Ignacio Escañuela
Relato: A veces
https://www.castillejadelcampo.es/es/papeles-de-caracol/
https://drive.google.com/file/d/1JijEScxfI9xEVCys_5wgoj3ErnMBA54k/view
Te recomiendo toda la revista al completo.
Ignacio Escañuela
Relato: A veces
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Ignacio Escañuela Romana
¿Cuál es la experiencia más humana?, me pregunté. Y entonces se me ocurrió que la risa y el llanto. Pero no me convencí, son importantes pero se es humano incluso cuando miles de lágrimas hayan borrado nuestra capacidad de reír, miles de risas nos alejen de los llantos. Pues, bien, quizá el extrañamiento. Nacemos y de pronto estamos siendo yo y en un mundo para el que no se nos preguntó, y comprendiendo que somos ese yo y en ese mundo. Cierto, reflexioné, mas a veces estamos tan literalmente a gusto, tan conformes, ¡oh clepsidra detén tu agua! Entonces lo supe, la experiencia más humana es la pérdida. Todo lo que vivimos se va continuadamente, alegrías y tristezas, extrañamiento y conformidad, se va en un tiempo del que hacemos historia y entonces también esa historia se termina borrando.
Ignacio Escañuela Romana
El valor es un desorden del ser, me dije, recordando a Jünger. Y con paso raudo avancé en el tiempo hasta el ahora, donde estoy sentado y miro, sueño, vivo, oteo a través de la niebla. Quisiera el retorno y poder sentir las olas que ríen en la playa mientras juegan con la arena. Sí, tierras de destrucción he dejado, sobre mí mismo, sin lograr nada. Bajo infinitos soles y galaxias que permanecen en su pasado, eterno para una pequeña vida humana, en este viaje como tantos otros. No me arrepiento, por supuesto, la derrota no es posible. Mas ya no me entrego, aunque sigo riendo en carcajadas…
Ignacio Escañuela Romana
Salí al ventarrón de la noche y todo el humo salió despedido y se fue, las nubes me abandonaron, respiré en lo más alto del cerro observando tristes estrellas sobre mí, reflexionando sobre el futuro ya perdido.
Solía creer al menos en mí, ya no. Ahora vislumbro visiones en noches abiertas y sin sentido, donde sobre los prados sueñen procelas durmientes y el huracán tenga breves vahídos de somnolencia.
Todo lejano, en el tiempo. Pero ahora tengo en esa perdida la felicidad de ser ahí y percibirlo. Mientras, siento el viento jugar con mis cabellos y mi piel, breves descargas me recorren, sueño bajo cielos negros con extrañas luces. Sin despedidas, de lo que ahora por fin no me siento culpable.
Ignacio Escañuela romana
«¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?» dijo, gritó y cantó, Walt Whitman. ¿Qué es una vida plena sino la más contradictoria? Nada más alejado de vivir que seguir lo planificado y lo que te señalan, lo que se espera y lo que esperan de ti, las normas, los valores desgastados del uso, la culpa absurda y las noches sin dormir porque haces lo que no quieres, la sonrisas que evitan la risa. Esa pelea constante entre lo supuesto y el impulso, los logros siempre ineficaces.
Sí, «Oh mi yo, mi vida» cantó Walt Whitman. De esa deslealtad, pues «¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?» se lamentó.
¡Ya sabes la respuesta! y no es mía, es del gran poeta de la democracia: «que puedes contribuir con un verso». He aquí pues el verso de hoy, lector.
Ignacio Escañuela Romana
A través de los años se preguntaría incesantemente por ese instante. Como si toda su existencia hubiese quedado condensada en él. Todo el resto sería, entonces, algo inútil y perdido. Se miraría, pues, a sí mismo y, como un golpe, no comprendería nada.
Absurdo, viajar por las tardes al viento que recorre los atardeceres de la llanura, como si volase. Encuadrado y bajo ataduras férreas, no habría, no obstante, perdido la capacidad de soñar.
Pero sí vagaría, sin lugar ni momento, como representación de esa vida.
Ignacio Escañuela Romana
La sensación de frío y soledad en medio de una nada, como otras tantas, con la que me continúo despertando día tras día. La noche que me reveló lo que sabía bien dentro de mí, la ausencia, de todo, de cualquiera, de mí mismo. Aquel instante que será mi último recuerdo, que se evaporará en el tiempo sólo cuando yo no esté.
Sólo queda el hondo estremecimiento momentáneo, en mitad del conato que sigue persistiendo, obstinado. La estupefacción, el fluir pasajero en la mirada, las estrellas observando, el hueco interior incolmable.
Ignacio Escañuela Romana
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo
(Pizarnik)
Y entonces me pregunto: ¿qué dice el lenguaje?, ¿hasta dónde llega? ¿Qué queda más allá, como inexpresable? ¿Guardamos lo más importante más allá de las palabras? ¿Qué miedo está oculto?
«De lo que no se puede hablar, hay que callar», dice Wittgenstein, pero refiriéndose a lo metafísico, al sentido del mundo y la existencia. No es esto lo que me pregunto, además de ser tan dudoso como que es una afirmación contradictoria: hablar para decir que no debería haber hablado, ya que no puedo hablar sobre aquello no expresable, ni siquiera para decir que no puedo hablar de ello (lo que precisa un conocimiento previo).
Claro, la naturaleza es muda, nos dice Benjamin. El hombre dice, las cosas son.
Pero no me refiero aquí al sentido final o lo divino, o el ser, sino a la sensación o emoción humana, específica, irreductiblemente individual. Aquello que sentimos de forma tan potente que la palabras lo que hacen es esconderlo. Tal vez enmascarar ese miedo que nos señala Pizarnik.
¿O crean las palabras una historia y, entonces, las emociones se ordenan dentro de ese relato?. Algo parecido a lo que nos dice Murakami a mitad de la novela Sputnik: vivimos en la duda y decidimos cómo vivir, o cómo contárnoslo, sin abandonar esa duda inicial.
En fin, Te iba a decir una palabra pero no pude, se lamentó Hikmet. Esa palabra de la que, quizá, nos acordemos siempre, como testigo de nuestra imposibilidad.
Ignacio Escañuela Romana
¿Cómo se han utilizado los mitos en la filosofía?. Tomo la historia de Ulises y las sirenas. Por ejemplo:
https://www.rtve.es/play/videos/mitos-y-leyendas/ulises-odiseo/1557722/
Homero nos cuenta: «Entonces mi corazón deseo escucharlas y ordené a mis compañeros que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas , pero ellos se echaron hacia delante y remaban, y luego se levantaron Perimedes y Euríloco y me ataron con más cuerdas, apretándome todavía más». Todos los compañeros tienen los oídos tapados con cera.
Homero no nos revela el contenido, ni la forma, del canto. Él mismo no parece conocerlo. Tal vez, sería tan seductor que nos impulsaría a la perdición.
Adorno y Horkheimer utilizan en su Dialéctica de la Ilustración este mito. Lo expongo a continuación.
Su Canto, de las sirenas, contiene «la promesa irresistible del placer», que amenaza a ese yo que controla el uso del tiempo. Quien sigue el Canto, se pierde: abandona ese yo que controla nuestra vida, dominando nuestro presente, planteándolo en función del futuro que queremos y el pasado vivido. Que controla el tiempo y lo que hacemos con él. «The way of civilization has been that of obedience and work» (p. 26, Dialéctica de la Ilustración).
Avancemos en la comparación, los trabajadores en la sociedad estarían en la situación de los marineros que se tapan los oídos: «Workers must look ahead with alert concentration and ignore anything which lies to one side» (p. 26). Ulises es el propietario, quien se permite escuchar la atracción del placer o arte, fuera del cálculo del tiempo: «the bourgeois denied themselves happiness the closer it drew to them with the increase in their own power» (p. 27).
Los marineros no se destapan los oídeos y obedecen al propietario al no desatarlo: «they reproduce the life of the opressor as a part of their own» (p.27). Es lo que Marx llamó alienación: en el proceso productivo, cuando los individuos apoyan una situación que objetivamente va contra sus intereses reales.
En definitiva, Odiseo o el propietario no se abandona a sí mismo y su objeto es el control del trabajo, el poder. Los marineros a su mando, aunue más cercanos a la realidad, no pueden disfrutar de su trabajo porque lo realizan bajo obligación o poder ajeno (p.27)
Con el progreso técnico, dicen estos autores, la humanidad se encuentra en situaciones de dominación en las que los instintos no son libres, sino sujetos a represión. La máquina se convierte en la máquina de control.
Entonces, imagino ser Ulises. El canto del placer completo me cautiva, mas, atado, sin que mis compañeros me echen cuenta, no puedo acudir. Pasa la miel por delante de mis labios y no puedo degustarla. Prosigue el viaje e, irremediablemente, nunca volveré a ser el mismo.