que se hace, hasta el punto final —pensó.

—Sí, en una experiencia repetida incesantemente por tantos hombres que han existido y existirán, en el fiasco irreparable de los deseos y esperanzas que raudas se abalanzan hacia el final —se dijo en voz baja.

No lo puede ver, imposible, apenas contempla el paisaje oscuro y tranquilo, los árboles parados, la absoluta calma; mas allí está un chaval que camina presuroso soñando en aventuras y vivencias, en sentir intensamente y ver otras realidades, viajar, trabajar, probarse a sí mismo. Asaltado de dudas duras, pero impasible en el valor.

Se cruzan, pues, sin verse en el mismo camino que une treinta años de distancia. Que junta irremediablemente las formas iguales de la victoria anticipada y el dolor ya vivido, fundiendo en una misma sensación, ni sublime ni absurda, la vida tendida en el tiempo.

(Photo by Artur Shamsutdinov on Unsplash)

Autenticidad

Ignacio Escañuela Romana

De pronto, exhausto, se dio cuenta de que se hundía, tanto más cuanto menor importancia tenía lo que hacía. Claro, ¿qué era vital y qué no lo era? ¿Lo fijaban los demás? Siendo un Robinson perdido en una isla, ¿qué sería importante? Puesto que todo se perdería en el tiempo… Entonces, ¿por qué analizar o concluir nada? Así, a veces, le parecía pensar que toda la vida era una especie de venderse, como perder autenticidad, ¿una derrota? «Estoy perdido» murmuró mientras se acostaba. «Sería mejor darse por extremadamente perdido», añadió para sí mismo. Mientras, ondas negras ocuparon su mente y simplemente se durmió. De forma increíble, soñó plácidamente, como en un retorno a la autenticidad.

Miedo y el río. Parte 1, 2

Ignacio Escañuela Romana. Miedo y el Río. Novela editada por Ediciones Oblicuas, abril 2019. El autor ha recuperado los derechos de reproducción y distribución.

Fragmento de la novela:

¿Cuál fue la primera señal?. La hoja de un naranjo que vuela en su caída, la fruta madura que se demora mientras fenece. ¿No habéis oído el canto de los árboles?, ¿nunca habéis caminado por un bosque de altos árboles, a oscuras?.

Sí, la primera señal fue, sobre la ciudad, mientras los árboles cantaban y gemían, el cielo azul del anochecer. Y fue cayendo el día, como sólo una vez puede uno desaparecer, murmurando su propia desgracia. Los edificios, desde su triste herrumbre corrompida, contemplaron ese cielo, y los hombres transcurrían inconscientes por las calles. Los sueños gritaron “estoy muerto”.

¡Cómo disfrutan los árboles de su propio esplendor estacional!. Pero, cuando termina, ¿habéis percibido el llanto de las hojas que caen?.

Y, al fin, se fue yendo, de la manera como la hace el que ya no volverá. Fue partiendo hacia la última playa con el último resplandor. Lo hizo lentamente, como las palabras repetidas, dando la impresión de eternidad. Yo era la hoja.

Allí, comencé

Ignacio Escañuela Romana

Me adentré. No tenía respuestas ni dudas, sólo existía y sentía, como un hueco, viendo y degustando cada instante. Luces y sombras me resultaban indiferentes, tan delatado por todo lo contrario. Entré, pues, como cáscara vacía, sin deseos.

Pero descubrí el brillo de estrellas en la enorme noche oscura, en la amplitud. Un firmamento deslumbrante en la noche desprovista, perdida, consigo misma, única, solitaria como en el principio de todo.

Sin miedo, abandonado y ausente, mas estante, comencé.