Deambular

Ignacio Escañuela Romana

20 de agosto de 2023

Max Weber pensaba que la cultura occidental genera una tendencia a una progresiva racionalización de la vida humana. No es algo difícil de entender, cogemos el tiempo y a nosotros mismos nos lo medimos para ver qué hemos obtenido. En el trabajo se trata de establecer procedimientos cada vez más reglados para lograr que los productos sean más y mejores. En la educación se desprecia el componente humano y se quieren introducir procedimientos de ejecución y medida, como si uno estuviese en el proceso de fabricación de un coche. Nos hacemos el objeto de nuestra propia actividad de reglamentación. En cierto modo, dejamos de ser un sujeto.

Bueno, la introducción de la inteligencia artificial aumenta esa imposición de reglas, procedimientos, medición. Conforme las empresas se sometan a los dictados de un ordenador, los trabajadores serán elementos de una cadena de montaje. Es como hacer cuentas en una calculadora cuando ya ni me acuerdo de sumar. Hasta que quien manda es esa calculadora.

Es curioso, pero en política no parece que suceda esto mismo. Vivimos en una época de partidos, no sólo literalmente, sino en el sentido futbolístico del término. Este es el mío y es perfecto, a ver si ganamos aunque sea a penaltis. Como si estuviésemos discutiendo por honor. Por cierto, esas lealtades recuerdan lejanamente al último período de la Edad Media (ve el clásico de Huitinga).

En fin, al menos por las tardes, cuando la amargacea se levanta y vamos a despedir el día, conviene coger distancia de las lealtades exaltadas y de los procesos racionales, respirar un poco, tomar un buen libo de literatura o ir al teatro, hablar por hablar, sentir aquello que escribió Arthur Rimbaud:

«En las azules tardes de verano, deambularé por los senderos
herido por el trigo, pisando la fina hierba:
soñador, sentiré el frescor en mis pies,
dejando que el viento acaricie mi desnuda cabeza.»

Se desliza

Ignacio Escañuela Romana

Tras noches vaporosas de ensueños blancos, despertar para volver a dormir, soñar para aproximar la realidad. No queda nada ante la procela incansable que es la vida que empuja y crea esas pesadillas de la nada. Cuando en horas lentas se presenta lo que no es y se establece paciente.

Calado, pues, hasta los huesos, en medio de la tempestad de vientos callados susurro para mí mismo: ¿yo?. Entornando, entonces, los ojos, en la ligera duermevela que no me deja partir, ¿podría cambiar?. No, pienso. Al menos no mentir, me grito silente a mí mismo.

Amaneceres en el tiempo que se desliza. Todo aquello que podría …

¿Puede algo conseguirse?

Ignacio Escañuela Romana

Inmersos en la prisa, hechos pasan y vuelan sin recuerdos ni sensaciones, como en un mecanismo. Los objetivos y finales se antojan completos, con un sentido pleno de la vida. Quizá, años más
tarde, logrados o no, ¿puede algo conseguirse?, quedará la pregunta por el significado.

Educar como participar en la tradición, entrar en la cultura como herencia y comprensión desde el presente. Desde ese trampolín, saltar hacia el ámbito de la libertad, sentida como la creación de algo nuevo, como actividad. Sin ella, ¿es posible la existencia humana? Tal vez todos los cursos tienen repeticiones, lo que se da y ni queda en el recuerdo consciente. Años más tarde, la sensación de su omisión, de una carencia del lugar y uno mismo en él. Ese escenario y en él la actuación. Pero todo lo grande existe en el riesgo, nos dijo Platón. La libertad es lo inesperado como acción. Imaginar las aulas como espacios abiertos hacia un mundo exterior apasionante.

En la prisa, eléctrica la vida exclamó Miguel Hernández, más allá del mecanismo compulsivo; alcanzar el sentido y respirar la libertad.

(Texto incluido en junio de 2023 en revista escolar, bachillerato)

¿Lo humano?

Ignacio Escañuela Romana

¿Cuál es la experiencia más humana?, me pregunté. Y entonces se me ocurrió que la risa y el llanto. Pero no me convencí, son importantes pero se es humano incluso cuando miles de lágrimas hayan borrado nuestra capacidad de reír, miles de risas nos alejen de los llantos. Pues, bien, quizá el extrañamiento. Nacemos y de pronto estamos siendo yo y en un mundo para el que no se nos preguntó, y comprendiendo que somos ese yo y en ese mundo. Cierto, reflexioné, mas a veces estamos tan literalmente a gusto, tan conformes, ¡oh clepsidra detén tu agua! Entonces lo supe, la experiencia más humana es la pérdida. Todo lo que vivimos se va continuadamente, alegrías y tristezas, extrañamiento y conformidad, se va en un tiempo del que hacemos historia y entonces también esa historia se termina borrando.

Desorden

Ignacio Escañuela Romana

El valor es un desorden del ser, me dije, recordando a Jünger. Y con paso raudo avancé en el tiempo hasta el ahora, donde estoy sentado y miro, sueño, vivo, oteo a través de la niebla. Quisiera el retorno y poder sentir las olas que ríen en la playa mientras juegan con la arena. Sí, tierras de destrucción he dejado, sobre mí mismo, sin lograr nada. Bajo infinitos soles y galaxias que permanecen en su pasado, eterno para una pequeña vida humana, en este viaje como tantos otros. No me arrepiento, por supuesto, la derrota no es posible. Mas ya no me entrego, aunque sigo riendo en carcajadas…

Humo

Ignacio Escañuela Romana

Salí al ventarrón de la noche y todo el humo salió despedido y se fue, las nubes me abandonaron, respiré en lo más alto del cerro observando tristes estrellas sobre mí, reflexionando sobre el futuro ya perdido.

Solía creer al menos en mí, ya no. Ahora vislumbro visiones en noches abiertas y sin sentido, donde sobre los prados sueñen procelas durmientes y el huracán tenga breves vahídos de somnolencia.

Todo lejano, en el tiempo. Pero ahora tengo en esa perdida la felicidad de ser ahí y percibirlo. Mientras, siento el viento jugar con mis cabellos y mi piel, breves descargas me recorren, sueño bajo cielos negros con extrañas luces. Sin despedidas, de lo que ahora por fin no me siento culpable.

La inmensidad

Ignacio Escañuela romana

«¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?» dijo, gritó y cantó, Walt Whitman. ¿Qué es una vida plena sino la más contradictoria? Nada más alejado de vivir que seguir lo planificado y lo que te señalan, lo que se espera y lo que esperan de ti, las normas, los valores desgastados del uso, la culpa absurda y las noches sin dormir porque haces lo que no quieres, la sonrisas que evitan la risa. Esa pelea constante entre lo supuesto y el impulso, los logros siempre ineficaces.

Sí, «Oh mi yo, mi vida» cantó Walt Whitman. De esa deslealtad, pues «¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?» se lamentó.

¡Ya sabes la respuesta! y no es mía, es del gran poeta de la democracia: «que puedes contribuir con un verso». He aquí pues el verso de hoy, lector.

Bajo

Ignacio Escañuela Romana

A través de los años se preguntaría incesantemente por ese instante. Como si toda su existencia hubiese quedado condensada en él. Todo el resto sería, entonces, algo inútil y perdido. Se miraría, pues, a sí mismo y, como un golpe, no comprendería nada.

Absurdo, viajar por las tardes al viento que recorre los atardeceres de la llanura, como si volase. Encuadrado y bajo ataduras férreas, no habría, no obstante, perdido la capacidad de soñar.

Pero sí vagaría, sin lugar ni momento, como representación de esa vida.

Aquel momento

Ignacio Escañuela Romana

La sensación de frío y soledad en medio de una nada, como otras tantas, con la que me continúo despertando día tras día. La noche que me reveló lo que sabía bien dentro de mí, la ausencia, de todo, de cualquiera, de mí mismo. Aquel instante que será mi último recuerdo, que se evaporará en el tiempo sólo cuando yo no esté.

Sólo queda el hondo estremecimiento momentáneo, en mitad del conato que sigue persistiendo, obstinado. La estupefacción, el fluir pasajero en la mirada, las estrellas observando, el hueco interior incolmable.