Ignacio Escañuela Romana
18 de enero 2024
Al salir de la tarde, aún en el trabajo: en la turbidez de luces huyentes ocres, que ardieron en una ocasión como luces fulgidas, hoy decadentes en sí mismas, en su observación.
La ventana abierta en el mundo, a partir de reuniones absurdas que parecerían gritar su hastío. Conversaciones que rebotan en el oído y quedan muertas antes de la comprensión.
Y por allí, en algún lugar oculto, su propio yo vivo, se supone. No importa el diálogo, ni las luces, ni el mundo en plena decadencia. Tal vez no importe nada.
— En el espejo del mundo me observo —se dice a sí mismo—. Perplejo tiemblo, asustado de mi propia inanidad.
Mientras oradores interminables se autoafirman declamando lugares comunes, en la búsqueda incesante del éxito, se siente ajeno, propio, viajero en las luces ocres.