Vidas

Ignacio Escañuela Romana

Todo lector se asoma a cientos de vidas posibles. Las imagina, le sugieren vivencias que crea en los mundos mentales; mientras se sabe siempre ajeno y espectador, visitante. Entra y sale: abre y cierra las solapas. Recrea y sueña, de un modo u otro. A veces, enlaza con las propias experiencias y revive éstas, como si lograse la catarsis aristotélica.

Hay algo extraordinario en esa capacidad humana de lo posible, que procede de la creación de lenguajes simbólicos (leer, en este sentido, al filósofo Ernst Cassirer). Claro que leer no es vivir, soñar no es actuar, pensar en las experiencias no es tenerlas. Tiene algo de sucedáneo y, al mismo tiempo, de forma extraña, de maravilloso.

(Photo by Jordi Orts Segalés on Unsplash)

Como todos los lectores hubiese querido viajar y vivir revoluciones como Sinuhé el egipcio, quien anheló las aguas del Nilo. Vivir la guerra de Troya y tener el valor y la voluntad de Aquiles o de Ayax. Volver a casa a la forma de Ulises, pasando a través del canto de las sirenas y despidiendo a Calipso. Todo para llegar e imponer la justicia a la vuelta. Salir de la ciudad altivo como El Cid, desterrado injustamente, capaz de grandes hazañas, inasequible al desaliento. Viajar a la selva ignota, para arrostrar el horror oculto en el corazón, en el análisis de Joseph Conrad. Fabricar extraños pescaditos de oro para olvidar ese mismo horror vivido, que debía haber sido evitado, como escribió García Márquez. Lecturas todas, y algunas más, de un verano de descanso en los estudios del bachillerato. Un verano de retiro que recuerdo feliz, en la huida diaria del calor veraniego del valle del Guadalquivir. Río eterno.

Ahora, con muchas más experiencias y recuerdos, un poco de agradecimiento, también de rencor por lo no hecho, mucho de asombro, repleto de remordimientos, me asomo a lo que Conrad comprendió: lo máximo que la vida termina ofreciendo es «un cierto conocimiento de uno mismo –que llega demasiado tarde-.» Porque quizá todo llega o pronto, o tarde, y no en su momento.

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Ignacio Escañuela Romana

Un poco de todo, escritor, filósofo y economista. Porque, en el fondo, son la misma cosa.

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