Ignacio Escañuela Romana
27 de octubre de 2024
Fue un acercamiento o un alejamiento, tanto dio. Entonces fue una extraña claridad, tal vez la absoluta oscuridad nocturna, de sueños perdidos en océanos inmensos.
—Es lo mismo —pensé.
Lo cierto es que el tiempo transcurrió lento y pausado, como si no quisiese apenas existir. Pero, extrañando, me desperté y esto fue definitivo: escuchar la salida del sol lúcido, gorjeando en ondas lumínicas inabarcables.
—En medio de los espacios infinitos, pues, proseguir —me reí con palabras.
Fue impepinable, pero real y llega hasta ahora mismo. Pensé que estaba aún dormido, mas no encontré diferencia y rechacé la idea.
—Estúpido —musité para mí mismo.
Las horas se extienden gritando, como grandes seres alados, y bajo ellas sigo existiendo.
—La perplejidad me reduce, pero no anula, supongo —me digo.
Entonces, el dolor. Y sólo él. De cielos nublados, aunque tersos. De nubes huyentes en el viento, en el tiempo, pero cayentes.
—Alienado —repito desde el pasado, en voz queda.