Viejo mundo

Ignacio Escañuela Romana

Junio, 2024

La literatura nació como una reflexión de la muerte como realidad humana. Toma ese vino, aconsejó Khayyam en una Rubbaiyat, bajo la luz de la luna, pues tal vez mañana ella te busque en vano. Ya, «temeroso de la muerte, recorro sin tino el llano», dijo Gilgamesh en el primer libro registrado, en su epopeya.

No, la filosofía no es aprender hacia la muerte, es vivir y persistir. Como todas las actividades humanas. Aunque, en ese objeto, fracase una y otra vez, en un drama repetido. La filosofía helenística dio algunos consejos para procurar una vida feliz: «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación» (Carta a Meneceo, Epicuro). Tiene razón, pero no el miedo no es abandonable, nos persigue. Es cierto que la muerte «es obra de la naturaleza», tal y como escribió Marco Aurelio en sus Meditaciones, en mitad de sus interminables guerras. Sí, pero es un aspecto de la naturaleza que rechazamos.

De la misma forma, la literatura recoge esa realidad sin más, como un hecho ineluctable, como un acontecimiento más de la vida. Pero, quizá, como señala el poema de Goytisolo, ese hecho real, un paso más, sí nos deja a los vivos en la soledad: «al chocar contra el mármol de tu terrible ausencia».

Pero también la desolación, lo que sintió José Arcadio Buendía en esa maravillosa novela de García Márquez dedicada a la soledad, la nostalgia terrible del muerto por volver a la vida, aunque sólo sea para mojar el tapón de esparto.

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Ignacio Escañuela Romana

Un poco de todo, escritor, filósofo y economista. Porque, en el fondo, son la misma cosa.

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