Ignacio Escañuela Romana
Acaba de pagar la compra a la cajera, que repite los mismos ademanes y respuestas sincopadas centenares de veces al mes, pero que le sonríe quedamente por la falta de prisas que demuestra, porque le levanta la presión constante por el tiempo, típica del cliente de un sábado por la mañana a las 12 y 46, decenas de buscadores de la felicidad instantánea corriendo por los lineales, a través de alacenas repletas para el fin de semana. 3 por 2 y logre la satisfacción en pequeños paquetes sugerentes, propuesta irresistible, a abonar en cómodos plazos desde tarjetas coloreadas.
Guarda la compra en la bolsa de un cartón crema marfil y musita un «hasta luego», al que sigue la inevitable respuesta “gracias”, aunque siempre ha pensado en lo absurdo de despedirse hasta dentro de un rato con una persona que, si la vuelve a ver, no lo recordará. Con paso lento, tranquilo, toma el pasillo de iluminación artificial con anchas lozas negras y blancas estilo hospital, bajo el hilo musical con melodías generales, suaves y aparentemente imperceptibles, por suerte, como escape del silencio hacia un edén adormilado.
Se coloca ante la puerta automática de cristal y se abre con sonido amortiguado de motor. Conquista tecnológica de una humanidad anhelante de vida sedentaria y sin cansancios, con tiempo salvo para perderlo, sin ganas mas que para lo obsesivo. En fin, despreciativa de las pequeñas vivencias. ¿Hay un placer en el esfuerzo?, se pregunta.
Sale al sol del otoño del sur que todavía calienta el lomo. Va andando a la captura de su coche, aparcado a la distancia para no dar más vueltas a través de vías en única dirección, en las que el modo más directo disponible es el círculo. Observa los plataneros semi iluminados, luces y sombras a través de los parteluces vegetales, cual rayos crepusculares movientes improvisados. Las nubes grisáceas circulan bajo el impulso de la brisa marina que llega desde el cercano Atlántico y permite aspirar, por fin, algo de humedad, anhelada durante el seco y prolongado verano de agonías desérticas. Un dolor que gana fuerza con cada nuevo año.
Observa las hojas ocres que, testigos cayentes de un verano ido, bañan las aceras y el asfalto, llenando el mundo junto con el ruido de coches circulando por las calles y los gritos lejanos de niños jugando en el parque a su derecha, rodeado por un sólido muro de mampostería rematado en rejas de hierro de dibujos espirales, entre inmensos ficus plantados hace décadas en alguna exposición, mientras los padres a la vera del parque infantil conversan casi en grito, ve a través de los barrotes, gesticulaciones ostentosas, bocas muy abiertas, el ritmo de sacudida de los pechos conforme se llenan para declamar, casi todos simultáneamente. Descampado seco con árboles, al cruzar la calle hacia la izquierda, bajo pergolas a la espera prolongada de enredaderas que aún no han nacido, tal vez nunca lo hagan, mostrando diseños teóricos sin ninguna práctica real. Gorriones y palomas cruzan en vuelos rasantes a la búsqueda de comidas varias mientras gatos adormilados les observan desde una plataforma de cemento con varios agujeros para eventuales mástiles y banderas. El lugar de una feria.
Se ha parado, observa todo y, bajo la sombra de un árbol tupido, ha tomado una libreta del bolsillo trasero del pantalón y se apresura a escribir con un rotulador negro. La bolsa de la compra se apoya en el suelo a la espera de que el autor inspirado retorne al mundo de las pequeñas cosas repetitivas necesarias y la lleve a casa para ver su contenido ordenado y colocado y, tal vez, la ensalada sacada, aliñada y dispuesta para dar la utilidad buscada al ser puesta en la bolsa.
Un sábado, sí, la compra, andar un poco bajo plataneros abundantes, observando y describiendo lo que le rodea y su propia actitud, mirar al cielo, a un parque y su valla inicial. Asombro y costumbre, quiere mostrar ambos pese a que sean antagónicos. Escribir como disfrute, nombrando ahora a un coche negro a velocidad endiablada, que pierde el control en el baden y se precipita sobre la acerca, tras chocar con ella y rebotar hacia arriba, para volar entonces e impactar de lleno sobre al escritor que rebota violentamente hacia la valla hacia la derecha, rematado por un segundo golpe de perfil por el capó del coche. Y así quedar tirado como un desmadejado guiñapo de trapo, vísceras con tremendos borbotones de sangre oscura que brotan mientras él mira ya sin ver, y el coche que destrozado se precipita en tremendo crujido de hierros y aluminios prensados como por una máquina de enorme potencia, y un conductor que sale volando por la luna delantera del coche, que hace añicos, para estrellarse contra uno de los pilares de la valla, con el cráneo destrozado, y dos cuadernos pequeños, con hojas pintadas en tenues cuadros celestes, abiertos y ondeando en mitad de la acerca a la brisa, con relatos sobre comprar y disfrutar andando en el otoño de las pequeñas cosas, sobre conducir en antídoto contra el miedo, desafiando absurdamente las leyes de la conservación del universo humano….