Me adentré

Ignacio Escañuela Romana

Entré en la noche ardiente, sentí las llamas formarme. Ahora estoy aquí, sentado, pensativo, observando las luces que me rodean, blancas y, a veces, azules, reflexionando sobre el pasado convertido en nada, el viento solar barriente. No, no echo nada de menos, prefiero este presente instantáneo en las llamaradas horripilantes. No anhelo el tiempo y las dudas, las sombras y los colores alternantes, la oscuridad de mi alma, los errores. He comprendido, sí, que pertenezco a este aquí y ahora como vientos fulgurantes intensos. He aceptado, entonces.

2 de enero de 2025

Susurro

Ignacio Escañuela Romana

2 de septiembre de 2025

Dejando la carrera por esto o aquello, lograr no perder una cierta perspectiva de lo real. Reacostumbrarse, entonces, a amaneceres y anocheceres, bajo el cielo y en el susurro de los olivos en la marea nocturna. Reviviendo el silencio de la luna que recorre impasible el firmamento. Olvidando la chispa de la prisa y la preocupación agotadoras.

Si succiderit, de genu pugnat

«[…] El que cae lleno de coraje en el combate, si succiderit, de genu pugnat (1); el que después de desafiar los peligros ve la muerte cercana aunque por ello no disminuya en nada su fortaleza; quien al exhalar el último suspiro mira todavía a su enemigo con altivez desdeñosa, ése cae derrotado, pero no por nosotros, sino por la adversidad; puede morir, pero no sentirse vencido. Los más valientes son a en ocasiones los más desgraciados.

Así que puede decirse que hay pérdidas triunfales, equivalentes a las victorias. […]» (Michel de Montaigne, Ensayos. Libro Primero, Capítulo XXX: «De los caníbales». De la edición en español de E.D.A.F., 19741. Traducción de Enrique Azcoaga)

(1) «Si cae en tierra combate de rodillas.» (SÉNECA, de Providentia, c. 2. vencido. Claudiano, Desexto consulato Honorii, v. 248.)

(En el inicio del maravilloso libro de Zweig: Castalión contra Calvino)

Tal vez el tiempo

Ignacio Escañuela Romana

27 de agosto de 2025

Fue tal vez el tiempo tendido en los vientos de poniente del otoño acechante y confuso, a horas avanzadas de la tarde en medio de un sencillo campo de olivos descansando tras mares de luz del mediodía; o quizá simplemente los recuerdos fortalecidos que reclamaban inmisericordes la constancia de las oportunidades perdidas y los hechos irrealizados, con su carga de exigencia primigenia e inquieta; o es posible que simplemente la edad llamaba a rememorar las historias ya míticas de la memoria real de tiempo y espacio de una cierta epopeya personal reconstruida pero inefable por sí misma; o cabía que la belleza aguardaba tras la luz acostada de los rayos anhelantes y fantásticamente rojos del sol desapareciente en la bruma que se posaba casi nocturna; o…

Nostalgia filosófica

Ignacio Escañuela Romana

18 de agosto de 2025

Al primer filósofo le subyugó la temporalidad del mundo, el hecho incomprensible de que todo existe en el antes y el después, hasta desaparecer. Preguntó inevitablemente por el por qué. En cuanto lo hizo, fijó el destino del pensamiento en la historia.

Desde entonces, todos los pensadores han buscado lo estable y permanente. ¿Qué podría ser fuera del tiempo? Supusieron que algún principio o ley sería permanente. Una esperanza.

El filósofo se sienta, pues, aquí y ahora bajo las estrellas, como tantos otros antes y después, en esa historia hecha por los hombres en el tiempo pasajero. Observando paciente el transcurso, lo huyente, todo lo inexplicable como tal, siente una terrible nostalgia.

Revivir leyendo

Ignacio Escañuela Romana

18 de agosto de 2025

En la lectura de la novela encontró personajes con sentimientos más fuertes y específicos, situaciones más originales, detalles más profundos e instantáneos.

Le chocó profundamente porque fue como recordar viejos sueños y vivir antiguas experiencias.

Extraño ante sí mismo se vio obligado a reflexionar sobre los años en el abandono, las experiencias dejadas atrás. En fin, sobre la autenticidad.

Comprendió que las intenciones buscadas no llegaban a aproximar al impulso imperioso de ser sí mismo., de no abandonar de ningún modo esa materia de la vida que sentía intrínseca. Como si todo fuese seguir un hábito vacuo e insulso, carente de valor.

Entonces, en la lectura apasionante del texto convertido en sí mismo, comenzó a revivir.

Amplitud pero

Ignacio Escañuela Romana

14 de agosto de 2025

A veces consideraría la misma amplitud del universo y el lugar del existir, y su tiempo. Pensaría en comprenderlo de alguna manera, críptica pero eficaz, en visiones oscuras o luminosas, nocturnas. También en entenderse. Tal vez esto último era más difícil aún que lo primero.

Pero, sucediese o no, la mente se obcecaba en imponer sus propios sueños, quizá recuerdos transversos.

Mientras, quisiera retornar a sueños metafísicos inesperados en la eternidad de espacios y tiempos. En todo caso, ser audaz en imaginar y, entonces, decidir.

El día fue largo

Marta Escañuela Nieves

22 de noviembre de 2022

El día fue largo, nada salió como esperaba. Me encuentro paseando con los aullidos de la noche. Huelo el olor a humedad, los zapatos la sienten mientras camino. Cruzo cerca del bar desaliñado de la esquina. Estoy segura de que le quedan muchas batallas por pelear. Sin embargo, sus clientes parecen haberlas perdido todas mientras se ahogan en sus vasos de cerveza cutres. Mi soledad me alerta y así, me concentro de nuevo en mis pies y en la vereda. Toco mis bolsillos, esperando que mis dedos rocen algo metálico. Suspiro, mis llaves se encuentran en su sitio. Sigo a mis pies, ellos hacen su caminata semanal sin ningún atisbo de duda. Aquí estoy, de nuevo en el supermercado buscando llenar mi nevera después de una larga semana de traslados incesantes. La vida adulta es como aquellas caritas sonrientes que los adolescentes se tatuaban en la piel por medio de un mechero. Te sonríen en la piel mientras la quema y altera sin percatarte. 

Queremos correr rápido con pasos sabios que nos lleven a lugares prediseñados en nuestra mente. Aun así, nos encontramos con unos pies tardíos y unos días que navegan entre la realidad y el sueño. Días se vuelven faltos de intensidad y caricias.

El rayo verde

Ignacio Escañuela Romana

Julio 2024

En aquellos días veraniegos, cuando la amargacea comenzaba a soplar, a veces vientos de marea, otros de solano, como decididos por un daimonion socrático, amaba él pasear largamente. Escucharía con curiosidad el sonido del roce de los zapatos con la arena en el camino, mientras recordaría días pasados al alba. Ya en la senectud, había dejado de ansiar la lucha con molinos, la gloria y la fama, y recordaba simplemente.

Comprendía que por primera vez observaba en silencio, sentía en su interior lo percibido, disfrutaba con el hecho de ser hombre y tener limitaciones. No era una felicidad, lo sabía, pues incluso había dejado de luchar por esa quimera. Pero sí tenía la intensa sensación de observar el mundo, como nunca antes, como era. No se hacía ilusiones de veracidad, sabía que todo lo modificamos para verlo a nuestra forma. Incluso aquella forma interior había sido oscurecida por los afanes, la ambición de conquistar el mundo.

Le había costado mucho aceptar que esas vivencias son pasajeras, que toda la vida lo es, y así abandonar la pretensión de eternidad que le había perseguido. Pequeños retazos de emociones que pasaban rápidamente y nada más.

Como el niño que juega en la arena a hacer castillos que la marea borrará, observa ahora el horizonte en llamas rojas y las últimas luces reflejadas en el cielo, rebotando hasta llegar a él. En silencio, junto a la sombra de altos eucaliptos meciéndose al viento, espera quedamente el rayo verde.

Un lento orbayu, entre gatos

Ignacio Escañuela Romana

1 de junio de 2024

Tras una pérdida, aquélla, resonarían una y otra vez los versos de Cesare Pavese, las «viejas palabras» oídas, «vanas y cansadas». Entonces esperar en la nada aunque me dijese, leyendo de forma repetida, soy ya «quien no te espera». Y dejar que el orbayu me vaya calando, observando los cielos de una primavera de ligeras tormentas efervescentes, entre olivos en las tierras ocres, con una naturaleza que siempre renacerá.

Quizá maullar por las noches con esos gatos que sí, «lo sabrán». Seguirán esos «otros días», esas «otra voces», mientras gesticularía… Maullemos, pues, como si lo supiésemos.

Imposible darse de nuevo, musitó Lem a la vuelta de Solaris. Mirando a las lunas ocultas, entre chorreones de ese agua imparable, rostro nocturno «de primavera». Sí, ese corazón que sangra dulcemente, en sombras, «voces y despertares». Tal vez quisiera ya no despertarme tanto en ese «sonido falso de mi moneda» ante el muro de «tu terrible ausencia», de José Agustín Goytisolo.

Entonces al alba, bajo el orbayu, una sonrisa soñada …