Vidas no circulares

Ignacio Escañuela Romana.

Imagino que las vidas deberían quedar completas, como una unión entre el principio y final, o como una conclusión que se sigue a los hechos vividos. Algo usual en literatura y cine. Como ir escalando en la historia y demostrar que nada es banal, que se aprende y se logran resultados. Una visión hegeliana de progreso.

No obstante, mi impresión es justo la contraria, que las vidas humanas quedan inconclusas y que los sentidos los construimos nosotros. Literalmente, los inventamos. Bueno, en todo caso, pertenezco a esa tipología humana que no es capaz de anudar conclusiones y a la que los sentidos le parecen, lo percibo, como otra galaxia lejana.

Todas las historias de bien y mal, o héroes y villanos, o culpabilidad para renacer o, simplemente, para purgarla, bien: todo ello me resulta una filfa. No he encontrado jamás que el tiempo lo ponga todo en su sitio. Más bien al contrario, trastoca todo lo que tenía su lugar y deja instalado al sinsentido. Aunque, lo reconozco, admiro la integridad de un Marlowe en su búsqueda de la verdad. Pero tanta novela para un largo adiós que ¿se termina realmente dando?. Cuando lo real es lo que sentimos, las emociones que nos dominan.

Supongo que es una visión pesimista de la vida, como el psicólogo transmite al padre en la película Gente Corriente. Sí me parece estar seguro de que no lograré ya alcanzar conclusiones finales. Ni siquiera intermedias. Pienso que el azar interviene, sin quitarle importancia a nuestras decisiones. Pero, a menudo, no hay ámbito de posibilidades, el Día de la Marmota está bien porque la repetición es aceptable. Pero, ¿es posible soportar levantarte una y otra vez en un bombardeo de la Guerra Mundial?

A veces pienso en todos esos primeros amores que quedaron grabados y superaron las experiencias de los siguientes, como en la historia final de Dublineses, James Joyce. Es cierto que no tiendo a sentir esa conclusión del personaje de Los Muertos: «Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida». Pero sí que la vida consume, claro. Lo que sucede es que el conato de Spinoza, o de Tomás, nos impulsa hacia adelante, en la búsqueda de la eternidad. 

En El Principito se nos dice que la rosa de su planeta es especial porque la riega y cuida. Creo que tiene razón en esto, pero no toda. Imagino esa flor en mitad del desierto, que pasa desapercibida para los demás, de la que nos habla Los Búfalos de Durham (por cierto, fantástica película). Incluso en la soledad más absoluta, en mitad de las dunas y en el silencio silbante del viento y del roce de las arenas, la fragancia es valiosa como un hecho. Creo que esto, es cierto, he llegado a comprenderlo. El sentido no lo dan los demás totalmente, ni siquiera yo, sino la existencia, sí ese arrojarse hacia afuera, y la valentía en ella. Recordar, pues, a Jünger, porque el valor es un desorden del ser. Hay algo en la derrota humana, ineluctable, que le da grandeza. O, al menos, esto quiero pensar.

La experiencia de la imposibilidad

Ignacio Escañuela Romana.


Una de las experiencias humanas más extrañas es el paso del tiempo. Es verdad, nos acostumbramos a él pero es raro que lo pasado no podamos alcanzarlo de nuevo y estemos condenados a irlo perdiendo, primero como recuerdos y después como un paso a la nada. Imagino que cuando adquirimos consciencia nos resulta angustiosa la pérdida constante de todo lo que vivimos, como si trozos nuestros los fuésemos dejando. Claro, nos consuela la sensación de que somos los mismos y de que cada vez sabemos más y percibimos mejor. Supongo que es un poco de azúcar que el tiempo nos entrega para que admitamos esa forma constante de muerte que es la vida. 


Siempre me ha resultado extraño escuchar que hay que vivir intensamente, como si todas las vidas y experiencias humanas no tuviesen esa particularidad. Intensidad que procede de que sabemos que no podremos pasar más por esos puntos en los que estamos. Es más, pienso que las personas que rehúyen las sensaciones profundas lo hacen probablemente porque no pueden soportar el carácter radical de la vida y buscan algún refugio. En verdad, me digo, ¿no buscamos todos alguna parada en la vida frente a ese transcurso que nos va llevando hasta el fin?.


Creo que la extrañeza ante el cambio me llevó a la filosofía y confieso que creo que todos los hombres tienen siempre, aunque les pese, algo de filósofos. Reconozco, también, que la belleza del arte, su contemplación y carácter sublime, es otra opción. Posiblemente más completa y plena pero, al mismo tiempo, episódica y fragmentaria.


La vida, entonces, es la experiencia de la imposibilidad: de que no podremos volver a vivir los instantes del pasado y los estamos perdiendo. Bueno, algunas experiencias no está mal que se alejen, pero otras …. Supongo que la felicidad es justo ese momento en que pedimos al universo que el tiempo se detenga. Por supuesto, el universo no nos escucha y todo sigue. No hay más.

Muy pronto

Ignacio Escañuela Romana.


«Muy pronto todos te habrán olvidado», nos dice Marco Aurelio. Le imagino sentado en el campamento del ejército, en una región para él alejada y pérdida, tras una escaramuza o una batalla, mientras oye los gritos de los heridos y los lamentos por los muertos, o las fiestas por estar todavía vivos y la victoria. Ante la enormidad de su responsabilidad colectiva e histórica, se sienta y escribe esto: no importa lo que haga, me desvaneceré en el tiempo y todo recuerdo conmigo.

Dice Arendt, y afirmaba Aristóteles, que un filósofo no debe ser gobernante. Pero este fue nada menos que emperador romano. Y lo fue en plena crisis del imperio. Además, fue efectivo, nos dicen los historiadores. Bueno, no todos ni mucho menos: Fraschetti destaca una política económica muy negativa. También se habla de la persecución de los cristianos.

Como fuere, en el campamento, pensando en la inmensidad del universo y sus leyes inamovibles, escribió en mitad de la batalla de hoy hacia la de mañana: «Una pequeña araña se enorgullece de haber cazado una mosca; otro, un lebrato; otro, una sardina en la red (…) y el otro, Sármatas. ¿No son todos ellos unos bandidos, si examinas atentamente sus principios?». Consciente de las contradicciones de su vida, se pregunta sobre si somos o no ladrones. Claro, me pregunto con él acerca de la corrección de la vida real que llevo.

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