Llegar

Ignacio Escañuela Romana

Tenía que haber llegado a las cuatro y, sin embargo, a pesar de lo importante que era, no he estado. No he sido capaz de cumplir con esa cita que habíamos acordado hace un año. “A la vuelta, no se te olvide”, repitió varias veces en voz baja. Hace un año, exactamente, en el momento de irse a Chile, a trabajar. “No se te olvide”.

Ahora, no sé siquiera si ella ha estado. No tengo ninguna capacidad de cambiar la realidad, de volver el tiempo. No puedo ni saber si ha acudido, si ha recordado.

Un error. Algo imperdonable para mí mismo. Algo irremplazable.

Salimos a las dos y media y no he podido llegar. Le pedí el favor a un amigo, hace tiempo. “Sin problemas”, me dijo. Pero ha sido como si el universo se hubiese coaligado, al completo, disponiendo hasta el último detalle, para que no pudiese llegar. Un gran atasco en la autopista, al pleno sol de un dos de agosto, por un camión detenido en una cuesta arriba. Su carga yacente, desparramada por todo el asfalto. Kilómetros de retenciones, silbidos en mi cabeza. Nada que hacer. Sentir la impotencia. Ahora lo comprendo. “No se te olvide”.

Al incorporarnos, por el puente, para entrar en Sevilla, un semáforo tras otro. Una alianza para ralentizar el viaje. Como si todo estuviese secretamente dispuesto para impedirme llegar.

Al final, nada que hacer. Media hora tarde. La soledad de la puerta del restaurante donde habíamos quedado, para seguir la última cita. Un vacío en la boca del estómago. Veinte minutos de espera que sé, son en balde. Nada que hacer. Pensando en el vacío, perdido, desvalido. Reflexionando sobre cómo el mundo es capaz de rechazar un deseo. Ya no puedo completar aquello que decidí hace un año, imaginé numerosas veces.

¡Claro!, tenía que haber salido antes. Acercarme esta mañana. Estar aquí esperando. Pero me equivoqué y ya no puedo repararlo.

No volveré jamás a verla. Tal vez una vez en algún lugar, una posibilidad entre un millón. Quizá me estuvo esperando y piensa para siempre que no la recuerdo, que para mí no es nadie. Vivir entonces con esta certeza del absurdo.

Ahora tomo el autobús, para ir a la estación. Veo pasar calles, llenas y vacías, llantos y risas, personas paseando, turistas, otras huyendo del sol y el calor. Arterias por donde transitan las personas y sus destinos, sus emociones, las historias que se repiten. Sueños despiertos en la ciudad tendida bajo el calor. Una urbe hecha para el paseo y la reflexión, para las sensaciones que hieren.

Observo desde la ventana del autobús, sentado, un resumen de la vida. Sevilla palpita bajo la luz esplendorosa de una tarde de agosto. La ciudad vive en torno a algo que no percibe, mudo, mi vacío interior.

Llego a la estación, una catedral moderna de la vida y los tránsitos. Hacia el siguiente autobús que me conduce a la rutina de mi vida diaria. Tardes de charla con los amigos.

Al volverme, tras haber comprado el billete en la máquina, la veo inesperadamente en el vestíbulo. Sonríe observándome.

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Ignacio Escañuela Romana

Un poco de todo, escritor, filósofo y economista. Porque, en el fondo, son la misma cosa.

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