Ignacio Escañuela Romana
27 de abril de 2025
A menudo me he preguntado quién es más feliz, quién siente su vida más repleta de sentido: si quien hace, o quien escribe lo que se realiza. Si el Joseph Conrad que viajó en su juventud y trabajó: “No me gusta trabajar —a ningún hombre le gusta—, pero me gusta lo que el trabajo implica: la oportunidad de encontrarse a sí mismo, de encontrar una realidad propia”, escribió en El corazón de las tinieblas (1) (p. 65). O el Joseph Conrad que narró sus viajes y experiencias ya con mayor edad: a pesar de que “No, es imposible, es imposible transmitir la sensación de vida que en cada época de nuestra existencia experimentamos, eso que le confiere su verdad, su significado…” (1) (p. 61).
Sí, creo que hay vidas vividas y vidas contadas, y que los literatos se dividen entre quienes han vivido intensamente y lo narran de una forma u otra, y quienes imaginan portentosamente lo que no han experimentado y saben cómo transmitirlo.
No, en todo caso no creo que haya vidas cerradas completamente. Más bien toda vida es limitada y parcial, inconclusa, y quizá todos buscamos una especie de “Rosebud” (2) oculto en nuestras existencias, y que se nos planta cuando hacemos un final, o la vida lo hace por nosotros.
Tal vez, escribamos o no, narremos o no, nos expresemos de una forma u otra, las diferencias se dan entre vivir y reflexionar sobre lo vivido. Dashiell Hammett escribió sobre sus experiencias de detective cuando ya no pudo seguir siéndolo. Raymond Chandler lo hizo sobre un detective imaginado, que nunca fue directamente.
En todo caso, un último lamento. Por todas aquellas vidas que pudimos vivir y no podremos. Lo que soñamos cuando niños, viajes y aventuras, experiencias y gloria, todo lo que ya no seremos capaces de tener. Pero también un brindis por todo lo vivido en esa aventura que es siempre existir, tomar decisiones, sentir.
(1) Conrad, J. (2002). El corazón de las tinieblas (trad. A. Diéguez Rodríguez). 2002, Madrid: El País. Publicación original 1899.
(2) Famosa palabra de la película “Ciudadano Kane”, de 1941, que fue dirigida y producida por Orson Welles. Guion suyo y de Herman J. Mankiewicz.