Ignacio Escañuela Romana
A través de la salvaje tarde de la chicharra, cuando el suelo humea ardiendo en su polvo, golpeado violentamente por el solano, conforme los árboles se rinden bajo ese sol riente y sueñan con noches en boiras eternas, cuando el caminante se inclina buscando su sombra y semeja golpeado por la luz, sintiendo enormes riachuelos de sudor salvaje corriendo por su piel, la ropa deja pasar el vapor y el hombre semeja tendido hacia la planicie para esconder su ser. A través de todo ese instante, recordarla, sonriente y observándole, pensativa, en una noche del suave valle, entre pipas quemadas de girasol, bajo estrellas fugaces de las perseidas. «Tiempo», musita, «olvídame».