Ignacio Escañuela Romana
—Derrota, sí —se dijo—. Derrota con dolor y sin excusas ni sueños, sin nostalgias ni engaños —añadió para sí mismo.
Paseó lentamente aquella noche por el camino polvoriento rodeado de encinas y alcornoques, bajo las luces de una luna menguante y estrellas furiosas. Apenas el canto de la chicharra y algún autillo cercano, indiferente a todo lo que no fuese su llamada. Por los mismos lugares que décadas atrás había recorrido, apenas poco antes de ir a la mili y emprender mundo.
—Fracaso porque tuve y no retuve, porque podría y no quise, desde el momento en que se hace, hasta el punto final —pensó.
—Sí, en una experiencia repetida incesantemente por tantos hombres que han existido y existirán, en el fiasco irreparable de los deseos y esperanzas que raudas se abalanzan hacia el final —se dijo en voz baja.
No lo puede ver, imposible, apenas contempla el paisaje oscuro y tranquilo, los árboles parados, la absoluta calma; mas allí está un chaval que camina presuroso soñando en aventuras y vivencias, en sentir intensamente y ver otras realidades, viajar, trabajar, probarse a sí mismo. Asaltado de dudas duras, pero impasible en el valor.
Se cruzan, pues, sin verse en el mismo camino que une treinta años de distancia. Que junta irremediablemente las formas iguales de la victoria anticipada y el dolor ya vivido, fundiendo en una misma sensación, ni sublime ni absurda, la vida tendida en el tiempo.

(Photo by Artur Shamsutdinov on Unsplash)