Ignacio Escañuela Romana
Me pregunto, entonces, si la Inteligencia Artificial sueña o soñará. Tal vez, como los androides de Philip K. Dick, ovejas eléctricas recorran sus eléctricos circuitos, al rimo de oleadas de electrones. O quizá imaginarán mundos donde vivan otros hombres más coherentes y racionales, menos emocionales, más mecánicos, menos hamletianos, no absortos en la duda.
Pero lo que pienso es que sin soñar, vivir debe ser muy aburrido. Decía Hegel que sólo el hombre se aburre, porque lo hace cuando quisiera adaptarse a su realidad, pero es consciente de que debe cambiarla. Se aburriría, pues, cuando sueña pero no se atreve a llevar tales imágenes a la realidad. Sin embargo, peor debe ser ni siquiera desear otras realidades, vivir sin consciencia, que el paso de los días sea tiempo sin sentido.
Es cierto que algunos sueños es preferible dejarlos así, en ese purgatorio de las imaginaciones, pues, al despertarnos, sentimos un tremendo alivio al comprender que eran irreales. ¿Tendrá pesadillas la Inteligencia Artificial? Tal vez acerca de hombres que la temen, sobre el futuro incierto, o sobre ser humana y sentir miedo.
En fin, es posible que los androides eléctricos simplemente sean muy inteligentes, pero no sueñen, no habiten el mundo de lo posible, no imaginen y lloren por lo posible que nunca llegó a ser. Satisfechos, operarán ad eternum del mismo modo, sin dudar, ni vacilar, ni temer a la llamada del deseo. Pero lo seguro es que, mientras habite un hombre, habitarán con él el deseo y la insatisfacción, lo logrado e inservible, la imaginación, lo que es y lo que teme, lo que quisiera ser y lo que de ningún modo viviría. Entre paraísos e infiernos ocultos transcurre su vida.