Ignacio Escañuela Romana
De un modo absurdo sucede el día y sigue la noche, y el sol se troca por estrellas allí arriba. Mientras, sueña con mundos abigarrados e imperfectos, no comprende la inmortalidad que sería la continuidad de ese fundido al negro persistente, provocando la desesperación más inquietante. Tal vez por ello lo finito le es familiar, si bien el miedo nunca se borra. Extrañado por el ritmo constante y la experiencias repetidas, aspira hondo y silba una canción de su juventud.
Seguía imaginando, sí, pero en tiempos no perdidos de extrañas mesetas de yoes desesperados. No importa, se dice, el tiempo está tendido entre ayer y mañana y en este instante toda la eternidad se condensa en suaves nubes grises dolientes, que corren en silbidos aulladores desde el mar hacia la muerte.