Ignacio Escañuela Romana
12 de abril de 2024
Y entonces una triple condena. La de ser, la de querer ser y la tentación de no ser. Somos, y nos extrañamos de ello. Como si no pudiésemos evitarlo, aunque a veces nos gustaría perdernos en la nada. Somos y nos preguntamos siempre la razón por la que no somos. El ser se nos impone como evidencia.
Además, por el hecho de ser, peleamos por permanecer. El conato. Quizá nos cuesta admitir que somos y no podemos comprender el hecho, pero simultáneamente deseamos con todas nuestras fuerzas seguir. “Do not gentle into that good night (…) rage, rage against the dying of the light”, dice Dylan Thomas. No te apresures, no aceptes el final.
Y, sin embargo, tenemos una cierta tentación de no ser e introducirnos pausadamente en la nada. “Donde habite el olvido”, nos dice Cernuda, allí donde “el deseo no exista”.
El hombre se define como especie que tiene la tentación del olvido. Comparte la condena, participa dolorosamente en un conato que sabe destinado a fracasar y atisba el olvido. Doloroso pero presente.