Ignacio Escañuela Romana. Miedo y el Río. Novela editada por Ediciones Oblicuas, abril 2019. El autor ha recuperado los derechos de reproducción y distribución.
Fragmento de la novela:
PARTE II.
- ¿Cómo podría él expresar todo aquel fuego que le quemaba por dentro?. ¡Aquella luz que iba estragando su alma!. Él se decía que se estaba muriendo. Sentado ante la ventana de aquella vetusta universidad, que daba a una amplia terraza abierta ante el cielo, con la camiseta pegada al respaldo de aquella vieja banca de madera, recta su espalda; la luz se le desplegaba por el mirador como si fuese su alma, caía sobre el papel en trechos cortados por los barrotes, y sosegaba su alma, mientras escribía esto mismo, en la penumbra provocada por el contraste con la luz que ocupaba una parte del papel.
Soñaba en una vida distinta, completamente diferente, donde pudiese volver al territorio imaginado, nunca descrito, del escondido mundo soñado en su mente. Se veía liberándose de aquella cárcel de granito y barrotes. Nostalgia.
Se decía que el límite es mejor que lo ilimitadamente qué, que el dolor medido es preferible al placer sin contraste, que la vida necesita de la muerte. Debía reconocer que amaba más la guerra contenida a la desarrollada hasta el infinito. Sin embargo, ¡cuánto podía amar para encontrar que no significaba nada ni para sí mismo!.
Hubiese querido reconocer su vileza o su valor, noble o mastuerzo, alma errante o Parsifal vitalista, Goldmundo o Frankenstein. Sí, siempre le gustaba juguetear con su propia mente, por eso le resultaba repelente a las personas con las que no se refrenaba.
Tenía miedo, y ni siquiera sabía a qué. ¿Qué sentía, ¿qué deseaba?, ¿cómo discriminar lo que está vacío en el interior de lo que tiene sentido?. Soy un salto en el vacío.
Sabía bien que ella no volvería. No podía sentir dolor por ello, todo se convertía en motivo de orgullo vano: un instrumento que le sirviese para esconderse de lo que podía llegar a sentir, si es que podía.
Y todos los días hacer lo mismo, ir a aquella maldita universidad, hacer su constante, limitado y aburrido trabajo, tener que luchar por sí mismo, sin saber por qué aquellos miedos le iban zahiriendo. No tenía mucho sentido estar con los conocidos de siempre. Se notaba a sí mismo cuando se sentaba y se ponía a mirarles y a mirarse, ante todo, a sí mismo, viéndose con unos ojos encarcelados por su propia retina.
Algunas otras veces se escapaba y se perdía entre las palabras y la compañía, sólo para volver con una confusa sensación de inutilidad y pérdida. Cada vez que se abría a los demás y contaba algo sobre sí mismo, se observaba y contemplaba el papel que interpretaba, sin que pudiese pararse, porque la soledad le tenía corroído el corazón. ¡Ese brillante estulto que hablaba de sí mismo!. Sí, se escrutaba y sólo encontraba arena escurriéndose entre sus manos, formando contrapuntos en el suelo inmaculado.
Sí, siempre le había gustado la belleza de las cosas pequeñas, quizá porque el límite para ellas era menor y la fuerza contenida podía atenerse a su propio límite y, en él, sin que nada se pidiese, desarrollar la variedad y la potencia del que no tiene responsabilidad. A venganza del esclavo.
Tal vez alguien oyese desde el pasado algún discurso suyo, o alguna luz le llevase su propia figura del pasado, o algún pensamiento errante le llegase y se lo apropiase. Su vida era un rito, sonrió.