Día 1

Ignacio Escañuela Romana

Día 1, y digo ahora empiezo, vamos allá, esto es ánimo y valor. Et dixi nunc coepi. Me miro al espejo y saco músculo, voy bien. Me acuesto y me despierto entonces en ese día 2. Bueno, me siento paradójico, ¿Cómo era eso de ir y planificar?, no me pregunto sino con voz queda y ronca mientras intento recordar cómo era el propósito. Bueno tiraré de cafés para prologar el momento. Apenas logro animarme por la mañana, y por la tarde busco la toalla parar arrojarla apresuradamente al ring. Ya por la noche, un poco mejor, mas no voy a mirarme los bíceps. Me acuesto, un poco de música en la nostalgia inmortal. Vamos allá, me digo, triunfando. Entonces llega el día 3, me levanto arrastrándome y miro con afán insalvable la cafetera. No me comprendo, no, la verdad. Creo que nado en la bruma y prefiero no preguntarme. ¡No sé nada!. No obstante, sigamos, lucharé hasta el final, me grito. Pero reflexiono, quedan cuatro más hasta completar la semana. Va a ser que no, lo siento, encojo mis hombros y, claro, me voy a pasear. La vida es así, me repito. Nadie es perfecto, no, no lo es. No es una tragedia de Sófocles, ni un mito, tan sólo vida corriente, me encojo de hombros. Y, entonces, echo a vagar compungido …

A chord

Ignacio Escañuela Romana

Perhaps there is an unknown chord, the language with which everything was created. Perhaps if you could touch it, the spheres would move as you wish in that moment. It is possible that we have forgotten this poetry and this primordial language. But it is likely that they do not belong to us, that they are incomprehensible to man, that we cannot reach them, that we compose everything in our own image and likeness, with the virtues at our disposal and the vices that haunt us. Khayyam’s Heaven and Hell.

But sometimes I have glimpsed it in some poems and some songs. I have looked up to the sky and listened to it, without understanding it, like a music of beauty. In some eyes, even when they are hidden, and in the wind, when it blows from the north, but also from the west and the east, raising waves of moisture or dust. When the sun shines and the cicada plays, but also when the snow covered my shoulders and I saw the stars on a clear northern night, they and I alone, in an eternal dialogue that frightened me to the core. A glance, in the half-light that enveloped us, the first touch, soft and deliberate, the skin. The kiss that I have never been able to understand, that comes back to me on sleepless mornings, in my memory.

Perhaps, yes, we once knew the chord, the hidden rhapsody, the breath that lifted this universe. Hidden from us who now strive to build worlds that are only equal to us, that do not satisfy us.

Later, I imagine a new time of hope, when I wander through dreams, through an endless «boira» in the closed jungle, waking up to find myself asleep within myself, but in the middle of the universe.

Then I recite, I would like to speak on the tongue, but I know I am only a man. Perhaps I catch a glimpse of mayastatic eternity. Perhaps I hear the distant murmur of the waves that shake the existing. But I fear that as I walk and observe, everything escapes me, absconditus.

Príncipe

Ignacio Escañuela Romana

Fue una rebelión en toda regla. Hartos de belleza y esperanza, de corrección y reglas, hastiados de lo excelso, tomamos las armas. Decididamente.

En la asamblea, muchas voces discrepantes. Pero, entonces, despiadadamente, los pasamos a cuchillo. No hubo piedad. Fuimos crueles, para quemar las naves y no poder jamás volver atrás. Sin clemencia.

Queríamos emoción y vivir encarnizadamente, llegar a lo más negro del corazón de un ser viviente. Marchamos contra él. En los combates que siguieron no tomamos rehenes:  no nos habían apoyado y les sometimos a los más terribles tormentos. El corazón nos chorreó sangre oscura y roja. Sobre el alma cayó un velo más negro que la muerte. Ninguna lágrima.

En el último acometimiento avanzamos decididamente y teníamos ya la victoria en nuestro lado. Hundimos su centro y corriendo, armas desenvainadas, aullando el odio más profundo que haya existido jamás, enfilamos hacia él.  A punto de alcanzarle para acabar con la tiranía de la belleza, el bien y la verdad, con el rencor escondido en lo más hondo de las tripas, rezumábamos venganza. El grito de la tierra y el sol, del hambre y el mal.

Perdimos. De repente, rodeados, a ambos flancos, caímos en la trampa y fuimos flanqueados. Uno a uno fuimos cayendo. No nos importó. Reímos hasta el final, deseando desaparecer para siempre en el olvido. En una nada sin final. No temíamos ninguna tortura. Consecuentes.

Se exterminó a todos, no a mí. No se me permitió morir y se me condenó a una existencia eterna y baldía, lenta y dolorosa, desde la que observar el reinado del bien y la belleza.

“Diablo” me llaman. En realidad, soy un galeote.

Último uppercut

Ignacio Escañuela Romana

«De repente, lanzas tu último uppercut y los siguientes serán ya una mera repetición desfasada, como el borracho que imita sus propios gestos», añadió. Mientras, sorbíamos lentamente las cheves, sin prisa alguna, sintiendo el transcurso del tiempo, en aquel peladero inmundo que tanto amábamos, donde podíamos estar y ser sin que a nadie le importásemos, entre iguales baqueteados lo suficiente por la vida y las decisiones tomadas con corazón y sin cabeza, los intereses convertidos en polvo, los sueños retornados a la nada. Nadie mejor que los demás.

«Fue al tirarle el golpe», me apuntó imitando el gesto. Mirándome con fiereza, dando pavor. Lo podía sentir dentro de mí, en el recuerdo continuado de los gladiadores que inauguraron el Coliseo y se mataron mutuamente como enemigos leales, compañeros. Sin despedirse, si no era por un estoque final, el último hachazo. Pero con dulzura.

«Se lo solté con todas las fibras, tras la finta con la izquierda, convencido de elevarlo por encima del ring». «Pero más rápido que yo la esquiva y el crochet con la izquierda entonces». «Estaba expuesto, añadió, como cazar al pichón mientras duerme». «Y, ¿qué esperaba con un zurdo? El choque que te retumba, el asombro, la caída», me contó.

«Claro que he perdido antes, ya lo sabes». Se dijo, «a veces se triunfa y te aclaman y otras eres el perdedor tumbado, dejado, como un rastrojo sometido al espectáculo. Entonces sólo piensas en irte lejos».

«No importa, ¿sabes?, es ganar o perder y así lo tomas». «Pero», añadió, y me dio un palmetazo en el hombro que me conmovió de los pies a la cabeza, mirándome a los ojos intensamente, «¿sabes?, toda mi vida pasó ante mí, con los errores, todos. Despilfarrado el tiempo y el dinero, a quienes me querían, todo lo ganado… Eso ha sido dar la vuelta a la esquina». Yo no me atrevía siquiera a moverme, casi no respiraba mirándole. «No puedo echarle la culpa a nadie. Todas las equivocaciones son mías y es así y ya está». Seguía agarrando el vaso con fuerza, marcando los nudillos, observándome fijamente como el tigre debe mirar a su presa. «Los errores son míos y no volvería a cometerlos, me arrepiento de que he tirado. Pero, sobre todo, ¡son míos! y machacaría al que me discutiese este hecho. ¡Míos y sólo míos!».

Huyendo

Ignacio Escañuela Romana

Fue en la época del no pensar, cuando todos huyeron de la duda
acuciante y soñaron con el final de los tiempos, en dejar de ser
humanos, en respirar como un hecho de la naturaleza. Cuando
los libros fueron cerrados y la imaginación apaciguada…

(del libro Absortando, Escañuela Romana, Ignacio, 2023, Editorial Caligrama)

¿Sueña la Inteligencia Artificial?

Ignacio Escañuela Romana

Me pregunto, entonces, si la Inteligencia Artificial sueña o soñará. Tal vez, como los androides de Philip K. Dick, ovejas eléctricas recorran sus eléctricos circuitos, al rimo de oleadas de electrones. O quizá imaginarán mundos donde vivan otros hombres más coherentes y racionales, menos emocionales, más mecánicos, menos hamletianos, no absortos en la duda.

Pero lo que pienso es que sin soñar, vivir debe ser muy aburrido. Decía Hegel que sólo el hombre se aburre, porque lo hace cuando quisiera adaptarse a su realidad, pero es consciente de que debe cambiarla. Se aburriría, pues, cuando sueña pero no se atreve a llevar tales imágenes a la realidad. Sin embargo, peor debe ser ni siquiera desear otras realidades, vivir sin consciencia, que el paso de los días sea tiempo sin sentido.

Es cierto que algunos sueños es preferible dejarlos así, en ese purgatorio de las imaginaciones, pues, al despertarnos, sentimos un tremendo alivio al comprender que eran irreales. ¿Tendrá pesadillas la Inteligencia Artificial? Tal vez acerca de hombres que la temen, sobre el futuro incierto, o sobre ser humana y sentir miedo.

En fin, es posible que los androides eléctricos simplemente sean muy inteligentes, pero no sueñen, no habiten el mundo de lo posible, no imaginen y lloren por lo posible que nunca llegó a ser. Satisfechos, operarán ad eternum del mismo modo, sin dudar, ni vacilar, ni temer a la llamada del deseo. Pero lo seguro es que, mientras habite un hombre, habitarán con él el deseo y la insatisfacción, lo logrado e inservible, la imaginación, lo que es y lo que teme, lo que quisiera ser y lo que de ningún modo viviría. Entre paraísos e infiernos ocultos transcurre su vida.

La repetición

Ignacio Escañuela Romana.

¿Por qué las tragedias humanas se repiten una y otra vez, y lo hacen ante la indiferencia del mundo?. No sólo eso, ¿por qué la repetición se produce como el disco «que un borracho toca una y otra vez echando una moneda en una ranura» (Lem, Solaris).

No, tampoco creo que esas tragedias influyan, de ningún modo, sobre el universo: «no, no creía que la tragedia de dos seres humanos pudiera conmoverlo». ¿Entonces?. Claro, «yo no tenía ninguna esperanza» Sí, quizá «resignarse a la idea de que en todos los hombres reviven antiguos tormentos, tanto más profundos cuanto más se repiten» (op. cit.).

Observo las polaroids de Tarkovsky, quien, sí, llevó a la pantalla la historia de Kelvin y Harey. Creo que tanto en la peli, como en esas fotos, veo lo mismo que el maestro: instantes suspendidos del tiempo en mitad del drama humano. Momentos fugitivos en la bruma de la existencia.

Claro, Resignarse a vivir como el borracho que coloca discos. No hay más. Y, entre medias, algún comentario, como si fuese una de esas cuestiones marginales de los medievales. Por algo, los dramas de la tragedia griega clásica son actuales, tanto como los de Shakespeare o Lope de Vega. Tanto como el del dramaturgo que está, ahora mismo, sentado escribiendo.

Dejar, pues, en el tiempo esos flashes de imágenes. Instantes que existen por sí mismos, aunque el tiempo indiferente se los lleve.

Localizado

Tiene cosas que hacer, reflexionar sobre lo pensado, seguir el difícil dédalo de callejuelas mentales que inopinadamente se abren y cierran. Otra, construir un mapa de ellas. ¿Una tercera?: redactar el mapa de él construyendo el plano de las calles y callejas. Y todo así…

Localizado

Del libro Absortando (2023), Ignacio Escañuela Romana

Cosmopolitismo

Ignacio Escañuela Romana

Imagino el terrible shock mental de los humanistas cuando se enfrentaron a la reforma y contrarreforma religiosas, y vieron, de forma que no pudieron parar, el deslizamiento hacia las terribles guerras de religión. Zweig nos narra la lucha desesperada de Castalión contra Calvino, su carácter renacentista y la defensa de la libertad de pensamiento. El mosquito contra el elefante. Incluso la historia ha dado renombre a Calvino, a pesar de los casos como el de Servet, frente al relativo olvido de Castalión. Matar a un hombre no es defender a una doctrina, es sólo matar a un hombre, proclamó.

Recuerdo lo inesperado de los nacionalismos del XIX, algunos de ellos terriblemente reaccionarios. Revolucionarios y pensadores cargados de ideales universales, los derechos de la humanidad, de repente ante la increíble fuerza de los nacionalismos, las identidades. Sí, algunos democráticos pero la mayoría simplemente una conexión con mundos imaginarios emocionales de identificación. Seguirían colonialismo, imperialismo, las terribles guerras y genocidios del XX.

Comprendo el cosmopolitismo como la defensa de que los hombres han nacido iguales en derechos y pertenecen a la humanidad en su conjunto, como seres cargados con su propia dignidad, intransferible. Sigue la tarea formidable de renacentistas e ilustrados, llegar a la liberación de la humanidad.

¿Límites del lenguaje?

Ignacio Escañuela Romana

«Cold in hand blues

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo»  Pizarnik

Y entonces me pregunto: ¿qué dice el lenguaje?, ¿hasta dónde llega? ¿Qué queda más allá como inexpresable? ¿Guardamos lo más importante más allá de las palabras?

«De lo que no se puede hablar, hay que callar», dice Wittgenstein, pero refiriéndose a lo metafísico, al sentido del mundo y la existencia. No es esto lo que me pregunto, además de ser tan dudoso como que es una afirmación contradictoria: hablar para decir que no debería haber hablado, ya que no puedo hablar sobre aquello no expresable, ni siquiera para decir que no puedo hablar de ello (lo que precisa un conocimiento previo).

Claro, la naturaleza es muda, nos dice Benjamin. El hombre dice, las cosas son.

Pero no me refiero aquí al sentido final o lo divino, o el ser, sino a la sensación o emoción humana, específica, irreductiblemente individual. Aquello que sentimos de forma tan potente que la palabras lo que hacen es esconderlo. Tal vez enmascarar ese miedo que nos señala Pizarnik.

¿O crean las palabras una historia y, entonces, las emociones se ordenan dentro de ese relato?. Algo parecido a lo que nos dice Murakami a mitad de la novela Sputnik: vivimos en la duda y decidimos cómo vivir, o como contárnoslo, sin abandonar esa duda inicial.

«Te iba a decir una palabra pero no pude» nos dice Hikmet en uno de sus poemas.