Ignacio Escañuela Romana
En aquellos días de año nuevo, de forma inesperada, amaba dejarse llevar por los recuerdos renacidos, como si toda su vida retornase a oleadas lentas e inconmensurables en las que dejarse llevar y mecerse. No era tristeza como tal, aunque algo había también de ella, sino como un retornar de la vida en sentidos nuevos e intensos. De manera incontrolable se sentía vivo, al tiempo en que volvía a tener pulsiones casi olvidadas, unas ganas intensas de volver al esfuerzo y el hondo dolor lacerante al que, quisiera o no, calificaba como amor, sin imagen clara y definida, pero aplastante. Más tarde se diría que sin quererlo, había renacido de un otoño lánguido y muerto, sin esperanzas. Mientras, se dejaba llevar simplemente por las sensaciones casi olvidadas.