El libro de aquel verano

Ignacio Escañuela Romana

15 de julio de 2022

Jamás he vuelto a disfrutar tanto leyendo literatura como en aquel verano sevillano, caluroso hasta la extenuación. Apenas había dejado atrás el sudor de la noche, en un tiempo sin aires acondicionados, cuando abría el libro y llegaba esa hora en la que el breve viento suave de marea, en ascenso por el valle del Guadalquivir, paraba y los plataneros dejaban de susurrar. Seguía un orden fácil: tomar una colección estándar de novelas contemporáneas e intercalar algunas otras obras por atracción.

Al anochecer, daría algún paseo tardío por las plazas y el río, y muchas noches visitaría el cine para ver películas de serie B, en las que imaginar y encontrar algo. Allí sí había abundante aire acondicionado, tanto que se llevaba un chaleco. Mientras veía la peli e imaginaba, tocaban, claro, palomitas y, a menudo, paquetes de gomitas. A obscuras, oportunidad para situarse en otro mundo. Luego vuelta a casa en un paseo parsimonioso bajo la noche.

Pero lo central era lanzarme todo el día a la literatura. Afronté las obras completas de Sófocles, y alguna de Aristófanes. Pasé a la novela contemporánea, la técnica de Contrapunto de Huxley, El Archivo de Egipto de Sciascia y su reflexión sobre los límites de la verdad y la retórica, la durísima Muerte en Venecia de Mann, el maravilloso Hombre que fue Jueves de Chesterton, la violencia antisocial del Agente Secreto de Conrad, y, así, un largo etcétera. También tuve mis fracasos, me retiré ante la complejidad de Abaddón el Exterminador de Sábato, aunque, a cambio leí la mucho más corta El túnel; reculé ante el Ulises de Joyce y, por ello, me perdí en la contemplación de su Dublineses. Me han ido mirando acusadores esos libros desde la estantería, aunque finalmente superé el Ulises. En cambio, he de añadir el Juego de los Abalorios de Hesse, también esperando una segunda oportunidad. Quizá a que lenta y pacientemente mundo exterior e interior coincidan.

Descender a las páginas y devorarlas, mientras la calle ardía y el silencio recorría la gran ciudad, fue una experiencia única. Todavía quisiera repetirla y, alguna vez, tengo que hacerlo: leer por leer, leer por vivir, o vivir para leer. Un verano ardiente. Tal vez un invierno gélido y nevado de los que aquí, en el Sur, no tenemos. Pero leer y perderme en la imaginación, que bordea lo que el autor quiso expresar y yo me atrevo a modificar a mi capricho. Para hacer, entre los dos mundos nuevos, interpretaciones diferentes, en un diálogo entre lo que se escribió y lo que se lee.

Quizá la literatura sea sólo un diálogo a través de los años, las décadas y los siglos. Tal vez los libros hablen entre ellos y susurren soluciones nuevas en las noches en que dormimos y no sabemos oír. O, es posible, como en el final de El Nombre de la Rosa, de Eco, que toda la vida intentamos ir tomando hojas sueltas que se agitan al viento para intentar componer un libro completo, un significado, la conclusión de la vida. Sin conseguirlo.

«Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo», nos dice Joyce en Dublineses, tras contarnos en sucesivos cuentos el paso por la vida, desde la juventud hasta las últimas experiencias. Pero ese verano, bajo el sol brillante y único del Guadalquivir, sentí las sucesivas vidas y experiencias que nos relatamos a través de las palabras, los anhelos y temores, los significados, las conclusiones no rematadas, los principios que se quedan inconclusos. Como en la Biblioteca Universal de Borges, mis lecturas conformaron un libro de todas ellas. Un verano del Sur. Único.

Perplejo

Ignacio Escañuela Romana

13 de julio de 2024

Me dijo ella, mirándome con curiosidad: —¿Quién eres? Te voy a contar tu historia, y, después, perplejo, la duda acechará a tu nombre y mirarás a tu interior sin comprender nada.

Desde entonces me pregunto quién se supone que soy, adónde he ido para volver de inmediato, qué verdades no son más que viento. Ansío ir en pasos quedos, en la búsqueda de mi sombra. Sin embargo, permanezco y, asombrado, sueño con noches repletas de fiebre asolada.

No me importa, mas temo no ser lo que supongo, que el tiempo sople borrando mi historia.

Me adentré

Ignacio Escañuela Romana

Entré en la noche ardiente, sentí las llamas formarme. Ahora estoy aquí, sentado, pensativo, observando las luces que me rodean, blancas y, a veces, azules, reflexionando sobre el pasado convertido en nada, el viento solar barriente. No, no echo nada de menos, prefiero este presente instantáneo en las llamaradas horripilantes. No anhelo el tiempo y las dudas, las sombras y los colores alternantes, la oscuridad de mi alma, los errores. He comprendido, sí, que pertenezco a este aquí y ahora como vientos fulgurantes intensos. He aceptado, entonces.

2 de enero de 2025

Susurro

Ignacio Escañuela Romana

2 de septiembre de 2025

Dejando la carrera por esto o aquello, lograr no perder una cierta perspectiva de lo real. Reacostumbrarse, entonces, a amaneceres y anocheceres, bajo el cielo y en el susurro de los olivos en la marea nocturna. Reviviendo el silencio de la luna que recorre impasible el firmamento. Olvidando la chispa de la prisa y la preocupación agotadoras.

Si succiderit, de genu pugnat

«[…] El que cae lleno de coraje en el combate, si succiderit, de genu pugnat (1); el que después de desafiar los peligros ve la muerte cercana aunque por ello no disminuya en nada su fortaleza; quien al exhalar el último suspiro mira todavía a su enemigo con altivez desdeñosa, ése cae derrotado, pero no por nosotros, sino por la adversidad; puede morir, pero no sentirse vencido. Los más valientes son a en ocasiones los más desgraciados.

Así que puede decirse que hay pérdidas triunfales, equivalentes a las victorias. […]» (Michel de Montaigne, Ensayos. Libro Primero, Capítulo XXX: «De los caníbales». De la edición en español de E.D.A.F., 19741. Traducción de Enrique Azcoaga)

(1) «Si cae en tierra combate de rodillas.» (SÉNECA, de Providentia, c. 2. vencido. Claudiano, Desexto consulato Honorii, v. 248.)

(En el inicio del maravilloso libro de Zweig: Castalión contra Calvino)

Tal vez el tiempo

Ignacio Escañuela Romana

27 de agosto de 2025

Fue tal vez el tiempo tendido en los vientos de poniente del otoño acechante y confuso, a horas avanzadas de la tarde en medio de un sencillo campo de olivos descansando tras mares de luz del mediodía; o quizá simplemente los recuerdos fortalecidos que reclamaban inmisericordes la constancia de las oportunidades perdidas y los hechos irrealizados, con su carga de exigencia primigenia e inquieta; o es posible que simplemente la edad llamaba a rememorar las historias ya míticas de la memoria real de tiempo y espacio de una cierta epopeya personal reconstruida pero inefable por sí misma; o cabía que la belleza aguardaba tras la luz acostada de los rayos anhelantes y fantásticamente rojos del sol desapareciente en la bruma que se posaba casi nocturna; o…

Nostalgia filosófica

Ignacio Escañuela Romana

18 de agosto de 2025

Al primer filósofo le subyugó la temporalidad del mundo, el hecho incomprensible de que todo existe en el antes y el después, hasta desaparecer. Preguntó inevitablemente por el por qué. En cuanto lo hizo, fijó el destino del pensamiento en la historia.

Desde entonces, todos los pensadores han buscado lo estable y permanente. ¿Qué podría ser fuera del tiempo? Supusieron que algún principio o ley sería permanente. Una esperanza.

El filósofo se sienta, pues, aquí y ahora bajo las estrellas, como tantos otros antes y después, en esa historia hecha por los hombres en el tiempo pasajero. Observando paciente el transcurso, lo huyente, todo lo inexplicable como tal, siente una terrible nostalgia.

Revivir leyendo

Ignacio Escañuela Romana

18 de agosto de 2025

En la lectura de la novela encontró personajes con sentimientos más fuertes y específicos, situaciones más originales, detalles más profundos e instantáneos.

Le chocó profundamente porque fue como recordar viejos sueños y vivir antiguas experiencias.

Extraño ante sí mismo se vio obligado a reflexionar sobre los años en el abandono, las experiencias dejadas atrás. En fin, sobre la autenticidad.

Comprendió que las intenciones buscadas no llegaban a aproximar al impulso imperioso de ser sí mismo., de no abandonar de ningún modo esa materia de la vida que sentía intrínseca. Como si todo fuese seguir un hábito vacuo e insulso, carente de valor.

Entonces, en la lectura apasionante del texto convertido en sí mismo, comenzó a revivir.

Amplitud pero

Ignacio Escañuela Romana

14 de agosto de 2025

A veces consideraría la misma amplitud del universo y el lugar del existir, y su tiempo. Pensaría en comprenderlo de alguna manera, críptica pero eficaz, en visiones oscuras o luminosas, nocturnas. También en entenderse. Tal vez esto último era más difícil aún que lo primero.

Pero, sucediese o no, la mente se obcecaba en imponer sus propios sueños, quizá recuerdos transversos.

Mientras, quisiera retornar a sueños metafísicos inesperados en la eternidad de espacios y tiempos. En todo caso, ser audaz en imaginar y, entonces, decidir.

El día fue largo

Marta Escañuela Nieves

22 de noviembre de 2022

El día fue largo, nada salió como esperaba. Me encuentro paseando con los aullidos de la noche. Huelo el olor a humedad, los zapatos la sienten mientras camino. Cruzo cerca del bar desaliñado de la esquina. Estoy segura de que le quedan muchas batallas por pelear. Sin embargo, sus clientes parecen haberlas perdido todas mientras se ahogan en sus vasos de cerveza cutres. Mi soledad me alerta y así, me concentro de nuevo en mis pies y en la vereda. Toco mis bolsillos, esperando que mis dedos rocen algo metálico. Suspiro, mis llaves se encuentran en su sitio. Sigo a mis pies, ellos hacen su caminata semanal sin ningún atisbo de duda. Aquí estoy, de nuevo en el supermercado buscando llenar mi nevera después de una larga semana de traslados incesantes. La vida adulta es como aquellas caritas sonrientes que los adolescentes se tatuaban en la piel por medio de un mechero. Te sonríen en la piel mientras la quema y altera sin percatarte. 

Queremos correr rápido con pasos sabios que nos lleven a lugares prediseñados en nuestra mente. Aun así, nos encontramos con unos pies tardíos y unos días que navegan entre la realidad y el sueño. Días se vuelven faltos de intensidad y caricias.