Orilla

Ignacio Escañuela Romana

Me siento en esta orilla del universo a observar el paso sobre mí de infinitos mundos desconocidos. Sueño con lugares lejanos que jamás podré conocer, inmensas galaxias repletas de materias extrañas, organismos vivos inverosímiles, reacciones energéticas increíblemente densas, llamaradas de sonidos en frecuencias imperceptibles que me atraviesan como si una nada me formase, ondas que me zamarrean como si fuese un mero muñeco, vibraciones extraordinarias del principio. Pienso en que todo surgió de la nada y que jamás podré comprender esos sencillos conceptos: ser y nada. Me temo que ningún hombre podrá jamás lograr entender la realidad que corresponde a esas simples funciones de ordenación, espacio y tiempo. ¿Cómo es posible que estemos aquí? ¿Por qué soy yo? ¿Quién trazó el mundo según el principio antrópico?

Sencillos principios, ideas claras, conclusiones confusas. Me convenzo de que en todas las funciones matemáticas que perfilamos siempre hay algo humano, demasiado humano. No nos bastan las relaciones y el orden, buscamos el qué y el por qué. Aquí sentado ahora, en mi corral, mirando desde una de estas playas a los soles y galaxias que se mueven ineluctablemente y me enseñan su pasado. Toda observación es un viaje, todo viaje lo es en el tiempo y el espacio. Ésa es quizá la primera ley: toda información precisa tiempo, toda lo es del pasado.

Recuerdo en mi adolescencia la extrañeza de este conjunto que llamamos cosmos. La rareza que percibí instantáneamente en la regularidad aparente. La sensación que me persigue ahí de carencia de sentido en el hecho de que soy y estoy aquí. ¿Por qué ahora y aquí y no entonces o después y en otro lugar? ¿Por qué escribo en 2024 y no en 2340 o en 234? ¿Por qué en esta playa y no en otra cualquiera? ¿Por qué la existencia?

A veces, en verdad, me imagino manejado por un otro que me observa, como una especie de réplica de Solaris. Me imagino siendo utilizado como observatorio por una especie de dios lejano y poderoso. Como una marioneta, me muevo y conozco, y nada más. Y me figuro que ese dios no puede comprenderme: sabe lo que siento, pero no lo comprende, pues no es humano. Entonces recuerdo que el hombre es: especie que aporta significado al mundo. Que lo convierte en un para sí. Una caña frágil pero pensante, Pascal. La apercepción kantiana.

Creo que quisiéramos dejar de pensar y reintegrarnos a los meros hechos simples. Reflexiono que no podemos. Entonces me siento, sí, en esta playa y observo las estrellas y los cúmulos, las galaxias, los horizontes lejanos. Estar en esa apartada cala insignificante se convierte, pues, en un privilegio. Pesa el conocimiento, pero merece la pena. Eso no me quita ni un ápice de la sensación de ignorancia y sin sentido. Pero desde este rincón escucho los ecos del universo, hermoso en sí mismo: y para mí.

Tendido

Ignacio Escañuela Romana

No había querido volver, mas lo hice. Recorrí el callejón envuelto en el viento norteño, el que siempre nos acogió. – No, no quiero retornar- me dije. – Porque sé que me olvidaste y después borraste el recuerdo del olvido, para dejar el hueco de una nada- añadí.

Sentí la tiritona, la sangre manando por las arterias, impulsando. Mientras, observé las nubes oscuras pasando raudas hacia el interior, buscando la sierra para descargar.

Ahora sé que sí, que el pasaje aparenta existir, pero ya no está. He repetido los pasos de tantos, antes y después, y me he olvidado de mí mismo. Sin sentir nada, tengo ante mí la revuelta que conduce hacia los escalones.

Lloro. No por ti, ni por mí, sino porque estoy helado allí dentro. He desesperado de la época de los milagros. Pero sé que allí, tendido, está invisible el futuro perdido, lo que ya nunca podrá ser.

Día 1

Ignacio Escañuela Romana

Día 1, y digo ahora empiezo, vamos allá, esto es ánimo y valor. Et dixi nunc coepi. Me miro al espejo y saco músculo, voy bien. Me acuesto y me despierto entonces en ese día 2. Bueno, me siento paradójico, ¿Cómo era eso de ir y planificar?, no me pregunto sino con voz queda y ronca mientras intento recordar cómo era el propósito. Bueno tiraré de cafés para prologar el momento. Apenas logro animarme por la mañana, y por la tarde busco la toalla parar arrojarla apresuradamente al ring. Ya por la noche, un poco mejor, mas no voy a mirarme los bíceps. Me acuesto, un poco de música en la nostalgia inmortal. Vamos allá, me digo, triunfando. Entonces llega el día 3, me levanto arrastrándome y miro con afán insalvable la cafetera. No me comprendo, no, la verdad. Creo que nado en la bruma y prefiero no preguntarme. ¡No sé nada!. No obstante, sigamos, lucharé hasta el final, me grito. Pero reflexiono, quedan cuatro más hasta completar la semana. Va a ser que no, lo siento, encojo mis hombros y, claro, me voy a pasear. La vida es así, me repito. Nadie es perfecto, no, no lo es. No es una tragedia de Sófocles, ni un mito, tan sólo vida corriente, me encojo de hombros. Y, entonces, echo a vagar compungido …

A chord

Ignacio Escañuela Romana

Perhaps there is an unknown chord, the language with which everything was created. Perhaps if you could touch it, the spheres would move as you wish in that moment. It is possible that we have forgotten this poetry and this primordial language. But it is likely that they do not belong to us, that they are incomprehensible to man, that we cannot reach them, that we compose everything in our own image and likeness, with the virtues at our disposal and the vices that haunt us. Khayyam’s Heaven and Hell.

But sometimes I have glimpsed it in some poems and some songs. I have looked up to the sky and listened to it, without understanding it, like a music of beauty. In some eyes, even when they are hidden, and in the wind, when it blows from the north, but also from the west and the east, raising waves of moisture or dust. When the sun shines and the cicada plays, but also when the snow covered my shoulders and I saw the stars on a clear northern night, they and I alone, in an eternal dialogue that frightened me to the core. A glance, in the half-light that enveloped us, the first touch, soft and deliberate, the skin. The kiss that I have never been able to understand, that comes back to me on sleepless mornings, in my memory.

Perhaps, yes, we once knew the chord, the hidden rhapsody, the breath that lifted this universe. Hidden from us who now strive to build worlds that are only equal to us, that do not satisfy us.

Later, I imagine a new time of hope, when I wander through dreams, through an endless «boira» in the closed jungle, waking up to find myself asleep within myself, but in the middle of the universe.

Then I recite, I would like to speak on the tongue, but I know I am only a man. Perhaps I catch a glimpse of mayastatic eternity. Perhaps I hear the distant murmur of the waves that shake the existing. But I fear that as I walk and observe, everything escapes me, absconditus.

Príncipe

Ignacio Escañuela Romana

Fue una rebelión en toda regla. Hartos de belleza y esperanza, de corrección y reglas, hastiados de lo excelso, tomamos las armas. Decididamente.

En la asamblea, muchas voces discrepantes. Pero, entonces, despiadadamente, los pasamos a cuchillo. No hubo piedad. Fuimos crueles, para quemar las naves y no poder jamás volver atrás. Sin clemencia.

Queríamos emoción y vivir encarnizadamente, llegar a lo más negro del corazón de un ser viviente. Marchamos contra él. En los combates que siguieron no tomamos rehenes:  no nos habían apoyado y les sometimos a los más terribles tormentos. El corazón nos chorreó sangre oscura y roja. Sobre el alma cayó un velo más negro que la muerte. Ninguna lágrima.

En el último acometimiento avanzamos decididamente y teníamos ya la victoria en nuestro lado. Hundimos su centro y corriendo, armas desenvainadas, aullando el odio más profundo que haya existido jamás, enfilamos hacia él.  A punto de alcanzarle para acabar con la tiranía de la belleza, el bien y la verdad, con el rencor escondido en lo más hondo de las tripas, rezumábamos venganza. El grito de la tierra y el sol, del hambre y el mal.

Perdimos. De repente, rodeados, a ambos flancos, caímos en la trampa y fuimos flanqueados. Uno a uno fuimos cayendo. No nos importó. Reímos hasta el final, deseando desaparecer para siempre en el olvido. En una nada sin final. No temíamos ninguna tortura. Consecuentes.

Se exterminó a todos, no a mí. No se me permitió morir y se me condenó a una existencia eterna y baldía, lenta y dolorosa, desde la que observar el reinado del bien y la belleza.

“Diablo” me llaman. En realidad, soy un galeote.

Último uppercut

Ignacio Escañuela Romana

«De repente, lanzas tu último uppercut y los siguientes serán ya una mera repetición desfasada, como el borracho que imita sus propios gestos», añadió. Mientras, sorbíamos lentamente las cheves, sin prisa alguna, sintiendo el transcurso del tiempo, en aquel peladero inmundo que tanto amábamos, donde podíamos estar y ser sin que a nadie le importásemos, entre iguales baqueteados lo suficiente por la vida y las decisiones tomadas con corazón y sin cabeza, los intereses convertidos en polvo, los sueños retornados a la nada. Nadie mejor que los demás.

«Fue al tirarle el golpe», me apuntó imitando el gesto. Mirándome con fiereza, dando pavor. Lo podía sentir dentro de mí, en el recuerdo continuado de los gladiadores que inauguraron el Coliseo y se mataron mutuamente como enemigos leales, compañeros. Sin despedirse, si no era por un estoque final, el último hachazo. Pero con dulzura.

«Se lo solté con todas las fibras, tras la finta con la izquierda, convencido de elevarlo por encima del ring». «Pero más rápido que yo la esquiva y el crochet con la izquierda entonces». «Estaba expuesto, añadió, como cazar al pichón mientras duerme». «Y, ¿qué esperaba con un zurdo? El choque que te retumba, el asombro, la caída», me contó.

«Claro que he perdido antes, ya lo sabes». Se dijo, «a veces se triunfa y te aclaman y otras eres el perdedor tumbado, dejado, como un rastrojo sometido al espectáculo. Entonces sólo piensas en irte lejos».

«No importa, ¿sabes?, es ganar o perder y así lo tomas». «Pero», añadió, y me dio un palmetazo en el hombro que me conmovió de los pies a la cabeza, mirándome a los ojos intensamente, «¿sabes?, toda mi vida pasó ante mí, con los errores, todos. Despilfarrado el tiempo y el dinero, a quienes me querían, todo lo ganado… Eso ha sido dar la vuelta a la esquina». Yo no me atrevía siquiera a moverme, casi no respiraba mirándole. «No puedo echarle la culpa a nadie. Todas las equivocaciones son mías y es así y ya está». Seguía agarrando el vaso con fuerza, marcando los nudillos, observándome fijamente como el tigre debe mirar a su presa. «Los errores son míos y no volvería a cometerlos, me arrepiento de que he tirado. Pero, sobre todo, ¡son míos! y machacaría al que me discutiese este hecho. ¡Míos y sólo míos!».

Huyendo

Ignacio Escañuela Romana

Fue en la época del no pensar, cuando todos huyeron de la duda
acuciante y soñaron con el final de los tiempos, en dejar de ser
humanos, en respirar como un hecho de la naturaleza. Cuando
los libros fueron cerrados y la imaginación apaciguada…

(del libro Absortando, Escañuela Romana, Ignacio, 2023, Editorial Caligrama)

¿Sueña la Inteligencia Artificial?

Ignacio Escañuela Romana

Me pregunto, entonces, si la Inteligencia Artificial sueña o soñará. Tal vez, como los androides de Philip K. Dick, ovejas eléctricas recorran sus eléctricos circuitos, al rimo de oleadas de electrones. O quizá imaginarán mundos donde vivan otros hombres más coherentes y racionales, menos emocionales, más mecánicos, menos hamletianos, no absortos en la duda.

Pero lo que pienso es que sin soñar, vivir debe ser muy aburrido. Decía Hegel que sólo el hombre se aburre, porque lo hace cuando quisiera adaptarse a su realidad, pero es consciente de que debe cambiarla. Se aburriría, pues, cuando sueña pero no se atreve a llevar tales imágenes a la realidad. Sin embargo, peor debe ser ni siquiera desear otras realidades, vivir sin consciencia, que el paso de los días sea tiempo sin sentido.

Es cierto que algunos sueños es preferible dejarlos así, en ese purgatorio de las imaginaciones, pues, al despertarnos, sentimos un tremendo alivio al comprender que eran irreales. ¿Tendrá pesadillas la Inteligencia Artificial? Tal vez acerca de hombres que la temen, sobre el futuro incierto, o sobre ser humana y sentir miedo.

En fin, es posible que los androides eléctricos simplemente sean muy inteligentes, pero no sueñen, no habiten el mundo de lo posible, no imaginen y lloren por lo posible que nunca llegó a ser. Satisfechos, operarán ad eternum del mismo modo, sin dudar, ni vacilar, ni temer a la llamada del deseo. Pero lo seguro es que, mientras habite un hombre, habitarán con él el deseo y la insatisfacción, lo logrado e inservible, la imaginación, lo que es y lo que teme, lo que quisiera ser y lo que de ningún modo viviría. Entre paraísos e infiernos ocultos transcurre su vida.

La repetición

Ignacio Escañuela Romana.

¿Por qué las tragedias humanas se repiten una y otra vez, y lo hacen ante la indiferencia del mundo?. No sólo eso, ¿por qué la repetición se produce como el disco «que un borracho toca una y otra vez echando una moneda en una ranura» (Lem, Solaris).

No, tampoco creo que esas tragedias influyan, de ningún modo, sobre el universo: «no, no creía que la tragedia de dos seres humanos pudiera conmoverlo». ¿Entonces?. Claro, «yo no tenía ninguna esperanza» Sí, quizá «resignarse a la idea de que en todos los hombres reviven antiguos tormentos, tanto más profundos cuanto más se repiten» (op. cit.).

Observo las polaroids de Tarkovsky, quien, sí, llevó a la pantalla la historia de Kelvin y Harey. Creo que tanto en la peli, como en esas fotos, veo lo mismo que el maestro: instantes suspendidos del tiempo en mitad del drama humano. Momentos fugitivos en la bruma de la existencia.

Claro, Resignarse a vivir como el borracho que coloca discos. No hay más. Y, entre medias, algún comentario, como si fuese una de esas cuestiones marginales de los medievales. Por algo, los dramas de la tragedia griega clásica son actuales, tanto como los de Shakespeare o Lope de Vega. Tanto como el del dramaturgo que está, ahora mismo, sentado escribiendo.

Dejar, pues, en el tiempo esos flashes de imágenes. Instantes que existen por sí mismos, aunque el tiempo indiferente se los lleve.

Localizado

Tiene cosas que hacer, reflexionar sobre lo pensado, seguir el difícil dédalo de callejuelas mentales que inopinadamente se abren y cierran. Otra, construir un mapa de ellas. ¿Una tercera?: redactar el mapa de él construyendo el plano de las calles y callejas. Y todo así…

Localizado

Del libro Absortando (2023), Ignacio Escañuela Romana